El ciclo Clásicos de la canción latinoamericana sigue desplegándose en la FJM con gran éxito de asistencia y buena acogida de público. El pasado sábado le tocó el turno a Cantos del Caribe, a cargo de la soprano Miren Urbieta-Vega y el pianista Rubén Fernández-Aguirre.
Pese a las pasiones que podría evocar su título -Cantos del Caribe-, éste ha sido el más serio de los recitales ofrecidos hasta ahora dentro del ciclo Clásicos de la canción latinoamericana en la FJM, en parte por su ejecución por la donostiarra Miren Urbieta-Vega, una soprano que fue premiada en 2015 con los “Premios Líricos Teatro Campoamor”. Con cuerda de soprano lírica, pero con evidentes ribetes dramáticos, Urbieta-Vega hizo gala de una potente voz -en algunos pasajes algo muscular, posiblemente debido a una leve afección vocal que padecía-, apianándola en ocasiones con bellísimos y bien ejecutados filados. Solo se echó en falta un canto menos impostado en las canciones, que permitiera entender su letra, algo tan importante en este género de la canción culta compuesta sobre poemas de insignes literatos. A su lado, destacó Rubén Fernández-Aguirre, un pianista nacido en Barakaldo que estudió con Félix Lavilla y que ha actuado en salas tan prestigiosas como la Chaikovski de Moscú, la Smetana Hall de Praga o la Canergie Hall de Nueva York, y que se lució en todo momento, evidenciando buen hacer, musical y escénico. Fue extraordinaria su ejecución del “Estudio arpegiado para piano”, una preciosista pieza del compositor uruguayo Eduardo Fabini Bianchi” (1882-1950), en el centro del recital.
Volviendo al título del recital, Cantos del Caribe, no llovieron el sábado -si se permite a quien escribe la expresión- “piñas ni mangos” del escenario al ritmo de las sincopadas formas musicales comúnmente consideradas como caribeñas. En su lugar, el programa fue es el más academicista dentro del ciclo. El título elegido resulta, además, forzado, por el hecho de que solo dos de los autores programados admiten el atributivo que el mismo contiene.
La función se inició con tres piezas de cámara de Melesio Morales (José Ignacio Melesio Amado Morales Cardoso -1838-1908). Nacido en Ciudad de Méjico, este compositor estudió composición y armonía en su ciudad natal, tras lo que fue pensionado para estudiar en Europa por el industrial Antonio Escandón. Inaugurador de la Escuela Italiana de ópera en Méjico y maestro de composición (su método de Solfeo llegó a ser libro de texto en el Conservatorio Nacional), Morales compuso desde muy temprana edad (su primera ópera -Romeo y Julieta, 1856- la escribió a los dieciocho años). El sábado se escucharon: “L’obblio” (serenata dedicada al tenor Enrico Tamberlick) y “L’ultimo mio sospir”, dos temas sobre poesías de Luis Gonzaga Ortiz (1825-1824), así como “Ohimè!”, una romanza con letra del mismo Morales.
De arriba abajo y de izquierda a derecha: Melesio Morales, Carlos Guastavino, Jaime León Ferro y Ernesto Lecuona
Siguieron canciones del argentino Carlos Guastavino (Santa Fe, 1912-2000), compositor incluido en este programa de forma tan sorprendente como el anterior (en cambio, la obra de Guastavino -ya se comentó en su momento- sí se echó falta en el programa del primer recital del ciclo De Argentina a Brasil). Del santafesino se escucharon: “Hermano”, con letra de Hamlet Lima Quintana (1923-2002), “Piececitos” (una entrañable composición que evoca los pies desnudos de un niño descalzo) sobre poema de la chilena Gabriela Mistral (1889-1957), “Ya me voy a retirar”, sobre poema del polifacético autor argentino León Benarós (1915-2012), “Milonga de los dos hermanos”, sobre poema del argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), así como las mucho más conocidas canciones “La rosa y el sauce”, sobre poema de Francisco Silva, y “Se equivocó la paloma”, sobre poema del gaditano Rafael Alberti (1902-1999); sin duda la más célebre, entre otros motivos porque Joan Manuel Serrat la incluyó en 1969 en su álbum La Paloma.
En la segunda parte de la matinée -tras el aludido solo de piano- se escucharon canciones de Jaime Léon Ferro (1921-1950), un compositor, director de orquesta y pianista colombiano nacido en Cartagena de Indias, considerado una de las principales figuras musicales de su país. Formado en Nueva York, desempeñó sobresalientes cargos en el campo de la música, tanto en su país natal como en el de adopción (fue director adjunto de la Orquesta del American Ballet Theatre, entre otras importantes entidades musicales de EEUU). De su música culta destacan su Rapsodia Andina (1996) o su Misa Breve (1979). Sus canciones tienen una composición académica (incluso “shubertiana”, según el musicólogo Sergio Ospina). En ellas Ferro musicó a poetas colombianos. De éstas se escucharon, entre otras, “Algún día”, sobre poema de la poetisa y periodista colombiana Dora Castellanos (Bogotá, 1924), o “Rima” y “Ojuelos de miel”, con letra del poeta colombiano Eduardo Carranza (1913-1985).
El recital concluyó con las Cinco canciones sobre textos de Juana Ibarbouru, del celebérrimo compositor cubano de ascendencia canaria Ernesto Lecuona (1896-1963). La obra de este autor, también muy amplia, se caracteriza por abarcar multitud de estilos (su “Malagueña” fue uno de los temas más representados y versionados del siglo XX) y géneros (con obra sinfónica, para piano, canciones…, obras para el Teatro Musical -al que aportó la llamada romanza cubana-, o composiciones que sirvieron de banda sonora a muchas películas). De su escritura podría decirse que combina lo tradicional o criollo con lo afrocubano y que sabe ser popular sin dejar de ser elegante o distinguido. El pasado sábado se ofrecieron su “Canción del amor triste”, “Señor jardinero”, “La señora luna”, “Si yo fuera hombre” y “Balada de amor”, todas con letra de la insigne poetisa uruguaya (1892-1979). De propina los intérpretes obsequiaron con otra obra del mismo autor “Maria la O”, una romanza de la zarzuela del mismo nombre, con letra del poeta y dramaturgo cubano Gustavo Sánchez Galarraga (1893-1934).