Opinión

Otra vez los bancos

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 21 de febrero de 2022

Han vuelto a salir a la palestra los beneficios de la banca española el año pasado, que fue bien jodido para todos: 19.000 millones de euros, que es un hito en el ranking del capitalismo mundial. En estas condiciones óptimas para los directivos y sus sueldos, y pésimas para los veteranos que no terminan de hacerse con la cosa digital, un jubilado, Carlos San Juan, como el parlamentarismo patrio sestea con estas cuestiones de ancianos, les ha cantado las cuarenta a los presidentes de la banca y ya se habla de algo que venía dándose “por defecto” entre nosotros, que es la “exclusión financiera”, que los sociólogos que mapean el pálpito del país circunscriben solo a los encontronazos del usuario con cajeros y teléfonos inteligentísimos, pero que algunos ampliaríamos a otros usos y malas costumbres…

El caso es que entre el Ejecutivo y la patronal de la banca se han sacado de la manga –y para que don Pablo se calle ya– un Observatorio de Inclusión Financiera donde figura hasta una “red de agentes especializados en el segmento desprotegido” que no se la cree ni quien la parió, y que, en principio, no va a supervisar nadie de la Administración, lo cual es para echarse a temblar. Antaño, cuando los desahucios y las preferentes, cuando el rescate con dinero del contribuyente a los desfalcos de consejeros y demás quiebras del ahorro, el Gobierno redactó un Código de Buenas Prácticas que no siguió ninguno porque era –ojo– de carácter “voluntario”. Y ahora dicen que los observadores van a elaborar un informe semestral de seguimiento de las buenas prácticas pactadas: que haya cajeros en poblaciones de menos de 10.000 habitantes, que se simplifiquen las gestiones del pago de impuestos, que los horarios de atención al cliente sean “razonables” y que al menos haya una persona atendiendo al personal en cada oficina. Claro, que ahí el BBVA y el Sabadell ya han dicho que ellos, de ampliar horarios, que en la mitad de sus sucursales. Que la gente se estresa.

La ruleta loca de la banca gira con velocidad de ganancia y estos pudientes señores no se van a jugar los trillones así como así. Permítanme que desconfíe de unas medidas que tienen el mismo viso de cumplimiento que el respeto que se tienen Casado y Ayuso, que es ninguno. Que para eso han despedido en 2021 a 117.000 empleados, para robotizarlo todo, adelgazar los gastos en personal y que toquen a más, como dice el último informe sobre banca española emitido por la UE: somos los últimos en el ratio de capital / solvencia. Quizá la banca española de finales del siglo XX empezó en un almuerzo en las cuevas de Luis Candelas, en el arco de Cuchilleros, entre millones y petrodólares. Pero España sigue siendo el tablero del Gran Casino de los cambistas, a pesar de los desastres económicos, y si ayer nos representaban Velázquez, Picasso o Antonio Banderas, hoy la imagen de España en el mundo son los Goirigolzarri, Torres, Oliu o Ana Botín, por ejemplo. Los millonarios de la banca necesitan de nuestra torpeza e indolencia a la hora de afrontar el papeleo y las muchas comisiones para amillonarse, precisamente, desde que los yupis y Mario Conde inventaron en la década de los noventa el pelotazo a braga quitada, que es la picaresca de los ricos, que lleva ínsita la idea de la desigualdad social y juega al euromillón sobre seguro: el cráter de la crisis financiera española así lo muestra, con el Estado asumiendo los errores de nuestra élite monetaria (470.000 millones que se les inyectó), con tanto máster en los States, barco, chalet, golf y cárdigan.

La banca ha echado el cierre a más de 20.000 sucursales y no será porque el saldo de beneficios ha sido negativo, precisamente. De manera que algo estaremos haciendo mal usted, yo y don Carlos San Juan, cuando depositamos una confianza ciega en la banca con los precedentes de las preferentes, aunque el Banco de España y Hernández de Cos o la ministra Calviño se rasguen las vestiduras por nuestros mayores, porque “no están teniendo el servicio que merecen”. Así, tan de repente, Nadia. La miseria, que es la idiosincrasia del país, vuelve a ser la bonanza de los nobles varones de la transferencia.