Aquella Navidad en donde la infancia jugaba a ser niño nada tiene que ver con lo que hoy fabricamos. Y hablo de fabricar porque de nosotros mismos depende lo de mantener el tipo para casi todo. El mejor ejemplo lo tenemos con este asunto del virus que nos asola, nos persigue, y hace que nuestra vida de cada día sea la mayor muestra de orfandad jamás conocida.
Estamos solos. Casi siempre lo ha sido así, pero en esta “nueva normalidad”, tan jaleada como indecente, tenemos el ejemplo vivo de como el ser humano está siendo derrotado por el único enemigo capaz de conseguirlo, o sea, los de su propia especie acaudillada por diabólicos seres. Entonces ¿qué otra cosa nos queda? Tan solo el no perder la fe ni tampoco renunciar a todo aquello que nos sirvió para sentirnos creadores de nuestras propias circunstancias. Es muy importante darse cuenta de que ningún poder establecido vendrá a cambiar nuestra soledad, nuestra enfermedad, nuestras necesidades o nuestros dilemas. Así pues, tomad para si las riendas de una fe sin insultos ni entusiasmos exagerados, el fluir de lo magnífico os llevará hacia vosotros mismos. Por eso alegraos de formar parte del tránsito de la vida terrenal, porque ese es el camino que nadie podrá hacer por uno mismo.
Por lo tanto, dejad que las horas de vuestros días nada tengan que ver con aquello que os cuentan los falsarios. Creed en el esfuerzo de vuestras propias obras. Celebrad vuestras emociones y alegrías. Haced del buen momento una fiesta y no caigáis en la mística de la angustia y la melancolía. No olvidéis que la felicidad es tan necesaria como frágil, por eso defended el espacio que os asignéis, pues será vuestro mejor refugio para ser libres. Renuncien a alcanzar aquello que ni la propia codicia aún no ha conseguido, pues el mundo se guarda para sí lugares que no nos pertenecen.
No malgastéis en penumbras lo que tanto esfuerzo representa el saber andar, saber hablar, saber pensar, saber mejorar y sobre todo, saber amar. Celebren la Navidad con el compromiso y la responsabilidad del momento. Háganlo sin la soberbia de creer que este virus les pertenece a otros. Hay tiempo para ser agradecidos aun en época de difícil estancia terrenal, por eso ahora, en este preciso instante, es cuando el respeto debe imponerse al libertinaje. No seáis débiles, pero tampoco uséis una fuerza desmedida, pues la bondad y el carácter son una misma cosa. Acoged las alegrías como contrapunto a los desalientos, pues aquellos que saben sonreír alargan la vida de los demás.
Celebren pues la Navidad, quizás de aquella manera que otrora tuvimos la suerte de hacerlo cuando la infancia nos regalaba ingenio y se valoraba más lo que tenías que aquello que deseabas, porque todo lo estropeado se arreglaba, se restañaba, se inventaba. Eran tantas las ilusiones que incluso la Navidad llenaba los platos para comer lo extraordinario de aquello que el resto del año apenas entraba en despensa, pero el talento era tal que de lo poco salía mucho. Y se abrían puertas cerradas y de allí surgían bondades guardadas para la generosidad. Sí, aquella era nuestra Navidad, y aunque hoy parezca de lo más cursi, qué le vamos a hacer.
Mi Navidad fue y vino con aquellos amigos y amigas que hacían turno para quedar a diario sin necesidad de quedar. Y jugábamos sin conocer más allá de un pequeño mundo dentro de otros mundos y de la tabla de multiplicar, mientras las vacunas de entonces eran de fiar, a pesar de todo. Quizás porque la mentira de hoy era la verdad de antes.
En fin, pobres de aquellos que no teniendo fe dejan de buscar. Feliz Navidad.