Opinión

Altura de miras

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Jueves 17 de febrero de 2022

Cuando una mujer es capaz de sacar de sus casillas a hombres tan dispares como Sánchez y Casado debe de ser Ayuso una mujer de armas tomar o de bandera. Todo un mérito. Ambos llevan tiempo deseando cobrarse la pieza que les anula y estorba. Que los partidos políticos son hoy (siempre), agencias de destinos y hermandad de pedigüeños convertidos en nidos de víboras nos lo enseña la historia. Quienes aspiran a la jefatura de la organización deben imponer luego un control férreo en la misma, única fórmula de asegurar su supervivencia y la de su orgánica prole. En los partidos, poder y liderazgo rara vez coinciden en la misma persona. Desde mayo pasado, el PP viene siendo bicéfalo: Casado, el jefe, Ayuso, la líder. De las elecciones de Castilla y León, Casado salió menos jefe y Ayuso más líder. Y en Génova no han aguantado más.

Una falta de estética, quizás de ética, pero nunca de legalidad, ha sido la excusa. Aquellos jovenzuelos de Nuevas Generaciones que asistían mañana, tarde y noche a todo acto de partido, ya son adultos profesionales de la política. Se han hecho con el control de una organización sin tener la preparación intelectual de Fraga ni la tenacidad de Aznar y sus equipos. Solo una petulante ambición. Como no saben vivir fuera de ese hábitat, su único interés es sobrevivir en él. Se vigilan entre ellos. Se marcan las respectivas cuotas de poder para que nadie, salvo el jefe, sobresalga por encima de los demás. Pero, para bien o para mal, la naturaleza o un virus artificial, colocó a cada uno en su sitio, en especial, a Ayuso, la “tontita del grupo”, la que “ponemos ahí porque no tenemos otra y siempre será manejable a nuestro antojo”. Y ante la pandemia, Ayuso creció y aprendió. Y apostó al todo o nada, abrir o cerrar Madrid. Abrió y ganó. Muy pocos daban un duro por ella. Yo ni siquiera la mitad de un duro. Pero ahí está como un Churchill con su signo de la victoria tras proclamar su sangre, sudor y lágrimas. Ahora perseguida por los suyos en medio de una tempestad de intrigas y sospechas. El daño para el Partido Popular es irreparable, transformado ya, como diría Galdós en sus Episodios Nacionales en “una olla donde burbujea con rumoroso y mareante zumbido el interés personal entre el chisporroteo de las envidias y el resoplido de las ambiciones”.

En política hay que saber guiarse por el signo de los tiempos. Y desde hace tiempo, el signo es Ayuso. No lo vio Casado, cegado por su cuadrilla. Aunque para verlo se hubiera necesitado altura de miras. Y mayor altura moral para renunciar en favor de quien más lo merece por el reconocimiento público y político que tiene. Qué gran anticipación de la derecha, sobre esa presuntuosa izquierda radiante de feminismo, hubiera sido proponer a una mujer como candidata a la presidencia del Gobierno de España. Golda Meir, Thatcher, Merkel…Ya nos toca.