Anteayer, tres varapalos consecutivos del Tribunal Constitucional al Gobierno central, que se quedaron en nada porque su presidente las creyó felicitaciones adelantadas de navidad: ¡qué distraídos!, pensó; ¡y me felicitan tres veces: será que no se puede hacer mejor!, pensó justo después.
Ayer, una sentencia del Tribunal Supremo contra la humillación permanente a la lengua de Cervantes (que ya no merece estatua en Barcelona pese a haber nacido allí: ¡nadie es profeta en su tierra!, pensaría Colau), el simiesco Gobierno regional la toma como material pornográfico y ordena su detención ad calendas graecas, bajo el ojo cómplice y complacido del hermano mayor. ¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!, pensaría de su parte, pensando en sí mismo, el padre Junqueras, ese gentleman de la economía a la espera de recibir ya el óscar a la francesa belleza por su pedigrí de buen catalán.
Hoy, un acto protegido por la libertad y los derechos en cualquier régimen democrático es clavado en la diana por ese alevín terrorista que es la tropa lazi para que aquellos de sus miembros que casualmente pasen por allí –en su pretoriana misión de guardia del parque temático del Rector Lafuente, antigua Universitat Autònoma de Barcelona y hoy consagrado parvulario nazi en esa escuela de violencia en la que ha devenido la generalitat de las universidades catalanas– acudan con su festiva y jovial violencia a sabotearlo. ¡Quién sabe si no han vuelto a pensar en lo machos que se sienten estos feministas de testosterona almidonada que destruyen la libertad de todos para imponer la suya!
Los habrá, y a puñados, que no quieran ver el hilo rojo que une todos esos hechos –y muchos más, como el del bípedo que ha jurado (y perjurado, pues pronto habrá abjurado) por activa y por pasiva que no impartirá jamás clase en castellano– entre sí en tanto claves de bóveda del mundo nazi-onalista, que ha ido poco a poco pero cada vez más deprisa desvelando al informe monstruo totalitario que le es inmanente y al que ha ido perfilando de manera cada vez más precisa y reconocible haciendo camino al andar (y que a muchos de estos notables vendepatrias o a sus azulgranas herederos los habrá devuelto a antiguos andurriales transitados: ¿o nos acordamos ya de los beneficios reportados por negocietes sin cuento al inicio hechos mirando al tendido: tan pingües que hasta lograron maquillar el rubor de la conciencia antes incluso que legitimar al régimen y a su dios, aquel genio maligno nada cartesiano y que, por serlo tanto, sólo logró que se le alzara una estatua a la entrada del més que un club de fútbol Barcelona? O tempora o mores!...).
Empero, no perderé ni un segundo en demostrarlo. Entre otras razones porque, aun de no ser así, cada uno de esos actos por sí mismo constituye una carga de dinamita contra el Estado de Derecho, contra la libertad, contra la paz y contra el futuro. En el acto de anteayer uno de los poderes estatales rompe por la fuerza del desprecio y la soberbia el equilibrio de poderes, demostrando de un plumazo que la fatal cooperación de aquellos, de la que hicieran profesión de fe Polibio o Montesquieu, es una creencia más que, aun si avalada por repetidas experiencias, se halla aquejada del mismo mal que éstas: la ausencia de necesidad. Y si el hermano mayor desobedece, el hermano menor tiene abiertas las puertas cuando trata de publicitar su vitola de pelele político. El Estado ha comenzado así su fragmentación –o sea, prosigue tan inveterada tradición–, las partes que lo constituyen inician su periplo solipsista, empiezan a chocar entre sí y la libertad a pagar el precio de esos choques.
En el acto de ayer el solipsismo estatal se ha acentuado; el hermano menor ha querido hacerse mayor de golpe volviéndose más Peter pan de lo que era, y en su infantilismo obsceno pretende hacer creer, empezando y terminando por él mismo porque para sus acólitos la credulidad viene de serie, que la realidad y su deseo coinciden, que esas gotas de aire disuelto que son las palabras sin la espada al decir de Hobbes cancelan en el acto de ser pronunciadas el vigor de las leyes imperantes. Pero el mal no se termina ahí. La bomba del desacato a la ejecución de una sentencia judicial, por seguir la racha, cae en medio de un conflicto social que tiene literalmente partida en dos a la sociedad catalana –y en medida no pequeña a la española– y la nueva dinamita no sólo aleja el venerable fantasma de la reconciliación hasta convertirlo en un motivo más de discordancia, sino que acentúa deliberadamente la polarización, devenida en pesadilla recurrente: ya sólo cabe el conmigo o contra mí, ya sólo hay amigos o enemigos, catalanes de verdad y los otros. El nazi-onalismo, por tanto, hace así ostentación una vez más de su poder: y la paz social, además de la libertad y del futuro, continúan sangrando por las heridas que sus señas de identidad totalitarias les infligen: el sacro alimento con el que aspiran a engordar el nuevo ideal de hegemonía que les aflige por lo que coyunturalmente tiene de castigo al perenne ideal de independencia: un cambio que si algo muestra es que lo sublime en su ideal –muy socorrido en política, por cierto– es aferrarse al poder.
En el acto de hoy los cachorros hijos del hastío que ya nos descubriera Baudelaire dan un paso más en la emancipación de sus mayores demostrando que su aburrimiento sólo se cura subiendo la violencia de grado y ampliando por ende el número de los objetivos de su ira. Antaño, en efecto, los Mossos eran vitoreados por doquier merced a su compromiso con la ilegalidad: justo cuando, ordenados tras ellos, les jaleaban en sus juegos violentos contra los fascistas que se oponen a su extremismo barriobajero y su matonismo públicamente financiado; hogaño esos mismos Mossos sobran, y es que, situados ahora frente a ellos como una barrera neutral que les impide arrojar al enemigo sus bombas de odio y delirio maquilladas por su culpable puerilidad, han sido resituados por los incendiarios enfrente de ellos, en la misma diana enemiga bien que un paso más atrás, quizá para dar razón a Racine cuando afirmaba que, al igual que en la virtud, también en el vicio hay grados.
Las fuerzas nazi-onalistas catalanas, aunque cuarteada su figura y pareciendo caminar en sentidos opuestos, mantienen intangible su finalidad delirante, y la sinrazón y violencia de sus medios volverán a reunirlas cuando ese Calígula bobalicón que componen pida la luna y el Mi Persona de turno ya no pueda servírsela pese a su indisimulada complicidad. Quizá sienta entonces las zozobras de Nerón a perder el poder, esos miedos que con tan medido detalle Tácito nos ilustrara, pero eso será lo de menos incluso para ella. Porque, de seguir así, quien en ese ínterin alce la mirada hasta lo que entonces serán las cenizas del horizonte, lo que verá es el cadáver del gran pueblo que por su geografía y su historia, su indolente tolerancia y sus formas de vida, etc., el pueblo español estaba llamado a ser, pero hacia el que bien armados enemigos internos como el cainismo, la envidia y la actual cobardía, más la perfidia ancestral del nacionalismo periférico, le impidieron llegar; y también las mohosas reliquias de un Estado que se había ganado las credenciales para mantenerse como adalid de la democracia en medio de un mapamundi que no lo era, animando de esa guisa a sus conciudadanos a pensar despiertos en cómo realizar el sueño de la geografía y de la historia, pero al que sus demonios y la siempre pujante hidra del totalitarismo devoraron lo bastante como para hacerle olvidar la imparcialidad de las instituciones, la confianza en las personas y la fe en uno mismo: la estructura portante, añadida al Estado de Derecho que da forma política a la libertad, de una sociedad digna de considerarse tal. El tiempo, en lo sucesivo, se lo pensará y mucho antes de volver a concederle tan magna oportunidad sobre la tierra.