Contrariamente al tiempo de los filósofos, que lo viven dentro de sí, el tiempo de los físicos es externo. Es el constructo mental que les hace falta, junto con el espacio extenso, para explicar el movimiento. Y dan la preferencia al espacio sobre el tiempo. En el mundo familiar de nuestros sentidos no hay movimiento sin algo que se mueva. Así hemos construido el lenguaje ordinario. El sujeto gramatical se remite al espacio y el predicado al tiempo.
Por ejemplo, todo el mundo dice “el pájaro vuela” y nadie dice “el vuelo pajarea”. Esto es indiscutible en la materia viva. El pájaro es un individuo y además una substancia aristotélica. En cambio, en la materia inerte o no viva la realidad no está tan clara. Una piedra es un individuo, pero no una substancia. Y sin embargo también nos parece correcta la frase “la piedra cae”, y absurda “la caída pedrea”.
En todo caso, lo que ahora enfatizamos es que el pájaro y la piedra son para nuestros sentidos lo extenso en el espacio, el protagonista del movimiento, el actor. Y el vuelo o la caída son lo que hace o le ocurre al protagonista mientras discurre el tiempo, la acción o pasión. El actor es el sujeto gramatical. La acción o la pasión son el predicado.
Cuando los físicos han descendido al diminuto mundo cuántico se han llevado la gran sorpresa de que las frases “la piedra cae” y “la caída pedrea” parecen estar en igualdad de condiciones. En el famoso experimento de las dos rendijas entendemos perfectamente que una partícula cuántica pase por una rendija. Eso corresponde al mundo familiar de nuestros sentidos. Pero que la partícula se transforme en onda y pase por las dos rendijas a la vez, cualquiera que sea la distancia entre ellas, eso suena a cuento de niños. No concebimos una onda por sí sola como protagonista del movimiento. Sólo tenemos experiencia de las ondas como algo observable en los fluidos. No vemos las olas con independencia del mar. Pero en la física cuántica parece que la onda por sí sola es el sujeto de la frase gramatical. La misteriosa onda, sin fluido alguno que la soporte, parece pasar por las dos rejillas a la vez justo en el sentido que daríamos a la frase “la caída pedrea”.
En la física cuántica el espacio y el tiempo parecen tan inseparables entre sí que sólo cabe hablar del conjunto “espacio-tiempo”. De hecho el experimento de las dos rendijas sólo se solucionó cuando se emplearon números complejos, que añaden la dimensión rotacional del tiempo a las tres dimensiones longitudinales del espacio.
Aunque se simplifique el cálculo a una dimensión longitudinal, lo esencial es la íntima unión entre lo espacial y lo temporal.
Con todo, el espacio extenso sigue manteniendo una cierta prioridad respecto al tiempo. Sabemos que de hecho hay partículas indivisibles. El espacio extenso implica individuos separados por intersticios. El “hodón”, o distancia mínima en nuestro cosmos, es visto como el diámetro de la partícula más pequeña y elemental, y a la vez como aproximación máxima entre dos partículas. Es la unidad absoluta de longitud.
Partiendo de las constantes más universales de la física, Planck estimó el hodón en diez elevado a menos 33 centímetros.
Veamos ahora qué ocurre con el tiempo continuo, que no admite intersticios. Una vez calculado el hodón, podemos preguntarnos cuánto tiempo se tarda en recorrerlo. Planck dividió la longitud del hodón por la velocidad de la luz y obtuvo el hasta ahora único “cronón”. Resulta la cifra de diez elevado a menos 43 segundos. Pues efectivamente diez elevado a diez centímetros por segundo es la velocidad de la luz.
De acuerdo. Ese sería el “cronón superior”, el tiempo que se tarda en recorrer un hodón con la velocidad de la luz, la máxima velocidad reconocida en nuestro cosmos. Pero ¿cuánto se tardaría en recorrer el hodón con la mínima velocidad de hecho también existente en nuestros cosmos? ¿Cuál sería el “cronón inferior”? En vez de máxima rapidez, pensemos ahora en la máxima lentitud.
Por supuesto, nadie sabe cuál pueda ser esa velocidad mínima en nuestro cosmos. Pero tiene que existir. Nuestro cosmos es finito en cualquier dimensión pensable. Junto a la cota o límite superior de la máxima rapidez hay que pensar también en la cota o límite inferior de la máxima lentitud. De nuevo la primacía conceptual del espacio extenso sobre el tiempo. Para un solo hodón existen dos
cronones.
Curiosamente, y desde otra perspectiva, el tiempo es anterior al espacio extenso. Definimos el espacio como “existencia simultánea de al menos dos individuos extensos”. Dos partículas elementales de un hodón de diámetro y el intersticio entre ellas de un hodón. O sea, tres hodones simultáneos. Pero el adjetivo “simultáneo”, que entra en la definición de espacio extenso, implica ahora la
precedencia conceptual del tiempo sobre el espacio.
Sin intentar resolver este enigma, veámoslo como una prueba más de la estrecha unión entre el espacio extenso y el tiempo en la ciencia física.
Si en alguna parte podemos encontrar este nuevo cronón inferior es en los agujeros negros. La realidad física es masa y radiación a la vez. En vez “partículas” digamos más en general “masa”. Y en vez de “onda” usemos “radiación”.
En la luz la masa es mínima y la radiación máxima. En los agujeros negros ocurre lo contrario. La radiación está bajo mínimos, y en cambio la masa alcanza la máxima densidad posible. Quizá una partícula se ajuste con sus vecinas a la distancia mínima de un hodón con esa lentitud máxima de que hablamos.
Por supuesto, todo esto mera especulación. Sólo se trata de afirmar que hay dos relojes extremos con los cuales, si llegásemos a ellos, podríamos medir el tiempo de nuestro cosmos con dos escalas absolutas. Aunque no hay ningún peligro en la práctica que amenace a la teoría de la relatividad. Einstein puede dormir tranquilo. Estamos muy lejos en nuestros experimentos del cronón superior que calculó Planck. Y además está soltero. Nadie ha calculado todavía el cronón inferior, su posible pareja.
Una última precisión. A veces se dice que en menos tiempo que un cronón de Planck no sucedería nada. Eso es absurdo. El tiempo es continuo y la actividad de la materia no cesa nunca. En rigor, el cronón de Planck dice lo que ya sabíamos, que ninguna longitud puede recorrerse en nuestro cosmos en menos tiempo que el empleado por la luz. Se pone un límite a la velocidad del movimiento, pero no se cuestiona la existencia del movimiento mismo.