Podría ser ésta una campaña con ribetes más eróticos como lo fue aquella del preservativo, pero no. Esta es algo menos “embarazosa” dado que no refiere a ninguna unión de los gametos, es decir, nada de semillitas de por medio. Aquí y ahora la cosa está basada en taparnos la nariz y la boca con algo más liviano, menos íntimo, más de repeler que de dar placer al cuerpo. En fin, conocida como mascarilla un buen día en nuestra cara se plantó, de esto va para casi dos años, y ahora, según los expertos en tapabocas que nos gobiernan, dicha prenda está en últimas voluntades.
El noble escritor español del Siglo de Oro, don Francisco de Quevedo y Villegas, retrataba en sus magistrales obras literarias el ridículo de tantas figuras naturales como artificiales de aquella sociedad de entonces. Creo que a día de hoy seguimos siendo muy parecidos tanto en la forma como en el fondo. De aquellos tiempos tan dados a las declamaciones tan en sorna como en censura, tengo el presentimiento de que nuestros políticos actuales siguen practicando con devoción la estulticia, pues no hay jornada que no dediquen sus públicos servicios a la chocarrería y al dislate.
Lo más preocupante es que sus actos se hayan convertido en pasatiempos para el bulbo. Complacencia ésta que antaño estuviera reservada para bufones y demás chanceros de la corte. A día de hoy tal espectáculo es televisado y gracias a ello se puede contemplar la catadura moral de sus señorías a quienes les da igual “so que arre”; en definitiva lo que les interesa es faenar en el caladero de urnas, es decir, que les importamos una bosta de vaca frisona.
Como queda dicho, la clase política lisonjea sus propias felonías con logros que no son más que artificios, pues decretan en contradicciones lo que hoy viene a ser obligatorio para acto seguido desdecir y aplicar lo contrario. La ministra Darias, sin ir más lejos, que no siendo más sanitaria que un servidor, defendió en diciembre que la mascarilla era imprescindible en exteriores porque se había llegado a más de ochocientos casos por cada cien mil habitantes y que ahora, con más del doble y sin pasar por la Comisión de Salud Pública, ya no hace falta.
Vuelvo a Quevedo y lo hago por ley natural de su riqueza literaria y aunque la burla es sinónimo de chirigota, dada la proximidad de carnavales y demás algazaras, viene muy a cuento su aquél brillante soneto burlesco dedicado “A una nariz”, ya saben, una ingeniosa sátira para niños y adolescentes. Son versos que acarician el esperpento florecido a base de metáforas, hipérboles y comparaciones que a día de hoy, y sustituyendo la nariz por la mascarilla podía servir de elemento poético de igual galanura. Más no seré yo, quien sin merecerlo, haga acopio del ingenio de Francisco de Quevedo para alardear de mis escasos encantamientos literarios, más no por ello renuncio a la tentación de recrear en ocurrencia lo que la mascarilla nos ha traído en suerte y desgracia, según se mire.
“Érase un alguien a una mascarilla pegado./Ministros y ministras, asesores y comités de expertos/todos decidieron sobre el negocio del momento./El unte de comisiones o quizás los sobreprecios/, nos taparon la boca y también nuestros gestos/Érase la mascarilla pegada al mercado de listos y necios/érase una libre lonja, entre millones de euros/ Cada cual sacaba pecho/¡yo he sido el primero!/gritaban los hábiles subasteros/aplicando a sus costes/el quinientos o mil por ciento/Y los precios subieron y siguieron subiendo/ante aquél negocio tan tierno./Érase un alguien a una mascarilla pegado/entre curvas, picos y mesetas, nos han vuelto anacoretas,/ aislados, misóginos/sin abrazos, casi ni recuerdos/si no fuera por tantos los miles de muertos/Aunque a vosotros/mala casta, ¡vive Dios!/ni vergüenza ni aprecio/que solo os importa el recuento/¡Hoy tan solo han sido cien/ayer peor, que fueron doscientos!./Y lo cuentan como hienas en época de celo/ Y así, de esta manera/nos gobiernan los gobiernos”.
En fin, lo de nunca peor cobra mayor rigor cuanto más elevado es el índice de acostumbre al que nos acogemos. A lo mejor es por despecho o por simple creencia de que las mentiras cuando son continuadas acaban por convertirse en fingidas verdades. Nada que nos sorprenda, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres. El resto es cuestión de no olvidar y pedir responsabilidades a quienes de verdad han de quitarse esa mascarilla que les protege de la punición.