Segovia se me ha hecho muy presente desde hace medio año por razones entrañables y hondamente positivas. Antes de esta nueva revelación del destino la ciudad de Segovia consistía para mí, como simple turista, sólo en el fantástico Acueducto, en el Alcázar con su torre de Juan II, en San Martín, en San Millán, en la Catedral ( la torre esbeltísima de San Esteban es la reina de las torres bizantinas que en España conocemos ), en la coronación jubilosa y esperanzada de la reina Isabel, en el mito falsamente interpretado de los Comuneros por un romanticismo ciego ( léase, entre otros, a Gregorio Marañón ), y quizás también, en calidad de lector, en la preciosa novela romántica de Azorín, Doña Inés. Además de eso, emblemáticos restaurantes, como el de Cándido, el de José María o el de la Codorniz, y sus calles estrechas y circulación anfractuosa se mantenían en la memoria de simple visitante circunstancial.
La ciudad ya no resuena con el ruido de los telares, como lo hacía todavía en la época en que Azorín sitúa su encantadora novela. Hoy todos los ricos lanificios se han cerrado, y apenas existen como reliquias etnográficas. La lana ha dejado de ser desde hace mucho tiempo la principal actividad económica de Segovia. Pero todavía las orillas del Eresma y del Claros estallan en maravillosos aromas, como el del tomillo, la alcaravea, el perejil y el romero, que llegan, trepando por los aires, hasta por encima del pretil que protege al espectador en el Alcázar. Y si marchas hacia Segovia desde la carretera de Arévalo sin duda podrás encontrar todavía las famosas merinas con su pastor y sus canes intemporales. El nombre de la ciudad, de clara y altiva etimología celtibera – el celtibero y el latín son nuestras dos grandes lenguas indoeuropeas – nos revela su vida milenaria. Sus inscripciones celtiberas, traducidas e interpretadas por la gran celtista italiana Patrizia de Bernardo Stempel, nos revelan los más de tres mil años de civilización segoviana.
Los segovianos también han sido grandes arrieros, los más grandes de España. Han sido grandes trajineros. “Además de la labranza y la ganadería se dedican bastantes a trajineros los de tierra de Segovia – escribe don Fermín Caballero en 1844 -, y son bien conocidos en todas partes por sus machos y albardas colosales, por sus coletos y monteras”. Iban y venían por los caminos; paraban en las posadas y en las ventas, llevando también las noticias de la Corte – Segovia fue corte de reyes -. En sus constantes viajes percibían la constante inquietud humana. Diego el de Garcillán, el poeta que nos aparece en Doña Inés descendía también de un linaje de arrieros. La Sierra se columbra en la lejanía. Cuatro o seis álamos ponen sus cimas agudas – a causa de la perspectiva – junto a las pinceladas blancas de nieve de la montaña. Por fin ya hace frío en Segovia. Los viejos palacios de hace un siglo, en donde se celebraban bulliciosos saragüetes, se han convertido en hoteles de épocas, y en lo peor, en agencias de viajes, oficinas de seguros y entidades bancarias. Y en lo mejor en instituciones públicas o Fundaciones privadas. Si los segovianos no vuelven a sus grandes actividades la ciudad entera acabará siendo un parque temático con su Alcázar de Walt Disney.
Las calles están aún llenas de bellas Fuencislas, Navas y Henares, las vírgenes patronas. Las segovianas son finas e inteligentes. Larga tradición de señorío ha dado a los moradores de esta tierra traza elegante y reposada. Antonio Gómez de Somorrostro, en su libro El acueducto y otras antigüedades de Segovia ( 1820 ) afirma: “Admiro muchas veces el despejo y finura de los talentos segovianos, particularmente en las mujeres”. El Eresma se desliza manso y apacible entre la espesura umbrática. Sobre sus cristales tersos las frondas de las orillas se inclinan y besan las aguas, como si los árboles, sedientos, estuvieran bebiendo de bruces. En ninguna ciudad española se da, como en Segovia, tan perfecto el concierto entre las viejas piedras y la hoja verde lozana.
La Segovia actual tiene magníficos servicios públicos de primera calidad, entre los que destaca su Hospital, que se levanta junto al Mirador de la Piedad, pudiendo otear sus enfermos desde las ventanas de sus habitaciones esta ciudad de reyes. Especialmente bueno y eficaz es su servicio de oftalmología. Desde las ventanas del Hospital el mundo exterior respira vida y fuerza. Más allá de las tierras labrantías, cerrando el horizonte, aparecen las siluetas y rotundidades de las grandes montañas. La eminencia de Peñalara, a 2430 metros sobre el nivel del mar; las cumbres de las Guarramillas; el Puerto de Navacerrada; los Siete Picos; el Montón de Trigo, a 2154. A continuación de éste, en dirección a Poniente, las curvas y redondeces de la montaña trazan la silueta de una mujer en su lecho de muerte – la Mujer Muerta -. La proceridad azul de la montaña. Sin duda son vitales los buenos oftalmólogos de Segovia para poder contemplar estas bellezas. Con razón Azorín metió como personaje en su novela a un pintor valenciano, Taroncher, para que pudiera percibir la luz embellecedora de Segovia, además de para pintar a doña Inés, la reencarnación de doña Beatriz González de Tendilla.
La iglesita románica de la Vera Cruz se alza en un terrero, al lado de un sequeral castellano. La construyeron los templarios en el siglo XIII. De regreso de Jerusalén, estos caballeros quisieron imitar con su ámbito el sepulcro de Cristo. La iglesia, aislada, limpia, solitaria, sin edificaciones aledañas, se levanta al lado de un camino sinuoso, en la tierra polvorienta castellana. Las campanadas de la catedral – en el alba, a mediodía, al anochecer – lo dominan todavía todo, y al compás de las campanadas y a tono con el sol, la vida segoviana se desliza sincrónica, como el mecanismo de un reloj. La fuerza de la spiritualis auctoritas et potestas ecclesialis. Los restos de San Juan de la Cruz reposan, como talismán propicio y protector de la ciudad, en el Convento de los Padres Carmelitas. Es natural la lírica que envuelve Segovia.