Los Lunes de El Imparcial

Kristina Spohr: Después del Muro

Ensayo

Domingo 20 de febrero de 2022

Traducción de Efrén Del Valle Peñamil y María Luisa Rodríguez Tapia. Taurus. Barcelona, 2021. 896 páginas. 35,90 €. Libro electrónico: 15,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar



En Después del Muro. La reconstrucción del mundo tras 1989, Kristina Spohr nos ofrece una obra mayúscula en la que analiza los acontecimientos que supusieron el final de una época iniciada en 1945, “la Guerra Fría”, marcada por la previsibilidad y el antagonismo entre bloques. El libro cuenta con innumerables aspectos formales y metodológicos que deben ponerse en valor y que lo convierten en un auténtico manual de Historia.

El primero de ellos, la solvencia científica: casi 250 páginas en las que se enumeran las notas al pie que aparecen a lo largo de 9 capítulos, es un fenómeno que deja constancia de las abundantes fuentes consultadas. El segundo alude al sobresaliente orden expositivo que impera y a la capacidad para relacionar acontecimientos trascendentales de toda índole (económicos, políticos, de seguridad…). El lector comprobará que existen una serie de protagonistas principales, disponiendo cada uno de ellos de un espacio propio en el contenido siempre vinculado a una cuestión concreta.

En efecto, la presencia de Helmut Kohl cobra luz propia cuando aborda la unificación alemana. Su liderazgo en este asunto resulta incuestionable, rasgo que se detecta en su eficaz manejo de la diplomacia, construida esta sobre dos ejes fundamentales. Por un lado, la apuesta por una Alemania unida como parte de la OTAN y de la CEE, lo que le sirvió para eliminar (de forma gradual) los temores franceses y para convertirse en el interlocutor europeo principal de Washington, escarapela que hasta ese momento había ostentado Reino Unido. Por otro lado, sus relaciones bilaterales con Mijaíl Gorbachov y el peso que en ellas tuvo la capacidad germana para ayudar financieramente a Moscú.

No obstante, hay dos personajes de carne y hueso cuya presencia permea por todos los capítulos: el binomio Bush-Gorbachov. En este sentido, la profesora Spohr tiene el acierto de contextualizar cómo se desarrollaron las relaciones bilaterales previas entre Ronald Reagan y el citado dirigente soviético. Este último mostró la valentía suficiente para publicitar, aunque no de manera altruista, la deteriorada situación a todos los niveles en la que se hallaba sumido su país, con unos problemas domésticos que habían sido disfrazados por sus predecesores.

Con todo ello, no debemos incurrir en el error de sacralizar la figura de Gorbachov como artífice único del final de la “Guerra Fría”. La personalidad del presidente George Bush, quizás menos mediática y menos glamurosa, tuvo una influencia muy superior, sin olvidar que sus ideas de entonces admiten plena validez en 2022. El dirigente norteamericano dio los pasos adecuados siempre en el momento preciso, con la virtud de hacer que el liderazgo de Estados Unidos y la defensa de las organizaciones multilaterales fueran las dos caras de una moneda, formada por elementos tan atractivos como paz, democracia y libertad. El paradigma de su determinación lo hallamos en su réplica nada titubeante frente a quienes osaron desafiar el “nuevo orden mundial” que había diseñado, sobresaliendo Sadam Hussein cuando invadió Kuwait en 1990. Como respuesta, apostó por una fórmula alejada del unilateralismo, otorgando un rol significativo a la ONU.

Conforme se avanza en la lectura de la obra se detecta que la dependencia de Gorbachov con relación a sus antiguos adversarios occidentales, entre 1989 y 91 ya socios, fue cada vez mayor, mientras que en el interior de la URSS hacía concesiones al sector más reaccionario. De hecho, incurrió en contradicciones nada casuales, como la brutal represión de las aspiraciones independentistas de las repúblicas bálticas, un modus operandi antagónico al pacifismo que promocionaba en diferentes foros internacionales.

En este apartado, se puede observar con claridad que en la agenda de Gorbachov había una serie de líneas rojas que no estaba dispuesto a traspasar (la principal, la indisolubilidad de la Unión Soviética) pero que, la marcha de los acontecimientos, convirtieron en papel mojado: “Sin embargo, el mayor problema nacionalista no se hallaba en la periferia, sino en la madre patria. El verdadero desafío era la eclosión política de Rusia, que planteaba la duda existencial de si era posible tener un estado ruso fuerte sin destruir el imperio soviético” (p.437).

En íntima relación con la idea anterior, el ascenso de Boris Yeltsin como figura emergente de Rusia introdujo un nuevo elemento de tensión que George Bush supo encauzar de manera correcta, afirmando en todo momento que su interlocutor válido era Gorbachov. Tal apuesta, asimismo, no resultó del agrado de los principales líderes nacionalistas: “Los estadounidenses no apoyarán a los que busquen la independencia para sustituir una tiranía lejana por un despotismo autóctono” (p.483).

Cuando se consumó la implosión de la URSS, George Bush aceptó el nuevo escenario global, concediendo en su agenda la máxima prioridad a las cuestiones domésticas debido a la inminencia de las elecciones presidenciales de 1992. Sin embargo, y siempre bajo “criterios europeos” de evaluación, sorprendentemente perdió los mencionados comicios, acusado incluso por sectores de su propio partido de anteponer el escenario internacional a los intereses de Estados Unidos.

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