Opinión

La transición, revisitada

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 08 de febrero de 2022

Algunos libros merecen una segunda mirada, que prescinde de la consideración general de la obra, que se valora principalmente en la primera lectura, y permite llamar la atención sobre aspectos laterales pero al tiempo muy significativos. Estoy refiriéndome al libro de Juan Antonio Ortega Diaz-Ambrona Las transiciones de UCD (triunfo y desbandada del centrismo (1978-1983).Madrid 2020. Se trata en efecto de un libro de memorias de tal personaje, que resultará imprescindible para entender la contribución de UCD a la obra de la transición, la propia naturaleza del partido, y la implicación en él del autor, exministro y secretario general. Resumidamente, y por lo que hace al primer objetivo, se trataba de dar salida a cuarenta años de régimen, desarmando por piezas sus trabados engranajes; y conducir a España, tras una renovación institucional, hacia una convivencia europea, occidental, normal y civilizada. Por lo que hace a la naturaleza del partido, la UCD fue una organización heteróclita, con sus componentes no bien soldados, sin verdadera ideología que compartir, en función de su diversa orientación democratacristiana, liberal, socialdemócrata o azul, necesariamente improvisada y a la que el poder sirvió de sustentáculo y engrudo aglutinador. En relación con la implicación personal del autor, lo que uno se encuentra en el libro es el detalle del empeño de Díaz Ambrona en el gobierno para establecer la planta institucional de la democracia española, eso sin reparar en el inventario animado de personajes y anécdotas de la farándula política que sale en la obra, se trate de compañeros de partido (Suárez, Calvo Sotelo, Landelino Lavilla, Herrero de Miñon, Oscar Alzaga) o de la oposición (así Felipe González, Alfonso Guerra, Gregorio Peces Barba, Luis Gómez Llorente), que aparecen no siempre airosos y de frente, aunque en general tratados consideradamente, trascurridos ya tantos años, se dice un tanto cervantinamente, «con el poso de melancolía e ironía que dejan la distancia y el acabamiento».

Pero, como decía al principio, me proponía resaltar dos aspectos del libro bien interesantes. En primer lugar, el testimonio del autor en relación con la implantación de la justicia constitucional en nuestro sistema democrático, subrayando la importancia de la excelencia en el nombramiento de los miembros del Tribunal Constitucional, comenzando por su presidente, y proponiendo un correcto entendimiento del consenso, significando el acuerdo sobre los propuestos y excluyendo el reparto según las afinidades de los futuros magistrados. Juan Antonio Ortega insiste en la contribución de la justicia constitucional al funcionamiento de una verdadera democracia cons- titucional, en la que se encontraba implicado como secretario de Estado para el Desarrollo Constitucional,. «Descontado algún borrón, el Constitucional ha sido un excelente escribano, una instancia decisiva en la construcción del Estado democrático de Derecho en España». Y da diversos detalles sobre su constitución, refiriéndose a los problemas de su puesta en marcha, relativos a la redacción de su ley orgánica, su composición, y presidencia, finalmente atribuida a Manuel García Pelayo. García Pelayo a quien Ortega admiraba por sus conocimientos histórico políticos, y constitucionales aportaba una autoritas al Tribunal indudable. Ortega recuerda su primer encuentro con él, de la mano de Francisco Rubio, en Caracas. «A sus sesenta y tantos años, cuando le conocí, estaba aún joven, fuerte y tieso. Era castellano de una pieza, sabio en asuntos que a mí me apasionaban, como el Imperio austrohúngaro o los mitos políticos». Por lo demás la propuesta de nombramiento de los magistrados del primer Tribunal Constitucional se realiza por consenso, entre los socialistas y UCD, cabe decir el propio Ortega y Gregorio Peces Barba. Se trataba de nombres, de cuya competencia no podía dudarse y que resultaban aceptables, en razón de su orientación ideológica equidistante o no sectaria para los negociadores. El acuerdo no era tan difícil.

Vayamos entonces a la segunda cuestión que nos interesa destacar. Precisamente, el capítulo III del libro está titulado significativamente «Transiciones identitarias y los nuevos apegos», y se propone dar cuenta de la creación del Estado autonómico, que finalmente resultó solo en parte el modelo preconizado por la UCD, así como aclarar la cobertura ideológica de tal proceso, constituyendo una exposición, muy lograda a mi juicio, del nacionalismo español que profesaba UCD. Ortega Diaz-Ambrona contempla el resultado final, convencido solo a medias. «Nosotros, los del 78, servimos a la idea autonómica con la esperanza de resolver los intentos separatistas, en especial, de catalanes y vascos. Conviene reconocerlo así”. El intento no fracasó de todo, «pero el éxito tampoco resultó clamoroso».

La rectificación del modelo centralista del Estado supuso la alteración más profunda del tinglado político administrativo anterior y la creación de un espacio nuevo público. UCD desde el Gobierno inició el proceso, pero, especialmente por imposición del PSOE, hubo de aceptar cambios que desvirtuaban su intención primera. El resultado final fue un sistema con competencias similares para todas las comunidades e instituciones homologables: gobierno autónomo en todas y asimismo asambleas legislativas.

Pero, como señalaba hace un instante, lo más interesante del capítulo consiste en lo que yo llamaba la cobertura ideológica del sistema, con el punto cardinal de la exposición de Ortega sobre el nacionalismo español. Lo primero a explicar son las identidades territoriales, que refuerzan nuestras condiciones propias personales y que generan, si alcanzan cierto grado de intensidad, un apego, vinculación o lealtad política indudables. El ser humano, como explica Ernst Cassirer, además de racional y político, es un «animal simbólico». Necesita identidades de referencia, aun inventadas, construidas siguiendo el marcador preferente del lugar de origen. A partir de cierta intensidad del sentimiento de apego (fervorín en el lenguaje, no del todo inocente, de Ortega Diaz-Ambrona,) las demandas de lealtad de la colectividad pueden ser peligrosas para el individuo al que sepulta o el vecino y diferente al que se agrede. Las identidades, entonces, tienen su grandeza y su riesgo. En efecto, una identidad colectiva puede estar abierta a coexistir con otras en aspectos concretos y limitados de nuestra existencia.

Frente a estas identidades territoriales descubiertas o imaginadas, por lo menos en algunas de sus avíos identitarios, que sin duda durante la Transición se desbordaron, ¿cómo aparecía España, la nación aceptada y con reconoci- miento político institucional único?, se pregunta Juan Antonio Ortega. El concepto de España, común entre 1939 y 1975, estaba construido desde un nacionalismo elemental, crecido en la guerra contra los franceses, modulado después con el Desastre de 1898 e inventado en gran parte por la generación de 1898. España era nuestra gran patria, que había extendido su cultura por las Américas, compatible con otras más «chicas» y cercanas de pueblos, ciudades o provincias. España, continua JAOD, siempre fue plural. A dife- rencia de nuestros vecinos del norte, los franceses, se señala quizás en la onda de José Miguel Azaola, nosotros no construimos a golpe de cartabón las regiones como los departamentos ni sufrimos la uniformización de la Revolución de 1789 o un rodillo napoleónico asimilador de lenguas e instituciones regionales. El problema, concluye Ortega Díaz-Ambrona, es que en España nos faltó una buena síntesis general y plural de la patria común, como tierra de nuestros padres; una síntesis unitaria entre naturaleza, pueblo y ciudadanía, que dicen a veces en Alemania: «Einheit von Natur, Volk und Stadt». «Y quizá también por eso en España proliferaron, de forma epidémica, tantas identidades cerradas, confesionales, excluyentes, con ideas o ideologías separatistas o independentistas».