Hasta la llegada de las vacunas, e incluso con una gran parte de la población ya vacunada, los confinamientos, ya sea totales o parciales, se han impuesto en buena parte del mundo como la medida estrella para luchar contra la pandemia. De hecho, algunos gobernantes, como el propio presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, han presumido de haber salvado nada menos que 450.000 vidas gracias a esta drástica medida, que ha golpeado la economía mundial, y particularmente la de nuestro país, con tremenda fuerza.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado por la prestigiosa Universidad Johns Hopkins, revela todo lo contrario. El trabajo (a cargo de los economistas Jonas Herby, del Centro de Estudios Políticos de Copenhague; Lars Jonung, de la Universidad de Lund; y Steve H. Hanke, codirector del Instituto Johns Hopkins de Economía Aplicada) concluye que los confinamientos han tenido una escasa incidencia en la mortalidad causada por el coronavirus.
Según los citados expertos, que realizaron un metaanálisis de 24 estudios previos, los cierres de la vida pública en general (limitación interna de movimientos, cierre de negocios o escuelas, o prohibición de viajes internacionales) tan solo habrían evitado un 0,2% de las muertes asociadas al covid. Por otra parte, los confinamientos 'duros', es decir las reclusiones domiciliarias obligatorias, únicamente habrían conseguido limitar un 2,9% de los decesos. "En general, concluimos que los bloqueos no son una forma efectiva de reducir las tasas de mortalidad durante una pandemia, al menos no durante la primera ola de la pandemia de COVID-19", afirman.
Para sustentar su conclusión, los investigadores se apoyan en cuatro puntos. En primer lugar, consideran que la mayor parte de gobiernos erraron al imponer restricciones obligatorias, en vez de ofrecer recomendaciones a los ciudadanos, para que estos, voluntariamente, fuesen adaptando su vida a las circunstancias de cada momento, tanto en las mesetas como en los picos de las sucesivas olas. De hecho, encontraron que, en promedio, los cambios de comportamiento voluntarios son 10 veces más importantes que los cambios de comportamiento obligatorios en la lucha contra el COVID-19. "Cuando se desata una pandemia, la gente cree en el distanciamiento social independientemente de lo que ordene el Gobierno", resumen.
El segundo punto se basa en la falta de eficacia de las propias medidas, que solo limitan una fracción de los potenciales contagios. "Países como Dinamarca, Finlandia y Noruega, que tuvieron éxito en mantener las tasas de mortalidad relativamente bajas, permitieron a sus ciudadanos ir a trabajar, usar el transporte público y reunirse en privado en casa durante el primer confinamiento", recuerdan.
El tercer aspecto tiene que ver con los cambios de conducta de los propios ciudadanos. "Incluso si los bloqueos tienen éxito en la reducción inicial de la propagación del COVID-19, la respuesta conductual puede contrarrestar el efecto por completo, ya que las personas responden al menor riesgo modificando su comportamiento".
Por último, los autores del trabajo creen que las restricciones pueden haber tenido efectos no deseados ni previstos. "Los cierres han limitado el acceso de las personas a lugares seguros (al aire libre) como playas, parques y zoológicos, o han incluido mandatos de uso de mascarillas o limitación de reuniones al aire libre, lo que empuja a las personas a reunirse en lugares menos seguros (interiores). De hecho, encontramos alguna evidencia de que limitar las reuniones fue contraproducente y aumentó la mortalidad por COVID-19", señalan.
"El uso de bloqueos es una característica única de la pandemia de COVID-19. Los bloqueos no se han utilizado en gran medida durante ninguna de las pandemias del siglo pasado. Sin embargo, durante la fase inicial de la pandemia han tenido efectos devastadores. Han contribuido a reducir la actividad económica, aumentar el desempleo, reducir la escolarización, provocar disturbios políticos, contribuir a la violencia doméstica y socavar la democracia liberal", recuerdan. "Estos costos para la sociedad deben compararse con los beneficios de los bloqueos, que nuestro metaanálisis ha demostrado que son marginales en el mejor de los casos. Tal cálculo estándar de costo-beneficio lleva a una conclusión sólida: los bloqueos deben rechazarse de plano como un instrumento de política pandémica", concluyen.