A pesar de las desmesuradas campañas en favor del catalán, bellísimo idioma que enriquece la cultura española, resulta que el uso del castellano crece en Cataluña y que en la inmensa mayoría de los hogares de la Autonomía catalana se ven de forma abrumadora los canales nacionales en el idioma de Cervantes y Jorge Luis Borges.
El objetivo de Pedro Aragonés está bien claro: “que el sistema educativo esté destinado, no a formar personas con conocimientos, modales y valores, sino a formar a separatistas que odien a España”.
“La escuela -ha afirmado el presidente de la Generalidad- es el núcleo de la nación catalana”. Cuando Europa entera camina hacia la supranacionalidad, Cataluña retrocede al siglo XIX. Y naturalmente son incontables los catalanes que, a pesar del miedo que les acongoja, han decidido que sus hijos dominen el castellano que es el segundo idioma del mundo y el que les permite prosperar.
La tórpida campaña contra la lengua que consagra la Constitución de 1978, votada abrumadoramente por el pueblo catalán, se está volviendo contra los que la han puesto en marcha. Cataluña no camina hacia el independentismo. La inmensa mayoría de los catalanes se sienten españoles y saben que, a través de España, están integrados en Europa, la patria grande que está uniendo a las diversas naciones en otro tiempo enfrentadas y hoy en armonía ante el desafío de las grandes potencias y de los países emergentes.
Es decimonónico, es decadente, es una cutrez trabajar por la independencia de una región que podría mantenerse a la cabeza de España y que se está empobreciendo por la voracidad de unos secesionistas que lo que quieren es más poder para repartir más mamandurrias y más enchufes entre sus seguidores.
Si no hacen trampas en las próximas elecciones, los secesionistas se darán cuenta en las urnas de la esterilidad de su política atrasada y provinciana, carente del aliento que se necesita para prosperar en la Europa unida.