¡Quién podía imaginar que menos de una semana después de ganar las elecciones en Castilla y León, pese a que no se hizo como se esperaba, la vida podía cambiarle tanto a Pablo Casado! ¡Qué razón tienen los que avisan siempre de que la vida puede cambiar en un segundo!
La crisis del PP sacude la vida política del país hasta tal punto que parece que a nadie le importe ya la guerra en Ucrania o el Salario Mínimo Interprofesional o los ERTE o con quién formará gobierno Alfonso Fernández Mañueco. El interés de la ciudadanía ahora mismo está, no en si el líder del PP dejará de serlo, sino cuándo. Los acontecimientos se precipitan a tal velocidad que ni siquiera el que escribe sabe si tendrán validez estas palabras porque los hechos cambian y dan un giro a cada instante.
Intentar encontrar una explicación simplista a todo lo que está sucediendo sería injusto, probablemente, para Casado, pero la realidad es que cada vez está más solo, por no decir que está totalmente solo, que le ha abandonado casi todo el mundo. Como siempre faltarán datos para saber exactamente qué es lo que ha pasado y por qué tan rápido, las preguntas, como mero observador que cualquiera se puede hacer, serían si toda esta reacción se debe solo al conflicto que ha tenido con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, o si tenía también más problemas con otros líderes dentro del partido.
¿Es culpa todo de una guerra de poder porque Ayuso quiere ser la presidenta del PP de Madrid, como la mayoría de presidentes de sus respectivas CCAA, y una parte de la dirección en Génova entendía que sería demasiado peso ya para un valor en alza que puede acabar moviendo las sillas de arriba? ¿Puro cainismo? ¿Cuál era el objetivo número uno en la lista del equipo de Casado, echar a Sánchez de la Moncloa o cortar las alas a Díaz Ayuso?
Por otra parte, ¿nos les ha sorprendido la velocidad a la que se le han retirado los galones a Casado? No se puede hablar de un PP dividido. Está el partido por un lado y Pablo Casado por otro. No ha dimitido, pero su partido ya lo ha echado. ¿Qué pasó? ¿Les ignoró? ¿Se parapetó en su atalaya y prescindió de los que le llevaron hasta ahí? ¿Ha sido un acto de venganza?
En cualquier caso, aunque haya alguien celebrándolo, la jugada le ha salido a ese alguien mal porque calculó horriblemente los efectos secundarios y los daños colaterales. A no ser que se buscara este destrozo. Dicen que fue cosa del número dos, de Teodoro García Egea, que, además, ahora nos estamos enterando, le caía muy mal a mucha gente. Pero se dicen tantas cosas… Otros apuntan a Miguel Ángel Rodríguez, asesor de Ayuso y conocido por todos por ser eminentemente práctico. Algún día nos enteraremos...
Cabe preguntarse, igualmente, si es que de forma repentina se le ha caído la venda de los ojos a la mayor parte de los dirigentes del partido y se han dado cuenta ahora de que el presidente del PP no era la persona adecuada, por carácter o por método, para llevar las riendas de la formación. Por otro lado, también es legítimo plantearse si la razón de caer en desgracia es simplemente fruto de una gestión errónea desde su llegada a la dirección junto a su equipo que no se ha sabido corregir a tiempo.
En otras palabras, ¿la razón de la caída de Casado ha sido solo por culpa de su torpe guerra con Ayuso o había más “cosas” detrás?
Como fuere, hay daño para la imagen y las expectativas electorales del PP. Hay quien ha comparado lo que está haciendo con el ritual japonés del “harakiri”, esa muerte autoinfligida antes de ser preso por su enemigo o como castigo porque se había deshonrado. No parece, de ninguna manera. Lo que está haciendo el todavía, hasta las próximas encuestas, principal partido de la oposición y virtual ganador de las próximas elecciones generales con posibilidad de gobernar España, es un suicidio, es desangrarse, sí, y públicamente, pero no por honor, como el noble guerrero japonés, sino por la estupidez y egoísmo de algunos que no han sabido entender qué interesa al partido y cómo solucionar los problemas.
Los principales damnificados, los votantes, que se mueren de vergüenza y ya piensan en Vox o no votar y, también especialmente, todas esas personas que trabajan por el PP en toda España. No solo en Madrid. Gente que madruga para dar lo mejor de sí mismas, con vocación de servicio público, con unos valores y unas ideas. Políticos y trabajadores a los que, en muchos casos, les cuesta el dinero ser alcalde o concejal de su pueblo y que ahora mismo no saben qué explicar a los que les votan ni a nadie.
Muy bien tiene que hacer las cosas Alberto Núñez Feijóo o quien venga detrás de Casado para evitar la sangría, lograr la catarsis y arreglar en poco tiempo todo el estropicio realizado. Quien mande a partir de ahora deberá escuchar más a la calle y al partido, no pegarse tiros en el pie (ni en la cabeza) y aprender de las fórmulas que funcionan. El PP debe tener muy claro que si no hay valor y determinación, hay más a la derecha otro partido al que le sobra.
Y hay prisa. Nunca ha habido un presidente de Gobierno en España tan malo y tan débil y se le está dejando sobrevivir. Hay prisa por recuperar el partido de oposición que equilibre y no se lo ponga en bandeja a Sánchez. Aunque, ¡oye, lo mismo es un revulsivo!