Opinión

Caudillos de España

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 31 de diciembre de 2021

La antigua politesse, politeness o buena educación, noble y exquisita de la alta cultura social, floreal y bienoliente, se ha aplebeyado y corrompido en letrinosa catequesis inquisitorial. Lo políticamente correcto de los estados apátridas. Hoy necesitamos caudillos que arrastren y empujen a las muchedumbres, con su ejemplo, con su palabra y su sabiduría, hasta la verdad operativa o veritatem facientes paulina. Siempre ha sido propia de todos los grandes caudillos que ha dado España la responsabilidad de concurrir briosamente a las grandes batallas políticas, culturales, religiosas y morales que se han librado en nuestro suelo durante toda nuestra historia, sacudiendo el absentismo y las inercias de nuestros campos con su caudillaje, a fin de mantener viva la identidad de la patria. Viriato, San Isidoro, El Cid, Jaime I el Conquistador, Alfonso X el Sabio, Roger de Lauria, Juan II de Aragón, Los Reyes Católicos, Cisneros, Gonzalo Fernández de Córdoba, Juan Sebastián Elcano, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Carlos V, Ignacio de Loyola, Felipe II, Santa Teresa de Jesús, Juan de Austria, Cervantes, Conde-Duque de Olivares, Cardenal-Infante Don Fernando, Carlos III, Palafox, Espartero, O´Donell, Juan Prim, Antonio Cánovas del Castillo, o Antonio Maura y Montaner, por decir sólo unos cuantos y no hartar al lector, han sido algunos de nuestros grandes caudillos.

El término “caudillo” es de viejo abolengo en la lengua castellana. Viene del latín “capitellum” o “capitellium”, cabecita o cabecilla, diminutivo afectivo e hipocorístico de “caput”, cabeza. Lo encontramos ya en las primeras traducciones medievales del “Liber Regum”: “cabdiellos de los fillos d´Israel”. También lo podemos ver en La Vida de Santo Domingo de Silos, 266, de Gonzalo de Berceo, definiendo al abad como “del monasterio cabdiello”. También lo emplea Ignacio de Loyola en sus Ejercicios, 327: “Un capitán y caudillo del campo, asentando su real y mirando las fuerzas o disposición de un castillo, le combate por la parte más flaca.” El término está también presente en todo nuestro Siglo de Oro, en Fray Luis de León, Lope de Vega, y de manera muy notable, en Calderón de la Barca. También lo emplean escritores del siglo XIX, como San Antonio María Claret, en sus Escritos pastorales: “Dios, destinando a Moisés por caudillo de su pueblo…” o el mismo Pérez Galdós en los Episodios Nacionales, en donde llega a distinguir tres tipos de caudillo, uno malo y dos buenos. Y naturalmente en el siglo XX lo han empleado escritores como San Josemaría Escrivá de Balaguer; v. gr. Camino, 16, 32 y otros, o el mismo Gil Robles.

Ya desde el origen de nuestra lengua percibimos perfectamente el sentido de ser caudillo. Así, tenemos el muy interesante fragmento castellano del siglo XIII: “Deven ser cabdillos e señores de cavalleros omne noble e omildoso e de buen derecho e conosçido en lealtad e esforçado e sabidor de lides e omne granado de coraçon (…) La compaña poca e flaca con buen cabdillo esforçado e sabidor, fuertes son, e la grand compaña fuerte, quando oviere cabdillo medroso e flaco e non meta mientes en lo que debe, flacos serán por fuerça” ( Diccionario paremiológico e ideológico de la Edad Media ). Nos llama particularmente la atención de “omildoso”. Paradójico camino para ser “caudillo” en la mayor parte de las culturas es la humillación. El caudillo está al servicio de los demás, de su pueblo, de la vida de su nación. Ha nacido para servir por encima de todo y su mando es ante todo un deber de servicio. Su mando nace de la libre voluntad de los acaudillados. No es jamás caudillo quien manda contra la voluntad de la mayoría. Esto es, el caudillo no es un tirano, ni siquiera en sentido griego, que es el tirano que se transforma en árbitro de dos sectores de la ciudad que están a punto de llegar a las manos, de provocar una “stásis”, conflicto o guerra civil, y antes de que ocurra se impone sobre ellos. Ni tampoco es un oligarca aupado por una mala interpretación de la democracia. Porque, en el fondo, no hay mucha diferencia, entre el consentimiento popular que prestan las masas al Gobierno de un dictador y el que otorgan las mismas mayorías sociales, en las urnas, a las oligarquías políticas que las maltratan en nombre de la democracia.

La Naturaleza, como modo de proteger a la especie o al rebaño, genera suficientes individuos genéticamente altruistas y naturalmente predispuestos a sacrificarse por su rebaño o nación; de suerte que los caudillos encarnarían este grupo de salvadores y guías con que la naturaleza defiende la supervivencia de cada nación. La aversión de los ciudadanos a la mezquindad y desfachatez de la clase política no debería convertirse en una aversión al Estado. Sólo los caudillos de la Democracia, como pericles o demóstenes antiguos, pueden evitar esta transferencia de un asco y un desprecio muy bien justificados.

El caudillo secunda la obra del espíritu nacional, creando un entramado de valores o grandes objetivos políticos en los que el patriota se siente identificado. Dirige con su ejemplo a los demás en las peores borrascas y tempestades, entre los peligrosos escollos que siempre nos presenta la Historia, y nos conduce a un puerto seguro. A España le invade una plúmbea somnolencia de pueblo vencido, y los caudillos deber ser los tábanos que la despierten, aunque tengan que arañarla o quitarle las tibias mantas de su sopor. Los caudillos o fundan patrias o las refundan en una incesante búsqueda de supervivencia de la identidad nacional. El verdadero caudillo no tiene nada que ver con el caudillismo entendido como dictadura militar, muy desarrollado por desgracia en casi todas las repúblicas criollas, aunque puedan merecer a nivel personal nuestra simpatía algunos de aquellos caudillos americanos, como Francisco Miranda, José Martí, Martín Miguel de Güelmes o Emiliano Zapata. El caudillo, figura de raigambre hispana, entregado por completo a su patria, debe ser la suave alfombra que garantice que el pueblo siempre pise blando.