Opinión

Moscú y Pekín contra las “revoluciones de colores”

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Lunes 07 de febrero de 2022

Rusia se ha apuntado otro tanto diplomático.

Si, hace pocas semanas, Vladímir Putin visitaba la India y regresaba con 28 acuerdos sobre comercio, energía, tecnología y ciencia, entre otras materias, esta semana ha acudido a Pekín y ha fortalecido su relación con la República Popular China en los términos plasmados en la declaración sobre “la entrada de las relaciones internacionales en una nueva era y el desarrollo global sostenible”. El texto tiene más de cinco mil palabras y, en algunos aspectos, recuerda a los textos de la Guerra Fría que sirvieron para enmarcar periodos; ya saben: el discurso de Churchill en Fulton del 5 de marzo de 1946, el discurso de Truman de marzo de 1947 en la sesión conjunta del Congreso y el Senado, el informe Zhdanov en la Conferencia de Partidos Comunistas de Saklarszka Pareba (Polonia)… Todos ellos eran como esta declaración, extensos y descriptivos del orden mundial tal como lo veían las distintas potencias. Se trata, pues, de un documento que hay que estudiar con detenimiento.

Hay una referencia especialmente llamativa: ambos países declaran oponerse “a las revoluciones de colores”, es decir, a los golpes de Estado “blandos” que, desde comienzos de este siglo, se han ido repitiendo en distintos países desde Yugoslavia (la “revolución de las excavadoras” de 2000) hasta Kazajistán el mes pasado pasando por Georgia (2003), Ucrania (2004-2005 y 2014), Kirguistán (2005 y 2010), Bielorrusia (2006 y 2020), Moldavia (2009), Macedonia (2016), Armenia (2018) y hasta la propia Rusia con el ciclo de protestas entre 2011 y 2013. Podrían añadirse otros muchos países empezando por algunos de las revueltas de la llamada Primavera Árabe (Túnez, Egipto, Bahrein).

Podríamos encontrar ciertos paralelismos con los golpes de Estado clásicos de la Guerra Fría -por ejemplo, el derrocamiento de Mossadegh en Irán (1953) o el de Arbenz en Guatemala (1954)- pero resulta más interesante detenerse en algo característico de estas verdaderas operaciones de guerra psicológica adaptadas a la posmodernidad: la forma del apoyo exterior.

En efecto, además de los medios clásicos de los que disponen los Estados, ahora encontramos verdaderos agentes de influencia como los medios de comunicación públicos y privados, las agencias de cooperación internacional, las ONG y los “activistas”. El esquema de estas revoluciones es conocido. Frente a un presidente impopular, a menudo después de unas elecciones que se pretenden fraudulentas o amañadas, la oposición se echa a las calles acompañando movimientos de masas “espontáneos”, que esos actores enmarcan como “demócratas”, “pacíficos” o “prooccidentales”. Proliferan las noticias falsas, la propaganda, la desinformación, la intoxicación y todas las demás técnicas de desestabilización que la doctrina soviética denominaba “medidas activas” y la occidental englobaba dentro de la “guerra psicológica”. El apoyo internacional alienta la revuelta en el interior del país hasta que se producen fracturas entre los propios apoyos del presidente que termina claudicando o incluso huyendo. A partir de ahí, empieza un proceso de sustitución de las élites anteriores por otras afines al nuevo orden, políticas de la memoria y la reconciliación, comisiones de la verdad, juicios, etc.

En estos más de 20 años, tanto la Federación de Rusia como la República Popular China han tratado de resistir los intentos de impulsar revueltas populares de esta índole en sus respectivos territorios. Los límites a la financiación de ONG desde el extranjero, la obligación de registrarse como “agentes extranjeros”, las políticas de medios de comunicación y otras tantas medidas administrativas han tratado, entre otras cosas, de dificultar la organización de estas “revoluciones de colores”. De nuevo, el precedente de la Guerra Fría gravita sobre estas decisiones. Tanto agencias gubernamentales como entidades privadas globales participan de estas revoluciones influyendo sobre las decisiones de gobiernos y organizaciones internacionales, financiando plataformas, formando opositores, etc. Hay un verdadero negocio en torno al activismo “pacífico” inspirado en las ideas de Gene Sharp y su uso para derribar gobiernos y cambiar sistemas políticos y “sociedades abiertas”. Esto no significa, huelga decirlo, que todas las protestas sean “revoluciones de colores” ni que todos los ciclos revolucionarios sean inducidos. Hay movimientos legítimos de resistencia, oposición y protesta, pero no suelen contar con los apoyos de que gozan las revoluciones de colores, que a veces sólo consisten en sustituir unos grupos de interés por otros.

En este tiempo, Rusia ha seguido un camino algo diferente del que han elegido los gobiernos occidentales. En todos los casos de “revoluciones de colores”, Moscú ha apoyado a sus aliados -no siempre con éxito, todo hay que decirlo- mientras que Occidente los ha dejado caer frente a la presión de la opinión pública. El contraste entre Mubarak en Egipto y Assad en Siria, en este aspecto, es elocuente. A uno, lo abandonaron sus aliados. Al otro, Rusia lo apoyó económica, diplomática, política y militarmente.

La comunidad de intereses entre la Federación de Rusa y la República Popular China, pues, no se va a circunscribir a sus relaciones con los Estados y las organizaciones internacionales, sino que se van a apoyar mutuamente en afrontar los intentos de cambio político y social desde las entidades paraestatales o globales que, a través de la influencia que ejercen, traten de promover esos procesos.