Opinión

Sueños de la vejez

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 17 de diciembre de 2021

Otra vez la Navidad. Ya retorna la virgen y retorna el reino del viejo Saturno, satur annis, saturado de años; ya del alto cielo nos es enviada una nueva progenie. La égloga virgiliana vuelve a encarnarse en la esperanza que comporta todo nuevo nacimiento. Cada niño que nace trae un mundo nuevo.

Es sólo aparente la contradicción entre Navidad y vejez. Entre el Portal de Belén y la Residencia de Ancianos, entrada al nuevo nacimiento definitivo. El Nacimiento de un Niño, de cualquier niño, trae una esperanza de mejora del mundo. Mientras haya hombres que nazcan, que renueven la Humanidad, el mundo humano puede mantener las ilusiones ( Hannah Arendt ). Porque el futuro de cada uno, individualmente considerado, es la muerte siempre, y las ilusiones individuales, de trabajo, amores, proyectos, no dejan de ser justificaciones para seguir viviendo una vida que acaba siempre en la muerte personal. Sólo el hombre perfectamente inserto en el colectivo familiar, tribal o nacional, puede hablar de verdaderas ilusiones. La soledad del hombre sólo tiene sentido si desde ella trabaja para los demás, para la especie a la que él pertenece de modo insoslayable. Y sólo los sueños colectivos, insertos en la memoria de nuestra especie, nos unen “realmente” a los demás.

La vida de los viejos que se agota en los asilos, residencias o geriátricos tiene el mismo sentido - o el mismo sin sentido - que la vida de los cachorros humanos que producen fresca algarabía en los Jardines de Infancia; el sentido de las ilusiones colectivas, los sueños, esos remanentes arcaicos de los que hablara Jung y que constituyen la “ideología” ( Destutt de Tracy ) común de la Humanidad. Hay que tomar muy en serio los sueños de los niños y de los viejos, sobre todo los ominosos ( “somnia a Deo missa” ). Del mismo modo que Heraclito afirmaba que los durmientes soñantes trabajan para la vida vígil de los despiertos, los sueños de los viejos trabajan para la vida de los niños y jóvenes. Todos pertenecemos al mismo proyecto, y la fe en ese proyecto común fundamenta nuestra vida como hecho con sentido. Los que duermen se vuelven cada cual al mundo de sus propios sueños. Los niños y los viejos, como durmientes y soñantes, tienen un orden o mundo privado, que se suele oponer al mundo público de los despiertos, que son los adultos. O mejor, los que están entre los dos extremos del sueño de los niños y los viejos. Niños y viejos son quienes mejor participan de los ensueños de la especie. Precisamente los remanentes arcaicos de los que hablase Jung son formas mentales cuya presencia no puede explicarse con nada de la propia vida del individuo y que parecen ser formas aborígenes, innatas y heredadas por la mente humana. La experiencia psiquiátrica demuestra que el desconocido acercamiento de la muerte arroja una “adumbratio” ( una sombra premonitoria ) sobre la vida y los sueños del viejo moridero. En nuestra lengua están desgraciadamente confundidos el sueño de dormir ( “tengo sueño” ) con el sueño de soñar ( “tuve un sueño” ), el somnus y somnium del latín, el hýpnos y enýpion del griego, o el sleep y dream del ingés. Para Heraclito el vivir es morir de modo análogo a como el dormir es también vivir. Los muertos que se nos aparecen como vivos en los sueños, “que vuelven a alzarse” ( epanístasthai, dice Heraclito ), no son quizás menos realidad que aquellos otros que ven los despiertos. Qué es ilusión o qué es realidad se difuminan entre los “vigilantes” y “dormidos”. Siembre ha habido falsos despiertos y soñadores con certeza. Los dioses quisieron que nos olvidásemos más de las cosas que hacemos dormidos, soñando, que las que hacemos despiertos, vigilantes. Con ello limitaron el campo de la Ciencia, y de nuestra soberbia individual, claro.

Los viejos, al decir de Lucrecio ( III, 1047-1048 ), aún despiertos se pasan la mayor parte que les queda de vida soñando, hablando acaso entre sueños y sacudiéndose los fantasmas, que es como ir poco a poco habitando el mundo que les espera. “Cum pariter mens et corpus sopita quiescunt”. La criptomnesia o “memoria oculta” se activa en la vejez como sueños de realidad.

El único problema verdadero que tienen los viejos despiertos es saber adaptarse. Saber ser viejos es la base única de la alegría de los viejos. Tanto me preocupa esto que ya me preparo para cumplir con dignidad mi vejez, si me es dado alcanzarla. El secreto no es resistirse a dejar de ser joven, sino conservar la curiosidad intelectual de modo vitalicio. Mientras la curiosidad se mantiene viva uno no es viejo, al menos metafísicamente hablando. Goethe nos enseñó al mal viejo en la figura de Fausto. Fausto se nos aparece como el prototipo del viejo y del viejo gruñón que no quiere adaptarse a su edad – esto es, el mal viejo – desde antes de que Goethe nos lo diga, desde las primeras líneas de la obra, en la que apartando con un gesto de suprema repugnancia todos los libros que en su día amó, los maldice: “Al fin me doy cuenta de que nunca podremos saber nada”. Y Fausto acabará sustituyendo la saludable y salvadora curiosidad intelectual por la magia, que siempre es signo de decrepitud intelectual y “aeternum soporem”.

Vivimos tiempos de barbarie, los propios de la fuerza y los instintos no domesticados por la sabiduría. Y los dioses ya no se dignan a presentarse en los sueños de los hombres. La estética queda aún en el sueño del viejo que como quien dice nació ayer y “ubera mammarum in somnis laetantia quaeret”. Hoy hemos desposeído a todas las cosas de su misterio y numinosidad; ya nada es sagrado. Pero no podemos permitirnos ser ingenuos al tratar de los sueños de los viejos, secluidos de la Navidad en sus residencias. Se originan en un espíritu que ya no es totalmente humano, sino más bien una bocanada de naturaleza, un espíritu de diosas bellas y generosas, pero también crueles…