Beatriz Reyes Nevares | Viernes 19 de septiembre de 2008
Si viajar, y no meramente “turistear”, puede ser una experiencia de lo más enriquecedor, no menos disfrutables han de ser los mismos medios de transporte. No todos, por supuesto, porque nadie en sus cabales podrá decir que se la ha pasado bien trepado en un avión en nuestros días o metido en un automóvil o un camión para pasar horas y horas de atascos en las autopistas. Pienso en dos especialmente: el tren, que en México es ya mera materia para la nostalgia, y la humilde bicicleta. Esta última es un invento prodigioso. Su belleza comienza ya en su propia estampa, geométrica, armónica como un caballo hermoso o un pájaro en vuelo. Pero no, la cosa es por la tierra, sobre ella, sobre dos ruedas negras cruzadas por maravillosos rayos de acero, bien sujeto el manubrio. Qué placer viajar en bicicleta, ir por los campos e inclusive por las calles sorteando las siempre probables embestidas de los motorizados, sintiendo cómo se le gana tiempo al en apariencia infinito espacio.
Quién sabe si por mero afán imitativo (por más que lo negamos, los mexicanos nos empeñamos en rechazar la copia hecha de modelos europeos, aunque sean buenos la copia y el modelo), lo cierto es que el uso de la bicicleta (la “bírula”, la “bici”, la “cleta”, según el barrio) se ha puesto de moda en la capital del país. No es que haya atrevidos bastantes que se lancen a la aventura del trajín diario (aunque no falten, por necesidad pura en todos los casos), sino que las autoridades del D.F., atentas a todo lo que pueda dar votos, han dispuesto que un domingo de cada mes céntricas avenidas se destinen al uso exclusivo de los ciclistas. Y la pasan bien estos muchachos y muchachas, y niñas y niños, e inclusive personas de edad madura o más, dándole con fibra al pedal, respirando a sus anchas un aire menos maltratado, mirando con los ojos más limpios la belleza de ciertos edificios persistentes, lo arbolado que se ha puesto la ciudad gracias a tanta lluvia y a una campaña de plantación de algún sexenio priista –y por tanto no recordable por los señores del poder actual–.
Con todo, el optimismo tiene su duro envés. Sobre todo el de las autoridades, quienes tienen que sumar al “Por fin hacen algo bueno” de los ciclistas el “Ni en domingo se puede circular” de los automovilistas atorados aquí y allá, generando, con los motores encendidos, una contaminación mayor y albergando sobre todo un desencanto que, al paso seguido, se ha tornado una costumbre nacional. Esas mismas autoridades por un solo motivo suspenden los días de bicicleta: cuando su jefe máximo convoca a una mitín. Entonces el desencanto adquiere proporciones enormes.
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