El cine nos da una sensación de paso veloz del tiempo, incesante y útil. Puede ser la suya una intervención sanadora en nosotros. El deseo de cine es el más profundo, una ventana por la que mirar con cierta ligereza. El cine nos convierte realmente en lo que somos. El insomnio pasa a ser una de nuestras peculiaridades creando eternidad. Quienes se adentran en el cine reinan en la ciudad sin situación de pánico incipiente. El cine es vivir sin metrónomo de infelicidad. Planos cortos (Trea) representa una ruptura, un cambio de rumbo en la obra de José Luis Morante (Ávila, 1956). Profesor, poeta y crítico, entre sus libros aforísticos están Mejores días (2009) y Motivos personales (2015) junto con la edición Aforismos e ideas líricas de Juan Ramón Jiménez (2018) y la antología 11 Aforistas a contrapié (2020). El prólogo de Juan Varo Zafra nos recuerda causando un elegante efecto: “Sea el cine la vida sin sus momentos aburridos (Alfred Hitchcock), proyector de luna (Gómez de la Serna), la realidad veinticuatro veces por segundo (Jean Luc Godard)”. Fue este último quien dijo que todos aquellos “que no tienen imaginación se refugian en la realidad”. El libro de Morante comienza sin turbulencia así: “Cine: oficio de la luz”. Los apuntes parecen salir también de una habitación llena de una luz matutina: “Corto: asombro de ambición restringida”, “Tras el The end tanteos por recuperar el aquí y el ahora, impulsos insonorizados que afrontan el retorno desde un sitio usurpado por la imaginación”. Los núcleos de reflexión nos hacen detectar una fuerza grande que nos da increíbles emociones. El atractivo de los laberintos de la cámara, los entresijos del cine nos hacen desentendernos de la soledad creciente.
Un lector de Morante lee y recién advierte que este libro está plagado de aforismos con ideas que queremos atrapar con el brazo extendido. Siempre hay, no obstante, algunos que desentonan, señal del peso considerable de los demás (“La tacañería de Woody Allen toca el clarinete por no pagar los portes del piano”, “Hipérbole: en Star Wars las fugas adquieren dimensión planetaria”) o que guardan una relación que cae de costado con el cine o ruedan levemente para adelante y para atrás (“Cuánto mérito en la vegetación exigua de las rocas”, “Solo cuando se descuidaba su pasado inmediato era feliz”, “Habla mucho cuando no hay nadie”) o parecen forzados a posteriori (“Sí. La existencia no pasa de ser algo puntual. Un corto”). Son los menos. José Luis Morante lleva a la práctica el género aforista desde hace décadas. Sabe que es un género que llevar encima, durante días seguidos. De su mano emprendemos ahora un viaje de primeras sesiones que nos hacen estar en un contexto y profesar a las claras nuestra posición (“Charlie Chaplin recuerda al profesor jubilado que espera que la vida se repita”).
Planos cortos es ejemplar cuando dice: “Aturdimiento. Al salir del cine se apagó la mente”. El aforismo, como fenómeno y técnica, es como revolotear en otra dirección. El camino serpentea a los pies del aforista inusual que tiene la oportunidad de tomar muchas notas. Es este un libro muy condimentado, se compromete en serio con el cine, sin dejar de lado las ironías y los cálculos. En efecto, “Escribir”, admite Fogwill, “es crear un espacio en el que se pueda escribir”. José Luis Morante escribe y escribe a la velocidad del desciframiento. Las cualidades de sus aforismos superan en magnitud e importancia a sus defectos. La muestra se prolonga hasta adquirir un aire de permanencia (“Hay muertes que están hechas para ser vividas”, “Cine, poesía en los ojos”, “Colapso. Concluía Blue Jasmine (2013) y Cate Blanchett seguía mirándome. Sé a la velocidad que viaja la luz. Sentí rencor. Aspiré la posibilidad de que los focos de la sala no se encendieran nunca. Para oír el resplandor hay que cerrar los ojos”). La virtud principal es su aire soñador de material original. Los escritores deben aprender a circular por sendas no transitadas trayendo un valor liberador, llovizna debajo del corazón. Morante practica el aforismo bienintencionado y acierta en este caso con su amplitud de arco que le hace poseer una voz apropiada, una voz viviente y rugiente (“La errata del ahora o nunca; Thelma y Louise y el horizonte, como un extraño puente levadizo”). Las riquezas están en las menciones a películas que crecen en la memoria como crestas y colinas y jardines. El pensamiento trae siluetas y complejidades. Las teselas aquí reunidas son apuntes de los viejos tiempos, tienen lucidez y hondura. “De todas las categorías del género cinematográfico creo que el decir fragmentario prefiere por su afinidad el cine psicológico, que Alfred Hitchcock cultivó con singular talento”, nos dice en la nota de autor. Planos cortos de José Luis Morante es un libro vivo de ráfagas que, como todos los suyos, aspira a ser un milagroso portavoz de la posteridad pues “contemplar es descubrir… Pero qué”.