Opinión

Mis recuerdos salesianos o lo que aprendí en un colegio religioso

TRIBUNA

Antonio Robles Ortega | Viernes 18 de febrero de 2022

El tren llegaba al amanecer. Aquel pueblo en septiembre olía por todas partes a mosto, a uva recién pisada, a bodega de Alvear y Cobos, a viñedo cosechado, entre sinfonía de grillos como música de bienvenida. Acabábamos de llegar a Montilla como con cierta regularidad haríamos a partir de ese día mi madre y yo, ¡cuántos viajes juntos!, para visitar a mi hermano Manolo en el Colegio Salesiano. Yo tenía nueve años. Aquella mañana me impresionó también el aroma del café con leche que tomamos bien temprano, café de aroma inolvidable servido en vaso de cristal acopado en el bar junto a la pensión, con aquellos churros calentitos en forma de lazo. Me impresionaban también los churros en forma de lacitos, pues en mi pueblo los churros eran alargados y gruesos.

Decía un filósofo escocés, que por cierto también cultivaba viñedos y era amante del buen vino, que lo que creemos ser, nuestra identidad, está hecha a partir de una rapsodia de sensaciones que nuestra memoria va almacenando, como el agricultor guarda la cosecha en el granero de su casa. Yo sé que hoy, sesenta años después de aquel primer viaje a Montilla, me sigo percibiendo salesiano, pues el rosario de sensaciones que siguieron tras aquella mañana primera en tierras cordobesas iban a ir trenzando mi personalidad más tarde de una manera indeleble. Aquel lejano día, cuando por fin llegamos al colegio y abrazamos a mi hermano interno, con trémula emoción y desbordado cariño, asistimos a una misa en la capilla repleta de más de un centenar de niños que residían y se formaban en el aspirantado. Creo que allí ocurrió algo mágico que nunca había escuchado: aquella multidud de voces blancas entonando armoniosamente cánticos religiosos, como una inmensa coral que amplificaba los acordes del armonio, me arrebató para siempre de los brazos de mi madre a quien, tirando de su mano, le susurré, con la misma firmeza que irradiaban mis ojos al mirarla fijamente, “yo me quiero venir aquí también”.

No tenía la edad aún para ingresar. Tuve que esperar un año más y, al llegar por fin a ver cumplido mi sueño, mi hermano mayor ya no estaba. Recuerdo también la primera noche en ese inmenso dormitorio corrido, de interminable hilera de camas y taquillas, y confieso que extrañé el lugar, que alguna lágrima se deslizó por mis mejillas en la oscuridad y que añoré mi pequeña habitación compartida, mi humilde casa de pueblo con sus paredes rezumando humedad, el patio con la higuera y la pequeña chimenea para asar boniatos y calentarnos las manos en invierno. Aquello era otra cosa. Me parecía inmenso, de techos infinitos y escaleras interminables. Creo que allí y más tarde en Pedro Abad me sentí muy feliz.

Después de pasar varios años en Montilla nos fuimos a Pedro Abad, unas instalaciones a estrenar, todo a punto perfectamente preparado para proseguir nuestro bachillerato por el antiguo plan de estudios que tenía cuatro años de bachiller elemental y dos más de bachillerato superior. Las instalaciones nos las habían preparado los salesianos a la perfección, entre ellos mi querido paisano don Manuel Rodríguez Vidal, que era el ecónomo del colegio. Unas instalaciones que, aparte de la capilla o iglesia, el teatro y demás dependencias propias de un internado de estudiantes, incluían, ¡oh maravilla! ¡Una piscina! Y, como siempre en el estilo salesiano, magníficos campos de deporte.

El paisaje de Montilla era un mar verde de viñedos, el de Pedro Abad algodonales. De ambos, entremezclados en la borrosa memoria de aquellos años, perduran impresiones comunes indelebles. La música coral que me atrapó desde un primer momento. La escolanía con sus túnicas blancas y sus cruces de madera. Recuerdo que viajamos a cantar en la misa de Ordenación Sacerdotal de mi queridísimo don Manolo Rubio Vaquero, que años más tarde oficiaría mi boda con Emilia, mi mujer, e incluso, muchos años después, nuestras bodas de plata. Recuerdo aquellos hermosos cánticos corales y el esplendor de aquellos patios llenos de alegría y de juego, recreos de larguísima duración, de horas incluso por la tarde, y aquellas competiciones llenas de sana competencia en el mes de mayo con motivo de Las Legiones de María en las que todo el colegio se agrupaba en legiones, como valientes y esforzados soldados romanos, para competir por la excelencia: en el estudio, en el teatro, en el deporte, incluso en la limpieza y el orden, pues podías conseguir puntos para tu legión haciendo la cama al levantarte de manera primorosa. Yo envidiaba a los grandes líderes de las legiones que solían ser grandes atletas, como Andrés Román o Miguel Almirón.

En el frontispicio del teatro, otra pieza clave de la pedagogía salesiana, recuerdo aquella hermosa consigna: “Servite Domino in laetitia”. Espíritu cristiano de amor a los demás, especialmente a los jóvenes abandonados y necesitados, vivido con las armas de la alegría en aquellas veladas o representaciones teatrales que cada semana solía hacer un curso, obras magníficamente interpretadas, incluso zarzuelas, piezas humorísticas en las que el protagonista irrepetible era Feíto, el mote con el que nos dirigíamos a nuestro querido compañero y paisano mío, ya fallecido, Pepe Rodríguez Núñez, por el papel que había protagonizado en alguna de aquellas comedias en la que siempre era el actor principal.

Y el Cuadro de Honor que premiaba y daba protagonismo a los que obtenían mejores notas en el boletín semanal de calificaciones, en las que las tres primeras asignaturas eran conducta, urbanidad y aplicación. Tal vez alguna futura reforma de este columpio de leyes de educación vuelva a rescatar, aunque sólo sea por la ley del péndulo, ese trío de materias que encabezaba nuestro boletín cada mes y que tanta falta hace en la pedagogía permisiva de hoy. Y las excursiones al campo como premio a los destacados. Premiar la excelencia no es mal negocio. Y la flor de cada día en el mes de mayo, concurso en el que se premiaba el mejor poema dedicado a nuestra madre María Auxiliadora. Algunos compañeros, como Manolo Ruz Feria, en este maravilloso grupo que formamos, seguramente forjaron entonces la exquisita sensibilidad poética con la que nos obsequian. Y tantos y tantos recuerdos compartidos que, lejanos en el tiempo pasado, siguen llenando de sentido nuestro presente y perdurarán en el futuro.