Opinión

No quedan plazas

TRIBUNA

Jesús Romero-Trillo | Lunes 24 de enero de 2022

Vivimos en una era en la que la mayoría de los trámites se deben realizar a través de internet, tanto las citas médicas o con la Agencia Tributaria, y como la firma de todo tipo de solicitudes oficiales. Este hecho está creando una enorme brecha digital no solo entre diferentes clases sociales, sino también entre generaciones y en muchas zonas rurales de la geografía española. Quien no tiene acceso a internet puede quedarse fuera del circuito administrativo y social en cuestión de pocos meses.

También es habitual que la asistencia presencial o virtual a cualquier evento conlleve una inscripción previa, lo que en el caso de la asistencia presencial forma parte del protocolo de seguridad frente al Covid-19. Sin embargo, lo que resulta extraordinario es que se deniegue la asistencia online a un evento por falta de disponibilidad de plazas, como me ocurrió el otro día. Obviamente se trataba de un problema informático y tras las oportunas gestiones pude realizar la inscripción.

La dependencia a la tecnología que tiene nuestra sociedad resulta preocupante. Cada vez es más frecuente no memorizar números de teléfono de familiares y amigos con los que hablamos todos los días, no ser capaces de recordar las citas importantes o la plaza de parking del centro comercial y muchas veces incluso dependemos de una aplicación para orientarnos en la ciudad donde hemos vivido toda la vida. Nos hemos vuelto expertos en encontrar enchufes donde cargar los móviles y adictos en controlar la recepción de mensajes cada poco tiempo. Poco a poco, el mundo de las aplicaciones va colonizando nuestro tiempo y nuestra mente y, por tanto, gestionándonos la vida. Conozco familias que organizan la semana con sus móviles en base a lo que van poniendo sus miembros en el calendario compartido, en lugar de hablar durante el desayuno o la cena sobre las tareas que tiene cada uno.

Jeremy Rifkin publicó en el año 2000 “La era del acceso: la revolución de la nueva economía” que predecía en buena parte el mundo en el que nos encontramos. La tesis principal del libro es que lo que antes era gratis, como por ejemplo la gestión del ocio, las relaciones sociales o la búsqueda de pareja, ahora se han convertido en producto de pago, y lo más preocupante es que cuando el usuario no paga es porque sus datos son el producto con el que comercian y se lucran las multinacionales del entretenimiento.

Por supuesto no todo es negativo en el uso de la tecnología, pero si no hubiera hablado directamente con los organizadores del seminario online el sistema informático me habría descartado por falta de plazas, lo que quizá ocurrió también a otras personas. Puede que dentro de unos años también haya un “numerus clausus” para la asistencia virtual a ciertos eventos con el fin de hacerlos “exclusivos”. Si llega ese momento, siempre nos quedará empezar la insumisión tomando un café presencial con los amigos, por supuesto, con el móvil apagado.