Pedro Sánchez escabechó a los colaboradores más cualificados de sus éxitos electorales: Iván Redondo y José Luis Ábalos. Ante el desafío del 13-F en Castilla y León se muestra desconcertado y aturdido. Le preocupa que se repita el resultado de Isabel Díaz Ayuso. Ha convocado, en su intento de limitar el descalabro, a Santos Cerdán y al peso pesado que le acompaña en Moncloa, el inteligente y sagaz Félix Bolaños.
Pedro Sánchez, cuando disfrutaba de la apoteosis de su gloria cesárea, decidió desmontar al PP de sus feudos autonómicos. Empezó por Murcia y tenía decidido proseguir en Madrid, primero, y luego en Castilla y León y Andalucía. La operación se presentaba sencilla. Se seducía a un Ciudadanos en declive que traicionaría al PP para recuperar el poder perdido. Pero el presidente popular de Murcia advirtió a tiempo la jugada y devastó la entera operación. Miguel Ángel Rodríguez se dio cuenta de lo que Ciudadanos preparaba enmascaradamente en Madrid e Isabel Díaz Ayuso consumó el milagro de derrotar a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias.
Parece claro que Ciudadanos ha maniobrado arteramente para despedazar a Alfonso Fernández Mañueco, traicionándole de acuerdo con el PSOE castellano leonés. Pero el presidente autonómico descubrió la maniobra y, de acuerdo con Pablo Casado, decidió, tal y como hizo Díaz Ayuso, convocar elecciones antes que someterse a una moción de censura que tenía perdida. Que hablen los castellanos leoneses. Las cosas podrían cambiar en dos meses porque de la mediocre política española se puede esperar cualquier cosa, pero las encuestas serias sitúan a Mañueco en el mismo borde de la mayoría absoluta.
Pedro Sánchez siente el temblor de la silla curul de Moncloa. Y está aterrado de que el 13-F certifique otra vez su derrota electoral, cuando desde dentro del Gobierno de coalición, las manos femeninas de Yolanda Díaz se aplican en hacerle la cama al presidente del Gobierno.