Opinión

Las formas y el liderazgo

TRIBUNA

Eduardo Calvo | Lunes 21 de febrero de 2022

Vivo en Segovia desde hace cuatro años. Mi esposa y yo elegimos este lugar de España cuando me tocó volver, tras el desempeño de varios destinos en el Servicio Exterior durante casi dos décadas.

Fui elegido diputado al Congreso por Segovia en abril de 2019, dentro de la candidatura de Ciudadanos. Supongo que me lo propusieron porque conjeturaron que reunía algún conocimiento sobre ciertos temas de política internacional. Un año más tarde, por mayo de 2020, dejé Ciudadanos. Recuerdo que la socialista Adriana Lastra, entre otros de índole pareja, elogió efusivamente a la nueva dirección de mi partido. Los encomios suelen ruborizar a quien los recibe, siempre que no sea un fatuo; en ocasiones, depende de dónde procedan, pueden cubrirte de oprobio. Olvidé la política. Llegaron las elecciones de Castilla y León, que es mi tierra por voluntad y no por azar. Ningún candidato me atraía lo suficiente. Medité votar en blanco; enseguida esa posibilidad se me antojó una sandez. Voté al Partido Popular, encabezado por Fernández Mañueco, un político de toda la vida del que conservaba una idea imprecisa, no necesariamente negativa. Voté contra el sanchismo y sus satélites. Pude haberme inclinado por Vox, pero no estaba tan enojado como para eso. De haberse presentado Ortega Lara me lo hubiese pensado en serio; probablemente habría entendido que darle mi voto era un deber. Anunciaron los conservadores a un desconocido, joven y risueño, que aportaba un breve historial de tuits desafortunados. Me decidí por Fernández Mañueco . Era la primera vez que votaba al PP; voté refunfuñando y celebré tranquilamente la victoria. De haber estado empadronado en Madrid cuando las elecciones autonómicas de mayo del 2021, no hubiese votado al PP; a Ayuso directamente, con plena convicción y sin pararme a refunfuñar un instante. Y habría celebrado por todo lo alto.

En estos días perversos la Presidenta de la Comunidad de Madrid ha visto cómo se cerraba el cerco tejido obscenamente por los suyos a fin de retirarla de la escena política. La brigada mediática sanchista se ha sumado al operativo con alegre rutina mercenaria. Doy por descontado que se haya sentido dolida, y acaso sorprendida; era elocuente su rostro en las pantallas. Harto motivo tiene para lo primero. Pretender que su hermano deje el trabajo de más de veinte años, se apunte al paro o se recicle, o pruebe con el top manta, o se avenga a limosnear por los barrios acaudalados en los que residen los jerarcas más vociferantes de la Izquierda, solo porque ella ha sido elegida presidenta de la Comunidad por los madrileños, es algo que clama al cielo. Y duele, claro que duele el acanallamiento , y con la familia de por medio duele más. Y es de una ruindad y de un cinismo que creíamos solo posibles en las zahúrdas viscosas del sanchismo, y ahora vemos que también adornan a la torpe pareja que gobierna Génova, a quienes al parecer solo se les paga la maldad. Para lo segundo, en cambio, no hay razón que avale la sorpresa. Ayuso lo sabe: Sánchez la odia y los otros dos la temen más que a un nublado.

La oposición de Casado y García Egea al sanchismo es apariencia y verbosidad. Es tongo, como aquellos viejos combates amañados de lucha libre en el muy madrileño Campo del Gas. Recuerden a "Santo", el enmascarado de plata. Sacudía a dos malotes atolondrados ante el regocijo del respetable. Concluida la velada, los tres se iban a cenar, acompañados de sus respectivas familias. El enmascarado "Santo" sería nuestro inefable Pedro Sánchez; Casado y García Egea, los dos malotes sobreactuados. Es claro que Casado y Teodoro no se desviven por gobernar. Han aceptado obsecuentemente el papel de comparsa. Su prioridad y único propósito consiste en adueñarse por entero del PP y convertir el Partido en un espacio mullido, confortable y suave, en el que vivaquear gozosamente sin prisas ni exigencia. Ayuso no es mullida, confortable o suave; tampoco lo era Cayetana Álvarez de Toledo. Ellos pertenecen a esa derecha boba que solo sabe ser un poco feliz si la izquierda es muy feliz. La infrecuente benevolencia de sus peores enemigos les procura una suerte de rara voluptuosidad entontecida. Es llamativo verlos disfrutar de una erizada caricia en La Sexta TV. Casado y Teodoro miran a Ferreras como si Ferreras fuese Audrey Hepburn; y no, Ferreras no es Audrey Hepburn. Díaz Ayuso afronta el camino inverso.Se sabe ganadora, porque ganó, y de manera tajante. Se nota que quiere seguir ganando, y se las tiene tiesas con quien sea menester. Por eso los cursis y los equidistantes la temen; por eso los sanchistas no la quieren ni ver; por eso la queremos quienes no somos ni sanchistas ni cursis ni equidistantes.

Para sellar la lacra indecente del sanchismo cabía la esperanza de construir una alternativa regeneradora y valiente, capaz de reparar tanto daño y devolver la dignidad al pueblo español. Esta alternativa se nos ofrecía confusa, aturdida y titubeante; hasta hace pocos días el PP estaba llamado a vertebrarla. Lo único preciso era su afilada punta de lanza, con nombre y apellidos: Isabel Díaz Ayuso. Nadie tiene su pegada; ni en las izquierdas varias ni en las diversas derechas; menos aún entre los centraditos. Si acudimos al símil pugilístico no sería exagerado aventurar que la chica pega como Mike Tyson. Lo sufrieron Pablo Iglesias, Sánchez y Gabilondo; y lo sufriría igualmente la dupla genovesa si tuviesen bemoles para subirse al cuadrilátero.

No la conozco personalmente, pero de coraje va sobrada y es lo esencial en cualquier tiempo.El trato avieso que recibió- y seguirá recibiendo- desde la mayoría de las televisiones subraya su excelencia: solo los mediocres son enaltecidos en tales predios. Aguardan días bravos para Isabel Díaz Ayuso. Aguantará. Pasó lo peor. Han intentado presionarla, amedrentarla, desacreditarla y tumbarla. Cuentan que Fouchet , en las horas turbias de la revolución francesa, supo del asesinato de un rival. Dictaminó: "Es peor que un crimen, es un error". Criminales o equivocados, poco importa; padecemos una saturación de ambos. Ayuso ya sabe quién es quién y ha tenido oportunidad de medir su propio temple. Las formas de sus adversarios en el partido no difieren de los modos de la mafia siciliana, la camorra napolitana o la yakuza japonesa. Tamaña desvergüenza los invalida para derrotar a Sánchez y levantar España. Ayuso parece comprender que los pasos que fortalecen el espíritu son los pasos que se dan hacia adelante. Puede ganar de nuevo; puede y debe. Pablo Casado y Teodoro García Egea han demostrado con creces que carecen de la nobleza y entereza pertinentes. Y encima no los votaría nadie; ni siquiera sus pesebristas mejor alimentados, que el voto es secreto y hasta el más sumiso se cansa de arrastrarse. Los apoyarían unos pocos allegados, cuatro gatos, y por lástima.

La tentación de una tercera vía, revestida con palabras huecas y resignadas- moderación, acuerdo, prudencia-, empujaría al Partido Popular al oficio de bisagra, previo a su desaparición; ofendería al grueso de sus militantes y simpatizantes; prolongaría el mandato sanchista ; colocaría a Vox en cien escaños. Sería una vía muerta. Y mientras durase también sería tongo. Espero y deseo que las formas truhanescas y las componendas de los apocados no oculten la virtud del liderazgo.