Opinión

ETA y los suyos

Martes 23 de septiembre de 2008
La muerte de un militar en Santoña a causa de la explosión de un coche bomba vuelve a retratar de nuevo a ETA. En momentos así cunde cierta desazón, cimentada en largos años de dolor y destrucción. Las condenas se antojan estériles, por obvias, y automáticamente viene a la cabeza la idea de que es la hora de actuar y no de hablar. Toda negociación lleva implícita una carga de cesión por ambas partes. Partes que tienen algo que ofrecer. ETA negocia con la muerte: nos ofrece devolvernos nuestra vida, amenazada, y nuestras libertades, secuestradas, a cambio de estas o aquellas concesiones políticas. Sobre el papel, muchos podrían pensar que lo menos malo sería ceder para terminar de una vez con esta tortura. La reacción es humana. Pero equivocada. Ceder sería lo peor.


En primer lugar, porque el horror no acabaría. Se agravaría. ETA no pararía ni con la autodeterminación, ni siquiera con la secesión del País Vasco. Porque el objetivo de ETA –conviene que entendamos y asumamos esta realidad desagradable- no es la soberanía; es el poder –el poder absoluto, se entiende. Por tanto, ETA no parará hasta lograr imponer un estado policial totalitario en el País Vasco: lo demás son pretextos, como mucho etapas. Y, en segundo lugar, porque ningún estado, gobierno o parlamento puede negociar derechos fundamentales que, como tales, son individuales e intransferibles. Nuestra vida y nuestra libertad son de cada uno de nosotros. Son indelegables y no van –ni pueden hacerlo- en ninguna papeleta de voto. Son, pues, y por su propia naturaleza, innegociables. En este sentido, lo peor de la negociación que nos proponen no es lo que cederíamos, sino lo que recibiríamos a cambio: nuestra vida y nuestra libertad que habrían dejado de ser derechos fundamentales para convertirse en concesiones a plazo y a voluntad de cualquier gatillo. Por fin, negociar con quien extorsiona y mata sería tanto como legitimar la violencia para conseguir determinados fines: una pócima explosiva a la que muchos se apuntarían destruyendo nuestro sistema político y encastrando en nuestra vida la violencia como instrumento de negociación. La negociación con los terroristas, pues, lejos de terminar con la violencia, la propagaría, perpetuaría e imitaría.


De momento, no ha habido fisuras políticas. El Gobierno ha expresado su firmeza para acabar con esta lacra y, de paso, ha afirmado sentirse respaldado por el resto de grupos políticos. Al mismo tiempo, el PP ha mostrado públicamente su apoyo al Ejecutivo en esta imprescindible lucha contra los enemigos de la convivencia. Quizá aquí esté una de las claves para asestar un golpe cuasi definitivo al terrorismo: a diferencia de la anterior legislatura, transmitir y hacer creíble la idea de que, gobierne quien gobierne, la política no variará. No habrá negociación; habrá persecución de los terroristas en todos los frentes. En todos, porque conviene recordar que los culpables del atentado no son sólo los psicópatas que han puesto la bomba. Hay más. Mucho más. Los que ocupan escaños y cargos públicos para obtener fondos que sufragan balas y explosivos. Los que comercian con la muerte. Los que les dan cobertura social en las “herrikotabernas” o apoyo internacional. Los que les ayudan, con tapaderas empresariales, a reciclar, blanquear y manejar el dinero… ETA son todos ellos. Y, a su modo, también los que organizan visitas a las cárceles y denuncian falsas torturas.


Y hasta la cobardía social de los que no condenan, disculpan o callan que, sin ser etarras, han facilitado la perpetuación del espanto.¿Y el PNV? Condena hoy, si, pero mañana volverá a ponerse del lado de ANV, PCTV o quien quiera que enarbole la defensa política de los intereses de ETA. Y atacará a quienes, con la ley en la mano, instan su ilegalización, por formar parte del entramado terrorista.

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