Opinión

El drama de la política

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Domingo 20 de febrero de 2022

Nada más fácil que inducir sospecha en la atmósfera de desconfianza en que respiramos. Nuestra vida social y política es un lodazal de suspicacias y quizás sea ése el índice más visible de la descomposición moral en la que naufragamos. Vivimos la eterna noche de los cuchillos largos.

La fidelidad, por el contrario, fue la virtud medieval por antonomasia. En un orden social cuya clave se encontraba en la promesa por la que un hombre se declaraba hombre de otro hombre, la lealtad mutua y el compromiso personal con la palabra dada fue el elemento fundamental sobre el que se fundó un orden radicalmente comunitario.

Carecemos hoy de la mínima fortaleza, virtud elemental que se despliega como firmeza y generosidad, y consiguientemente alentamos en un ambiente egolátrico, en el que cada uno se atiene a la defensa brutal de sus propios intereses. No es siquiera aquella – dicen que maquiavélica – razón de Estado, sino un egoísmo quimérico y abstracto, como si uno solo fuera el patrón y unidad de medida de toda la realidad. La única consigna vigente clama un mortal sálvese quien pueda.

Desde la perspectiva oscurantista desde la que contemplamos el orden medieval, fraguado en el entorno del primer milenio, no queremos ver su luminoso valor, inicialmente defensivo. Ese orden, que sólo los modernos llamaron “feudalismo”, logró sobreponerse a una auténtica crisis de extinción. La ofensiva magiar, normanda e islámica pudo ser afrontada merced a la articulación de una muralla de defensa cuya clave fue la lealtad mutua, representada con sutil belleza en la hoy incomprendida ceremonia del homenaje. Sobre ese vinculación personal y profunda se levantó una red de lealtades que pudo afrontar el momento de crisis extrema del que nació la primera Europa. La estructura así constituida proporcionó la fortaleza a partir de la que pudo desarrollarse una vida común que se vería paulatina, pero incesantemente, sometida a una crítica doctrinal y ejecutiva que concluyó en su negación. El individualismo moderno es el resultado de la demolición de los vínculos de lealtad y fidelidad mutua sobre los que se levantó la vieja Europa.

Nada nos gusta hoy más, sin embargo, que la representación dramática de los grandes gestos de fidelidad. Confundimos la lealtad real con sus fórmulas “sicilianas”– como escriben hoy vermiformes redactores – que acusan de mafiosos a los de las “familias” contrarias, siempre en defensa de las propias camarillas. Nos extasiamos ante los abrazos y los besos, ante las declaraciones públicas de compromiso eterno entre “barones” impostados, quizás llevados por la nostalgia de una verdadera comunidad y de una efectiva lealtad personal.

Sabemos que es un decorado frágil y que, tras las declaraciones, se afilan las armas. Alguien le susurraría la clave a la presidenta Ayuso, acercándosele al oído: quien te proponga la reunión es el traidor. Esto no es el viejo orden del beneficium medieval, es la supervivencia residual y descompuesta de una forma de vinculación tomada por el aire viciado del individualismo egolátrico. La política ya no sirve a la defensa del bien común, es un espacio de sociedades secretas – con apariencia de partidos políticos – en cuyo seno medran infusorios y miasmas. Verdaderas “familias” en descomposición que se nutren de cadáveres ajenos, pero que pueden atacar eventualmente su propia sustancia. Unos y otros se alimentaron históricamente del organismo consumido de la vieja Europa, de la vieja España.