Opinión

6 de enero: Día de Reyes

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 06 de enero de 2022

Inicio esta entrega, la número 600 para El Imparcial de Madrid, compareciendo ante ustedes, apreciados lectores en ambos mundos –el Nuevo y el Viejo– abordando un tema sobremanera regocijante, siendo mi celebración favorita en tiempos de Navidad: el Día de Reyes, la Pascua de la Epifanía, la segunda festividad más antigua de la Cristiandad, que pasó de Oriente a Occidente. Dado que este 6 de enero de 2022 es la fecha, entusiasma y permite aludirlo antes de finalizar esta temporada de relativo y apacible descanso y de regresar al trajín cotidiano. Como exordio dígase que antaño, en México, fue la fiesta de los juguetes por antonomasia. Siempre su mañana me supuso una de ilusiones, recordándola entrañable con el relato de tales personajes y su percha salpimentando presencia y significado. Lo de la Estrella de Belén ya discurre entre paralajes y cometas y emperejila su leyenda, iluminándola sin atusarla. Prosigan.

Diré que si me suena cacofónico pronunciar /Los-Santos Reyes/ –después de todo hay otros santos reyes, o reyes santos como San Fernando– en cambio me agrada decir Reyes Magos o su atildada, feliz y peripuesta alusión refiriéndolos como Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, que son solo ellos y nada más que ellos, los inconfundibles Melchor, Gaspar y Baltasar, santos del catolicismo, cuyo patronazgo rige a peregrinos y viajeros. A México, sin cabalgatas, sí llegaron.

El sugerido tratamiento mayestático y así ¿prometedor? ensalza sus reconocibles estampas destacando su preeminencia –jarifos, feraces– de rostros más adustos que jocundos. Los reafirma sus notabilísimas cabalgaduras; y prefiero imaginarlos en sus esplendentes monturas ribeteadas con marquetería, encaramados domeñando a los respectivos caballo, camello y elefante –enjaezados y paramentados muy fulgentes– que suponerlos aupados sobre simples y exiguos camellos y dromedarios exhaustos, alineados cual ignotos beduinos. Y desde luego que los fantaseo inspirado en cuantas pinturas los pergeñan, como portadores de llamativas y ostentosas indumentarias revestidas de exoticidad, drapeado, abalorios, damasquinados y excelsitud de telas fastuosas –estofas, fieltros, lamé– refinadas y estilosas; por pinceles que confeccionaron ropajes tan ricamente expuestos, coloridos con tonalidades regias, chispeantes, inconfundiblemente palatinas, con volumen, rematando sus testas con distintivas y suntuosas coronas de formidables y peculiares diseños y aditamentos que las aderezan y renombran, siguiendo la propuesta de Cesáreo de Arlés (siglo VI) de trocar sus ascéticos gorros frigios por aquellas. No están obligados a mostrarse humildes ciñéndolas, compensándolo con su mítica travesía y elevada intención, compareciendo ante el recién nacido de inconcusa importancia y de ineluctable existencia, imbeles, reconociendo en Él a la divinidad anticipada por los profetas en las Sagradas Escrituras; y ledamente se le postran, impetrándolo y adorándolo.

Sus clámides cual sayos, con tramas, urdimbres y motivos egregios, augustas y señoriales, aterciopeladas, mullidas, pasamanería de órdago, tablión, con grabados, pedrería y colores elegantes; arropadas por acogedoras capas de damasco carmesíes y doradas, flavas, fúlgidas, previo envolviendo pesados abrigos ocultando ropones ricamente labrados, jubones con notables bordaduras y mangas abullonadas; y de no ostentar corona, van lucidores y atildados con capelina o robustos turbantes con plumeros repulidos; muéstranse enjoyados con corindones o diamantes prominentes, vistosos, calzando borceguíes muy compuestos o acicaladas babuchas; les centellean alfanjes, jinetas o cimitarras de linajuda empuñadura al tiempo que tanta bambolla y despliegue lustra un matiz de austeridad solemne y majestuosa en equilibrio, no opacando al divino infante y confirmando lo inevitable: evocan su magia, su entrega y cercanía identificándolos, irradiando un dechado de bondad y benevolencia, la representación misma del desprendimiento de lo material y de la caridad cristina en esa terna de conversos, sin renunciar a su estatus, dignidad, posición y servicio a Dios. Pesan más sus sonrisas afables y su piedad ante el Señor que las imaginadas carnavaladas de séquitos acompañándolos, según los evangelios apócrifos; y que no obstante el haber existido tales comitivas, su encuentro betlemita con Él, fue godible.

Plasmada su entelequia, posamos la mirada a los objetos que sostienen y ofrecen tan cresos soberanos, acentuando los pintores la riqueza de tales utensilios atesorando los celebres presentes obsequiados. Afiligranados, exquisitamente ornamentados, aludiendo a los propios de la sagrada misa, trasladándolos a afamadas composiciones, destacándolos. Los inmarcesibles Magos extienden olifantes, cofres, arcones, joyeros, alhajeros, ostensorios o copones cual ciborios, píxides, incluso; todos de lustrosa hechura o de estofadas, misteriosas, formidables y diversas formas y tonos o de áureos sobredorados; orfebrería primorosa, refulgente, acallando el indeterminado “bagaje”, así expresado en evangelios apócrifos. Obsérvelos, maravillándose. Al Rey de Reyes “nacido en portal miserable para mostrar a los hombres la humildad de su linaje” agasajan la opulencia, exoticidad, exuberancia y boato; quizá fuesen estuches criselefantinos o de bellísima policromía, engarzada, entrelabrados. Continente y contenido resultan excelsos, empero no suela citarse una tradición eboraria. Acaso pudiéramos suponer que llevaron arquetas, cofres, baúles o arcas de notabilísimo eburno transportando sus legendarias ofrendas, dándolas, cerciorados de su destinatario. Alguna Biblia protestante canjea incienso por olíbano. Quisicosas del traductor. Lo crucial de la remarcada data: niños lambrucios degustando la rosca (o roscón) antes expectantes de su arribo, precedido por encapotados heraldos de colorín, entorchados carteros reales y eximios pajes de postín con gorrito cuco.

La Epifanía de Laura Rodríguez Peinado, recopila una evolución de su fisonomía en el arte, nominados en el Evangelio Armenio de la Infancia (siglo VI), popularizados al incluírseles en el Liber Pontificalis del siglo XI, puntualizando la posterior inserción de un monarca negro en el trío, luego suplantado por otro de rasgos americanos en 1505, ostensible en la Epifanía de Vasco Fernandes del Museu de Grão Vasco (Viseu). Ya Marco Polo adelantaba sus sitios de sepulcro aún después de haberse trasladado sus restos a Europa; primero a Bizancio, al hallarlos Santa Elena, madre de Constantino; después, San Eustorgio los condujo a Milán. Fray Santiago de la Vorágine les otorgó su jerarquía regia. En 1164, con la invasión de Federico Barbarroja a Milán, el arzobispo de Colonia, Reinaldo de Dazzel, dispuso de ellos construyéndose el eminente relicario resguardado en su catedral. Dos años ha leí el Libro de los Reyes Magos de Hildesheim. La cuidada edición española es loable, pulcra, con reflexiones sublimes, aun y cuando advierta en su introducción que es una versión, digamos, edulcorada, rasurada de la profundidad que denota el original. Apunta que se apersonaron con regalos porque no podían llegar con las manos vacías ante la presencia de Dios. Leeré el Auto de los Reyes Magos, sito en Toledo, muy referido también. Pese a tratarse de un episodio tan fugaz materializado en esa rosca que oculta al Niño Jesús del infesto Herodes Antipas, traducido en el cuchillo que la parte, su patronato posee un profundo arraigo en México; o está evidenciado en el eminente patrimonio pictórico resguardado en el Museo de Salamanca, en España, resultándome muy llamativo al visitarlo en 2002. ¿A que obedecerá tal fausta afinidad con la Ciudad Sabia? Pudiera tratarse de una simple casualidad. Enhorabuena por ello.

Termino: Emilia Pardo Bazán fue presa del revoltijo de orígenes, fisonomías, jurisdicciones y bastimentos de los mentados magos o astrólogos o sabios. Describió a Melchor como “ataviado con rica túnica de brocado de plata franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real”; para Rubial García en “Los Santos Reyes Magos en el imaginario medieval y novohispano”, el pasaje reviste “la gentilidad como destino de la predicación cristiana; la sacralización de la realeza y el poder; la estructuración de los espacios geográficos”. El ya citado Evangelio Armenio señala que con 12 mil hombres bajo su mando, eran Melkon, rey de los persas (ofrendando “mirra, áloe, muselina, púrpura, cintas de lino, y también los libros escritos y sellados por el dedo de Dios”); el segundo, Gaspar, rey de los indios (con “nardo, cinamomo, canela e incienso”); y el tercero, Baltasar, rey de los árabes (prodigando “oro, plata, piedras preciosas, perlas finas y zafiros de gran precio”). A ninguno atribuye marfil. Peculiar. ¿Tono aladinesco? desde luego que sí. Atavíos y finezas, los bosquejan. Sus mercedes son eternas, familiares y sorprendentes, como infinito mi agradecimiento por leer mi entrega 600. Salud.