Ahora que el caos milagroso del Parlamento nos vuelve a confirmar que el estado natural de España es la confusión fantástica y que Maritxell Batet puede desde su alto estrado hacer las veces de un general Pavía surrealista, consiguiendo que los Castelares de turno ganen todas las votaciones que quieran sin utilizar caballos en ataque, ver la película de Javier Esteban, “Fernando Arrabal, el genio y la locura”, nos llena incluso de sosiego y calma, y las afirmaciones de Arrabal y sus amigos nos parecen más sensatas y racionalmente más acertadas que la deplorable insensatez que parece constituir el destino de la desventurada España. El autor dramático de Picnic, El triciclo, Cementerio de automóviles, o El arquitecto y el emperador de Asiria, y el escritor narrativo de La torre herida por el rayo, La extravagante cruzada de un castrado enamorado, o La matarife en el invernadero, es, sin lugar a dudas, a pesar de su perturbadora y extraviadora imagen de bufón constante, que tanto nos ha desorientado, uno de los grandes autores de finales del siglo XX, junto al otro genio inconmensurable que fue Francisco Nieva. Y aunque su obra esté demasiado enrarecida de edipismo trágico, de malditismo y de parisianismo surrealista, su espectacular prosa y genio fabulador han entrado, por derecho propio, a la reducida nómina de nuestros grandes autores clásicos.
En esta película de Javier Esteban vemos a nuestro amigo José Rivela, gallego al que todas las hadas de la floresta han bendecido, sometido al rito surrealista del sacramento de la confirmación en una Iglesia de Praga, en la que también podemos vislumbrar el cuerpo yacente de Jesucristo en una urna. La edad de nuestro querido sujeto confirmando era de absoluta discreción, y se supone que ya entonces tenía una buena formación catequética en el surrealismo, condición mínima para ser confirmado. Lo mismo que en el sacramento católico esta confirmación fortalece al creyente para ser testigo, en este caso, del surrealismo, de palabra y obra, ya que por él Rivela será capaz de defender su fe y de trasmitirla, lo que por el sacramento se compromete a hacer activamente. De esta celebración se deduciría también que el efecto de la confirmación es la efusión plena del Espíritu del Surrealismo, como le fue concedida en otro tiempo a Arrabal el día del Pentecostés surrealista. Obviamente nos encontramos ante un plagio del sacramento de la confirmación de la Iglesia Católica, que no ante una parodia blasfema. Pues es el más grande respeto a la ceremonia sagrada lo que hace remedarla a Arrabal. Si no creyera en ella con sagrado respeto no exento de veneración, no lo haría. Se renuncia al mal de las realidades terrenales y se certifica la firme creencia por parte de Rivela de las verdades del surrealismo.
Arrabal le da a Rivela el tortazo que se daba antes, en el rito anterior a 1972, y que todavía se encuentra misteriosamente en la memoria de los fieles más jóvenes, aunque ya hace cincuenta años que no se hace. Quizás incluso el propio Arrabal no lo sabía. Aquella palmada, hoy extinta – para desgracia estética y teológica – era una preparación para que los confirmandos recordaran que debían ser capaces de sufrir por la fe, fortalecidos por el Espíritu Santo. Aquel tortazo ha sido el signo “dramático” más memorable de la Ceremonia de la Confirmación. Y en un dramaturgo de raza, como Arrabal, supone una teatralidad de la que no pudo renunciar en aquella ceremonia. El teatro, ya lo decía Nieva, es ante todo ceremonia.
La locura se hace notar por determinado género de obsesiones, algo que sofoca psíquicamente al “enfermo mental normal”, pero que para el genio funciona como un fulcro que hace ascender a otras esferas superiores de realidad. Algo así como el peyote de Carlos Castaneda hacía ascender a otros estados de conciencia a don Juan. La obsesión de Arrabal es el misterio y muerte de su padre militar, que empaña por completo toda su obra. Y la otra obsesión insoslayable es el catolicismo, tanto en su credo como en su revestimiento formal, el más solemne de la cultura humana.
Más que un plagio, respecto al caso de esta ceremonia de confirmación sufrida por mi amigo, se trata de una posesión en toda regla, cayendo Arrabal en un éxtasis de identificación con el espíritu ( anónimo ) que animó los textos litúrgicos. La confirmación de José Rivela en el surrealismo, no le quitá un ápice de su condición de bueno y devoto cristiano. Sin la Historia Sagrada, las tradiciones católicas y la moral cristiana, toda la obra de Fernando Arrabal se nos hace ininteligible.
Todo arte dramático es historicista, por mucho subjetivismo emocional que lo impulse. Toda obra de arte comienza desde la tradición, la cual amplía y corrige. Los rituales religiosos, como las ceremonias teatrales de Arrabal, construyen modelos del mundo, aunque no constituyan el mundo en sí mismo, y su representación o puesta en escena no pueden ser otra cosa que teatro, al menos etimológicamente hablando ( “theatron” o “lo que se ve”, “el espectáculo” ), y dicho con la mayor dignidad y respeto. En realidad, el primer teatro occidental clásico, el del griego Thespis, es semejante a una misa: los espectadores conocen perfectamente el tema religioso-mítico, su desarrollo y su desenlace; su interés no estriba en el suspense de la obra, cuyo argumento conocen perfectamente, sino que deviene sólo de un placer moral catártico ( Aristóteles ) y de la belleza formal del texto y el canto. En cierta manera también el primer teatro medieval tiene mucho de misa. Y es evidente que la misa católica es el corazón del teatro medieval, e incluso del moderno cuando leemos el teatro en latín escrito por los jesuitas, y su transcendencia en todo el teatro europeo. Celebérrimo fue el teatro jesuita bávaro, con autores como el augsburgués Jacobus Pontanus SJ, que presentaría, Ad Maiorem Gloriam Dei, obras en Múnich en lugares sagrados. Considerando el conjunto de los territorios de lengua alemana, se estima que fueron más de 20.000 los dramas en latín escritos por los jesuitas, y representados la mayor parte en templos durante los siglos XVI y XVII. Hasta hubo un tragediógrafo llamado Livinus Brechtus, que compartía con su homónimo del siglo XX la tendencia a llamar la atención. En lo referente a proezas escenográficas y pirotécnicas, parece que ninguna obra de aquellos jesuitas superó al Triumphus Divi Michaelis, que fue representada en 1597 con patrocinio del duque Guillermo V para celebrar la inauguración de la iglesia de San Miguel. Junto al colegio de los jesuitas, esta iglesia haría del corazón de Múnich uno de los centros de la Contrarreforma. Siempre he dicho que Arrabal, como Voltaire, tiene una prosa jesuita. Y el aspecto de José Rivela, como jesuita resuelto en pos de los pasos de Francisco Javier, es impecable.