Opinión

Reconciliación y verdad histórica

TRIBUNA

José María Méndez | Viernes 03 de diciembre de 2021

Hace pocos días ha salido la noticia de que un juez ha paralizado cautelarmente las obras de exhumación de enterrados en el Valle de los Caídos, que el Gobierno intentaba emprender de inmediato.

El mérito ha sido de la “Asociación para la reconciliación y la verdad histórica”, constituida en este año 2021. Reúne a un grupo de profesionales conscientes de la necesidad de oponerse con decisión y contundencia a la actual ofensiva del Gobierno de Sánchez para dinamitar la transición pacífica lograda en 1978. Su Presidente es Javier Campal. Su Vicepresidente, portavoz y autor del tan oportuno recurso jurídico es Guillermo Rocafort.

El título de la Asociación no podría estar mejor escogido. Tanto “Reconciliación” como “Verdad histórica” son los dos conceptos precisos que España necesita en estos momentos.

En el Manifiesto que ha hecho público la Asociación puede leerse: “La nueva ley de Memoria democrática pretende incluso destruir una parte esencial del Patrimonio histórico, que es un bien cultural y artístico, propiedad de todos los españoles, y la prohibición de libros, estudios, asociaciones y fundaciones que difieran de su manipulada “verdad oficial”.

Y todo eso en nombre de la “democracia”. No cabe mayor cinismo, ni mayor escarnio de la verdadera democracia.

Pero la realidad siempre será más fuerte que la mentira, por mucho que ésta se repita millones de veces por quienes detentan el poder y controlan los medios de comunicación. Por eso añade el Manifiesto con toda razón que “no se puede borrar la historia, ni el arte, ni los sentimientos, ni la cultura que no te guste por tu sectarismo ideológico”.

En el año 1978, en que votamos la actual Constitución, los políticos de entonces tuvieron la altura de miras suficiente para alcanzar al menos una reconciliación externa u oficial. Estaba sobreentendido que todos nos perdonábamos unos a otros y todos nos olvidaríamos del pasado. O al menos, ése era el clima social dominante entonces. Se trataba de empezar de nuevo, de poner el contador a cero. Al votar aquella Constitución, los ciudadanos sancionaron que, cualquiera que fueran los rencores que cada uno guardase como persona en su corazón, al menos como ciudadanos nadie removería las viejas heridas de la Segunda República, la Guerra Civil y la etapa de Franco sin democracia. Eran 44 años de historia de España para superar. Llamemos a esto “el espíritu de la transición”.

Y realmente esa enorme hazaña se consiguió de hecho durante algún tiempo. Fuimos la admiración del mundo entero. Hubo generosidad en las derechas, vencedoras en la Guerra Civil, al permitir que las Cortes de Franco se hiciesen el haraquiri. No podían ofrecer mayor contribución a la paz futura en democracia. Y también las izquierdas renunciaron a la venganza y el desquite. O al menos eso dijeron. También era todo lo que se necesitaba y se esperaba de ellas.

Pero luego vino la traición del PSOE al espíritu de la transición. El 11 marzo de 2004, cuando tuvo lugar el espantoso atentado de los trenes en Madrid, Rubalcaba aprovechó el error del gobierno del PP, que atribuyó la autoría del atentado a la banda terrorista ETA. En vez de comunicar al gobierno la información más fiable que tenía sobre los yihadistas, se la ocultó. En vez contribuir al interés general, el PSOE utilizó esa sucia ventaja para echar del poder al PP.

Y más tarde vino la mentira histórica sistemática. Volver sobre la Guerra Civil con “espíritu revanchista”, que es exactamente lo opuesto al “espíritu de la transición”. Sólo las derechas cometieron crímenes. Las izquierdas no cometieron ninguno. De nuevo ángeles y demonios, en vez de todos pecadores y necesitados del olvido y el perdón mutuo.

¿Por qué los políticos de izquierdas se han rebajado a este nivel extremo de miseria ética? No me refiero a las personas, sino a sus ideas. Ni siquiera importa que fueran comunistas, socialistas o nacionalistas. La pregunta es exactamente ésta. ¿Cuál es el concepto teórico que está detrás del actual “espíritu de revancha”.

Cabe responder con toda precisión a esta pregunta. La palabra clave es “resentimiento”. Max Scheler lo describió como “una cadena de venganzas contra el propio pasado”. Y lo calificó como “el mayor envenenamiento del alma”. En efecto, así es. Solemos estimar el odio como el peor sentimiento humano. Pero hay todavía algo más miserable. Se trata del resentimiento, el odio potenciado por la frustración. Esa es en efecto la definición del resentimiento: odio aumentado por frustración. En nuestro caso, la frustración de haber perdido la Guerra Civil.

El ideal sería que los resentidos de ahora, -Zapatero, Puigdemont, Otegui, Sánchez, etc.- se arrepintieran, pidieran perdón y fueran perdonados. Pero no hace falta tanto. Bastaría que se volviera al sentido de estado que demostraron Santiago Carrillo. Marcelino Camacho y Tarradellas en 1975. Eran conscientes de que perdieron la Guerra Civil, pero querían contribuir a una nueva España democrática. No se comportaron como resentidos. Fueron capaces de una reconciliación externa. No hacía falta más para lograr la paz social.

Así pues, la situación actual es peor que en 1978. Los resentidos de ahora hacen todo lo contrario que Carrillo, Camacho y Tarradellas. En vez de buscar la paz, nos empujan de nuevo a la guerra civil.

Puede que la Unión Europea impida que volvamos a la lucha armada. Pero no impedirá que el resentimiento instalado ahora en el gobierno de Sánchez destroce la democracia en España. Para conjurar este peligro no bastará la Unión Europea. Si ésta se ha demostrado incapaz de frenar la actual deriva a la derecha en Hungría y Polonia, lo mismo ocurrirá con la deriva a la izquierda en España.

La solución está en que los ciudadanos amantes de la democracia unamos nuestras fuerzas contra los resentidos que ahora nos mandan. Restaurar “el espíritu de la transición”. Frente al resentimiento y la revancha postulemos la reconciliación y la verdad histórica.

El votante medio, tanto del PSOE como del PP, tendría que movilizarse en estos momentos para no ser todos arrastrados a una Segunda Guerra Civil. Hace falta una gran plataforma de centro que cambie la ley electoral: único distrito nacional y mínimo del 5%.

El resentimiento es el peor enemigo de la vida civilizada. Se explica su insidiosa inquina contra la Cruz del Valle de los Caídos. La quieren derribar, lo mismo que los fanáticos talibanes destrozaron las estatuas de Buda. Lo peligroso de ahora es que el odio está azuzado por la frustración. El resentimiento degrada al hombre al nivel de lo infrahumano. Los resentidos son neanderthales vivientes en el siglo XXI.

Y por si fuera poco, el resentimiento en el poder cuenta además con la enorme ventaja de la tradicional abulia y pasividad de los que aman sinceramente la democracia, pero no hasta el punto de mover un dedo por defenderla. La típica mayoría silenciosa. Y esto vale lo mismo para el votante medio del PSOE o del PP, los dos partidos mayoritarios. El Manifiesto de la Asociación antes mencionada indica el único camino ahora abierto para todos los que aman de verdad la democracia, da igual si de derechas o de izquierdas: reconciliación y verdad histórica.

La reciente reunión en Santiago de Compostela entre barones del PSOE y del PP ha sido un paso en la dirección correcta. Unirnos todos los verdaderamente demócratas contra los que ahora gobiernan en España. Haber votado siempre hasta ahora al PSOE o al PP debiera ser considerado como algo secundario en este trascendental momento. Lo decisivo es luchar todos unidos contra el resentimiento en el poder. La mayoría silenciosa debe despertar y darse cuenta de que está en juego la esencia misma de la democracia ganada en 1978.