Pedro J. Cáceres | Domingo 21 de septiembre de 2008
El viernes (26 de septiembre) se cumplirán 24 años de la muerte “en acto de servicio” de una de las grandes figuras del torero, de las que han mandado, en su historia contemporánea.
Este comentario de homenaje quiero adelantarlo unos días para curarme en salud procurando no se produzcan hechos tan ignominiosos como hace algunas fechas con motivo de la luctuosa efemérides de Yiyo, totalmente desapercibida y que, aquí, en EL IMPARCIAL mereció tanto un recuerdo como una condena a la falta de “memoria histórica” del taurinismo.
Cierto es que, en ambos casos, el número de aniversario no es cabalístico, pero la dimensión del personaje se merece un recordatorio cada año.
Imagino el dolor de sus hijos, toreros ambos –y en “dique seco” como consecuencia del “toro”- ante tan desagradecido olvido, que, de no avivar conciencias, tiende a repetir escenas del año pasado: dos coronas de flores, de ambos, y poco más se depositaron en la tumba del torero el 2007. Ninguna, por supuesto, en nombre de cualquiera de los dos colectivos de matadores actuales, ni de las asociaciones de ganaderos, que lo era también, ni de los empresarios, a los que tantos duros dio a ganar. Ni siquiera de los herederos del empresario que de forma involuntario sedujo, por hacerle un favor, para que toreara la corrida de marras y que estaba fuera de sus planteamientos por tener en breve un viaje a Venezuela. Nada.
A Francisco y Cayetano.
Francisco Rivera Pérez, "Paquirri", nació un año después de morir Manolete, el monstruo de Córdoba.
Paquirri, como Manolete, encontró la muerte en los pitones de un toro, una tarde de feria, en un pueblo de Andalucía, cuando ambos eran ya figurones del toreo...Cuando los dos ya tenían pensada su retirada. Aunque no sólo coincidieron en eso: a los dos les apoderó desde los comienzos José Flores"Camará", el primer apoderado moderno. El prototipo de apoderado ambicioso y sabio...
"Paquirri" había nacido, y se había hecho torero, en el rincón del Sur, ese trocito de la provincia de Cádiz donde todo está relacionado directamente con el toro. Donde la bravura y el toreo se respiran en el mismo aire. Allí fue donde empezó a fraguarse la leyenda de Paquirri...
Tras dos vertiginosos años como novillero, Paquirri tomó la alternativa en Barcelona de manos de Paco Camino. Fue el once de agosto de 1966.Comenzaba una lucha distinta para el jovencísimo torero gaditano. Un torero obligado al triunfo a diario, pero sin reconocimiento inicial a su esfuerzo, en un tiempo en el que reinaba una de los mejores barajas de toreros de toda la Historia: Antonio Ordóñez, Paco Camino, "El Viti", Diego Puerta, "El Cordobés", Curro Romero, "Antoñete", "Mondeño", "Miguelín", Jaime Ostos...Espartaco, Manzanares, Capea, Dámaso, Ojeda, Robles, Domínguez, su generación natural.
Pero Paquirri ya tenía metido en la cabeza lo que le había dicho Camará: "Aprende a ser yunque para cuando seas martillo". Así, tarde a tarde, temporada tras temporada, Paquirri va subiendo de categoría, hasta hacerse imprescindible en cualquier feria de España.
Paquirri fue un torero de gran valor, y de gran ambición. Fue un hombre que vivió para el toreo como el guerrero para el combate. Todo lo sacrificó por ser figura. Por mandar. Por imponerse al toro y a los compañeros.
Su extraordinario sentido de la competencia, y su espartana preparación le llevaron en volandas hacia la cumbre del toreo. Pero no todo fue ambición y voluntad: Paquirri fue un gran lidiador. Un torero empeñado en poder a los toros desde la larga cambiada a porta gayola, hasta la estocada final.
Torero solvente con el capote, dominador de todas las suertes, Paquirri también hizo bandera del segundo tercio, y sus pares de banderillas eran un paso adelante en la emoción de la "lidia total" que Paquirri protagonizaba.
Valiente y poderoso con la espada y la muleta, Paquirri encontraba en el último tercio el diálogo definitivo con la bravura de cada toro. Paquirri no fue un torero estético, ni falta que le hizo, porque la grandeza de su toreo estaba en el concepto, en su destreza, en su arquitectura de fondo.
Su muerte en Pozoblanco hace ya 24 años le privó de la felicidad que había conquistado con su propia sangre, pero le metió de lleno en la leyenda, y dejó su simiente.
Cuentan que un año no se ajustó con el todopoderoso Manolo Chopera y se quedó fuera de S. Isidro y gran parte del circuito “choperil”. Su campaña fue espectacular. Ese invierno el empresario vasco se presentó en Cantora para hacerle un plan de contratación para todas sus plazas, y Paquirri puso sus condiciones, todas, pero quizá la más gozosa fue tenerle esperando varias horas a pleno sol mientras se entrenaba.
Francisco Rivera "Paquirri". El torero que "aprendió a ser yunque hasta que fue martillo".
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