Cuando los años te toman la delantera también lo hacen ciertos avances que escapan de tu propia capacidad para aceptar el reto. Sin que esto sea del todo pernicioso no es menos cierto que es una canallada en toda regla. Es uno de esos indicadores que avisan de estar próximo a la época de las mermas. Tu capacidad de respuesta deja de ser tan inmediata como otros pretenden que sea y casi nadie te lo pone fácil. Es cuando te enfrentas al “hágalo usted mismo” o también “búsquese la vida”
En esta declaración de intenciones hay que destacar con medalla de oro a los bancos, por cierto, esas entidades de crédito y caución que no solo “velan por nuestros intereses”, sino que también tienen en guarda y custodia los ahorros de una especie venida a menos, conocida como clientes. Para mayor ilustración les diré que el susodicho cliente de banco está en peligro de extinción y lo peor es que no tiene a donde ir ni qué hacer con sus ahorros. Rara avis que nada tiene que ver con la grulla común que esta si puede migrar con su economía al lugar que mejor le convenga.
Llegados a este punto hay que denunciar que la escasez asistencial de ayuda a las personas que con cierta edad se ven fuera de lugar, es tan notoria como preocupante cuando acuden a una de estas entidades con intención de ejercer su patria potestad como cliente. Aquí es cuando el “hágalo usted mismo” toma principal carta de naturaleza para sonrojo de todos. Y no lo digo por los empleados de la oficina, sino por quienes patrocinan la custodia de los ahorros con sus políticas del menos es más, es decir, menos recursos, menos oficinas y menos servicio de caja. Y que conste que lo digo desde mi condición de senior en vísperas de perder capacidad para reinventarme cada día que pasa. Sí, porque uno pierde elasticidad de comprensión ante tanta morralla y tanto progreso.
Sin miedo a equivocarme declaro que todo esto obedece a una obsolescencia programada, o sea, han creado un tipo de cliente abandonado a su suerte. Ya ni siquiera un lastimoso “Vuelva usted mañana” que aun siendo malo, sería esperanzador; es que los banqueros, que no los empleados de banca, han invertido en ciencia sin encomendase al principio de Arquímedes, es decir, les importa un dídimo la pérdida de confianza de miles de clientes sumergidos en el activo de la entidad. Y a la vista de esta inmoralidad uno se pregunta ¿Qué es un cliente? Pues muy sencillo, cliente de banco hoy en día es una aleación entre plomo y vejez multiplicado por indiferencia y dividido por cajero automático, cuyo resultado es siempre: “Hágalo usted mismo”
Disculpen que insista, pues hace poco tiempo dediqué a mis lectores un artículo sobre este particular, pero es que es tanta la desgana y la falta de empatía que tienen los banqueros de hoy en día que lejos de poner remedio resulta que prevén seguir cerrando oficinas y recortando plantillas de trabajadores. O sea, que el desamparo clientelar se ofrece a mayores. Miren que respeto ciertos adelantos que nos permiten soñar con algo que quizás luego no resulten tan necesarios, pero hay una cosa más importante que estimular las cuentas de resultados a costa de los de siempre, que no es otra que el dejar de darnos por el visor de lo recóndito.
Humillante espectáculo el tener a la gente apostada en la calle frente al cajero automático o haciendo cola para ser atendidos, al más puro estilo del muro de las lamentaciones. Lo mismo me da, que me da lo mismo. En fin, son tantas cosas las que nos afectan y tan pocos los elegidos que solo nos queda Rafa Nadal para remediarlas. Con él y con su ejemplo de compromiso, su humildad, su trabajo, su espíritu de sacrificio a prueba de bombas y su talento natural dan ganas de salir a la calle y gritar: “Rafa Nadal for president”