Opinión

El Cantábrico castellano que no está en los Estatutos

TRIBUNA

Juan José Laborda | Sábado 11 de diciembre de 2021

En un lugar de la mar, a unas doce millas de la desembocadura de la ría de Bilbao, los ojos de los marinos han contemplado durante siglos el arco de costa que va desde el monte de Santoña hasta el cabo de Machichaco.

Este párrafo, que es el comienzo de un libro mío de historia, lo redacté en La Habana (año 2001), mientras Fidel Castro se dirigía a la asamblea de la Unión Interparlamentaria Mundial (la primera asociación parlamentaria, fundada en 1889) a la yo entonces pertenecía; no fue posible atender entero el discurso del líder cubano, por su gran duración, pero su extensión era muy apreciada por la televisión oficial cubana, que con sus palabras tenía asegurada la programación para días y días.

Las cinco y media primeras palabras son un guiño homenaje a las también primeras palabras del Quijote, y debió de ser el Atlántico de Cuba el que me las inspirase.

Durante años conservé mi escrito, hasta que lo publiqué en aquel libro de 2011. Siendo presidente del Senado nunca quise ir a Cuba, a pesar de las sucesivas invitaciones de su embajada, y siendo otra vez un parlamentario más, aproveché la reunión de la Unión Interparlamentaria para conocer Cuba, y hacer otras cosas: entrevistarme con disidentes (aunque mi colega Jesús Caldera no lo aprobaba), y también conocer la opinión de algunos historiadores cubanos sobre una revuelta en la Habana, que sucedió en 1718, simultáneamente a otra revuelta que yo estaba investigando en Vizcaya, durante el reinado del primer Borbón.

El cardenal Alberoni, algo así como primer ministro del rey -aunque gobernaba estrechamente con la reina, Isabel de Farnesio (1692-1766)- , decidió poner coto al contrabando que se practicaba en los dos extremos de una ruta de tabaco ilegal: La Habana y Bilbao. En ambos lugares estalló una revuelta, hubo muertos y violencia en Bilbao y en La Habana, y en las dos localidades se volvieron atrás las reformas de Alberoni, una vez que el cardenal fue cesado, pues sus cambios administrativos (en Vizcaya poner las aduanas en los puertos de mar, en vez de en Valmaseda, Orduña y Vitoria), y aún más los cambios políticos, consiguieron que Europa entera le declarase la guerra a España.

La ría de Bilbao conectaba Castilla con el Atlántico; y de manera complementaria con Sevilla y Cádiz hacia América. Esa había sido mi idea, y leyendo papelotes antiguos, mi hipótesis de trabajo. De ahí que busqué en La Habana conversar con algunos expertos, cuyos trabajos y cercanía a las fuentes archivísticas yo conocía. La patriarca de los historiadores económicos cubanos, Hortensia Pichardo Viñals (1904-2001), había fallecido, y entonces busqué a Coralia Alonso Valdés, responsable de los archivos históricos cubanos (había publicado libros en la editorial de la Junta de Castilla y León), y a Eusebio Leal Spengler (1904-2001), el llamado “historiador de La Habana”, un personaje fascinante, en la estirpe de comunistas como Willi Münzerberg (1889-1940), retratado por Antonio Muñoz Molina en su obra Sefarad (2001).

Después de aquellas entrevistas, el Atlántico fue más que nunca mi inspiración para relatar la relación de Castilla con Cantabria. Efectivamente, Castilla no fue originariamente la región ensimismada de personas cerradas en sí mismas, como la concibió la Generación del 98 (¡que surge después del desastre cubano¡), sino la realidad histórica de una sociedad emprendedora que se había lanzado al mundo a través de puertos y navíos cantábricos.

Como en tantos tópicos, los constituyentes seguían subyugados por esa visión literariamente falsa y contraproducente (el tópico ha resucitado ahora con la ideología de la España vaciada, pura mendicidad política).

A esta inercia cultural, la Constitución empeoró las cosas, al cambiar la fórmula inicial -según la cual las Comunidades Autónomas quedaban definidas y delimitadas en el propio texto constitucional (como figuraba en el anteproyecto de 5 de enero de 1978)-, por la fórmula definitiva, el llamado “principio dispositivo”: según ese principio, los parlamentarios de Santander lograron (gracias a los errores de los castellano-leoneses) sacar adelante su Estatuto para Cantabria.

Ese “principio dispositivo” es el favorito de los partidos políticos, pues abre todo un mundo de fuertísimas emociones electorales, pues está a su alcance prometer más y más incrementos de sus poderes autonómicos, aunque en esta fase en la que vivimos, el poder a veces anuncia que se inhibirá de ejercer sus competencias, concretamente las competencias fiscales y tributarias, para quedar bien ante determinado electorado, y sin embargo, sin renunciar a exigir al Estado más gasto público, clama porque la financiación autonómica, que depende del Gobierno, no discrimine a ninguna Comunidad Autónoma.

En próximas cartas, por ser fechas de paz y buena voluntad, contaré cierta continuidad natural de Castilla con Cantabria, aunque los Estatutos de Autonomía hablen de una historia inventada, olvidando los hechos geográficos que aún demuestran aquello que realmente sucedió en pasado.