Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 22 de septiembre de 2008
Zapatero –al que le da repelús la sola perspectiva de tener que asistir a una ceremonia religiosa católica- no ha tenido ningún inconveniente en trasladarse hasta Estambul para concurrir a un acto islámico en el marco del ramadán. Invitado por su colega turco, Erdogan, el primero que se sumó a esa inmarcesible aportación zapateril a la paz universal que es la Alianza de las Civilizaciones, el presidente español no sólo estuvo sino que tomó la palabra para adoctrinar al mundo. Y entre otras grandes machadas dijo sentirse muy orgulloso de la herencia islámica de España. Evidentemente, al hablar así Zapatero se hace eco de la tesis “progre”, esa sí de procedencia islámica, según la cual no habría habido invasión musulmana de España, sino pacífica penetración de los cultos musulmanes en la atrasada península. Y la Reconquista, a la que niegan hasta el nombre, no habría sido sino la brutal reacción de los salvajes cristianos que en una secular acción con rasgos genocidas no habrían parado hasta arrojar a aquella brillante civilización hasta más allá del Estrecho. Ningún historiador serio mantiene ya esta visión tan alejada de la auténtica realidad histórica, mucho más próxima a lo que siempre hemos sabido de la entrada de Tarik y Musa en la España visigoda, cuyas puertas les abrieron los precursores de la Alianza de las Civilizaciones. Como les sucede siempre a los traidores, acabaron devorados por los supuestos amigos que venían a ayudarles. Así se fraguó “la perdida de España”, como dicen las crónicas medievales, que se prolongó durante siete siglos, hasta los Reyes Católicos, unos apestados para la mendaz historiografía “progre” y para esos otros grandes falsificadores de la historia que son los nacionalistas.
El islam tuvo un momento de esplendor cultural ya que supo aprovechar –parcialmente, desde luego, y sin extraer de él sus lógicas consecuencias el acervo cultural greco-romano acumulado en Oriente Medio. El Califato de Córdoba fue el último resplandor de aquel fugaz periodo, que fue, históricamente, muy breve ya que se impuso la visión del islam como religión de conquista que, en poco más de sesenta años, lo propagó, a sangre y fuego, desde Asia central hasta el Atlántico. La Europa cristiana siempre tuvo claro que había que resistirse a una religión que se basaba en criterios y valores antitéticos con los propios. La lucha fue no sólo de los españoles, sino de los francos que, incluso después de Poitiers, tuvieron que expulsar a los musulmanes del valle del Ródano, donde fugazmente se habían instalado con ayuda de algunos nobles traidores, como también lo hicieron en Sicilia. A ese mismo impulso responden las Cruzadas, falsificadas también por los “progres”. Un impulso, por otra parte, que se prolonga a lo largo de los siglos pues Europa tuvo que seguir luchando con los otomanos, instalados en los Balcanes y que llegaron a sitiar Viena, capital del Imperio, en 1529 y 1683. La propia España tuvo que seguir luchando, después de Granada y de Lepanto, con los moriscos, aliados con los piratas berberiscos que, con la ayuda del sultán asolaron las costas mediterráneas españolas hasta bien entrado el siglo XVIII. Después vinieron las guerras del norte de Africa que llegan hasta el siglo XX, ya en el contexto de unas tesis colonizadoras que actualmente nos parecen detestables pero que en aquella época se entendían lógicas y justificadas.
Por todo eso a algunos nos perecía increíble aquello de “la tradicional amistad hispano-árabe” inventada por Franco y heredada por Zapatero. Nada de eso quiere decir, por supuesto, que deban continuar las luchas del pasado. Por toda clase de razones lo deseable es mantener las mejores relaciones posibles con nuestros vecinos musulmanes, pero sin olvidar que no hay mejor garantía de la paz que el mutuo respeto ni que, efectivamente, nos basamos en valores y visiones de la vida tan distintos que podemos aspirar a una coexistencia fructífera para ambas partes pero no tiene sentido aspirar a una alianza como la que postula Zapatero. Élie Barnavi, autor de un libro que se titula Las religiones asesinas, ha calificado en una entrevista a la Alianza de Civilizaciones de “verborrea inepta que oculta el auténtico desafío que es cómo preservar nuestro modo de vida en una sociedad libre”. Porque para este autor “los valores de la sociedad occidental están en peligro tanto por la actitud de muchos musulmanes, como por nuestra incapacidad para defenderlos”. Y culpa muy especialmente a la izquierda cuyo discurso dice siempre está a la defensiva intentando comprender a los demás, cuando en realidad en este momento no hay ya que comprender nada, hay que pararlos. Pero que no cuente con Zapatero.
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