Traducción de Jon Gerediaga e Irati Elorrieta. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2021. 285 páginas. 21,00 €. Libro electrónico: 13,99 €.
Por Aránzazu Miró
Me resultaría difícil señalar qué elemento es más importante en esta novela, si las grietas o las ventanas. Ambos, en realidad, dan entrada a esa luz de invierno, leve y breve en el tiempo, que permite vislumbrar, en nuestras vidas, raudos fulgores con los que entender el mundo y a nosotros mismos. En realidad, eso es lo que les ocurre a los protagonistas de esta novela, trasladable -quizá- a cada uno de nuestros entornos.
¿Quién no se ha sentido migrante, desarraigado, excluido? ¿Quién de nosotros ha tomado siempre la decisión acertada, necesaria y útil? “Para cuando he tomado la decisión, era tarde. ¿Cuándo aprenderé a hacer las cosas en el momento en que hay que hacerlas?” -reflexiona la protagonista, Añes, en esta novela coral que conduce ella, porque Luces de invierno recorre un momento de la existencia de Añes, buscando su lugar en la vida, de Vizcaya a Berlín pasando por París, en que el tiempo, el viaje, no son sino compañeros del anhelo de hallar sentido a la vida.
Una búsqueda de esas ventanas nos recibe en la cita inicial de Karl Marx: “Las ventanas son para una casa lo que los cinco sentidos para la cabeza”. O como las grietas -ya lo decía antes-, que forman parte del título de hasta ocho de los capítulos de la novela. Grietas como perspectivas de mirada. La nostalgia, el enfrentamiento al pasado.
No me sorprende nada que esta obra, en su versión original en euskera, fuera merecedora del Premio Euskadi de Literatura 2019.
No es una nóvela ni mística ni filosófica, aunque la lectura hasta aquí de mi impresión pueda semejarlo. Es una novela de gran vivacidad en que un grupo de jóvenes, todos alrededor de Añes y sus idas y venidas, se enfrentan a la vida e intentan entenderla, o simplemente vivirla. Un plano de la realidad, en que las historias se van sucediendo y resolviendo, junto a otro plano de retorno al pasado, en la búsqueda del porqué de las reacciones, de los sentimientos, de las huidas o venidas, simplemente.
La novela se relata en tercera persona -aunque no siempre-, desde un narrador omnisciente que puede ser solo narrador, o que puede transmutarse en la voz de Esteban, uno de los personajes que ha muerto hace tres años en un accidente. Él introduce su primera persona para poner la perspectiva de lo que -probablemente él mismo- está narrando como escritor situado fuera de la obra, y también plasma él mismo los diálogos que en ese presente de la novela Añes mantiene con él.
Mientras transcurre su vida y se relaciona con un mundo exterior al que reconocemos mucha autenticidad, Añes se enfrenta a la presencia de Esteban como su fantasma. Se trata de intentar entender la presencia en su vida, la que tuvo y la que hubiera podido tener, y cómo las decisiones propias o el destino establecen nuestra continuidad en la vida. “Cuanto más espacio ocupa Esteban, menos espacio deja a todo lo demás”. La ruptura, el olvido, la coexistencia del pasado con el presente. Xuan, el amigo vietnamita, le propone claves para entenderlo: “Es una forma de entender el tiempo”. El tiempo, el de los erizos y su salvación (hay muchos elementos simbólicos en la obra), o la nuestra; si no es la salvación, sí la forma de actuar con coherencia.