El despliegue militar ruso contra Ucrania es inaceptable. Incluso en la hipótesis de que tuviera fundamento invocar el art. 51 de la Carta de Naciones Unidas sobre la legítima defensa, como han hecho el propio Putin y su embajador en la ONU, a quien, curiosamente, le toca ahora presidir su Consejo de Seguridad, la desproporción de la reacción supuestamente defensiva es más que evidente. Pero es que, además, ¿en qué ha podido consistir el ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas, que permite aplicar dicho art. 51? ¿Ha atacado con las armas Ucrania a Rusia? Parece haber empleado acciones militares contra las autoproclamadas Repúblicas independientes en la zona del Donbass, pero ni estas son miembros de Naciones Unidas ni forman parte de Rusia. Podría entenderse que Rusia esté actuando militarme para apoyar a esas nuevas Repúblicas en su empeño de independencia, pues que el Gobierno ruso las ha reconocido. Pero ese apoyo militar no encaja en modo alguno en el art. 51 de la Carta de Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad debe tomar alguna decisión, por más que lo dificulte el derecho de veto de que goza en él la propia Rusia, que es además en este momento quien lo preside. Debería interpretarse que la necesidad establecida por el art. 27.3 de la Carta de Naciones Unidas de que las decisiones de dicho Consejo necesiten el voto afirmativo de todos sus Miembros permanentes –uno de los cuales era la URSS, que habría sido sucedida (?) por Rusia-, no puede entenderse aplicable al Estado que, teniendo esta condición, sea el posible objeto de las medidas que decida el Consejo. Aunque…, es muy dudoso que tal interpretación quiera aceptarse. Mal asunto, muy mal asunto si el Consejo de Seguridad tiene atada las manos de manera insuperable cuando se trate de fechorías de alguno de sus Miembros permanentes.
Mas es claro que la situación debe tener una salida y cuanto antes, y no precisamente la de la escalada militar, que no conduciría sino a incrementar los daños, los problemas y los riesgos. El horizonte de una escalada militar, con el encendimiento de los ánimos que ello conlleva y la facilidad humana para dejarse llevar por la locura, es pavoroso. Estamos hablando de confrontación entre posibles potencias con armas nucleares, conducidas hipotéticamente por personas de dudosa capacidad de autolimitarse con sensatez, una vez tomada la senda del “mantenerla y no enmendarla”, y pase lo que pase.
En 2014, con el apoyo en particular de Alemania y de Francia, y, en definitiva, de la Unión Europea y de Estados Unidos, bajo el paraguas de la OSCE, se llegó a los Acuerdos de Minsk, con el correspondiente alto el fuego y las determinaciones que se fijaron en relación destacadamente con esas regiones ucranianas limítrofes con Rusia.
Desgraciadamente esos Acuerdos han saltado por los aires y, además, probablemente, eran insuficientes.
Pero probablemente no hay más camino razonable que volver a la mesa de negociación y llegar a acuerdos, que restauren el orden y, con él, la paz. La historia ha mostrado sobradamente lo equivocado de no operar así y de tratar de vencer por las armas en conflictos de esta índole y de cualquier otra. Con la negociación y el acuerdo todos ganan, aunque a la vez todos hayan de ceder algo, de valor relativo en el conjunto. Con la guerra todos pierden y de manera irreparable y gravísima.
Rusia se ha equivocado gravemente iniciando esta guerra, pero, en honor a la verdad, no cabe ignorar que algunas razones pueden explicar su actitud, aunque no la justifiquen.
Hace años que la Unión Europea y los Estados Unidos dan la impresión de no tener en cuenta suficientemente la historia de Rusia y de Ucrania, estrechamente unidas de variados modos a lo largo de los siglos hasta que ésta obtuviera su independencia en la revolución bolchevique e incluso ampliara su espacio dentro de la Unión Soviética en los años cincuenta. En modo alguno parece aceptable discutir a estas alturas la soberanía de Ucrania como Estado integrante de Naciones Unidas. Otra cosa puede ser, en cambio, la determinación precisa de sus límites territoriales en relación con Rusia, que es en lo que, al parecer, está el origen del conflicto.
Que la cuestión de las fronteras en Europa no deba abrirse a discusiones, según un acuerdo expreso o tácito desde el final de la II Guerra Mundial, no tendría por qué incluir necesariamente la de su determinación en el Este europeo como consecuencia del colapso de la Unión Soviética y el reconocimiento de la plena soberanía de los Estados que la han visto recuperada desde los años 90. Particularmente en su deslinde con respecto a Rusia, habida cuenta de las decisiones más o menos arbitrarias que tuvieron lugar bajo la Unión Soviética.
Es lo que podría haberse aplicado a Crimea y al Donbass, aunque también -¿cabe olvidarlo por no estar ahora mismo en el tablero?- a esa región de la antigua Prusia oriental que es el actual óblast de Kaliningrado, el antiguo Könisberg de Emmanuel Kant, hoy una isla rusa abierta al Báltico, de algo menos de medio millón de habitantes, territorialmente situada entre Lituania y Polonia, a muchos kilómetros de la frontera rusa con Letonia y Bielorrusia.
Abrase cuanto antes una Conferencia internacional del Este europeo, impulsada y presidida por la ONU, para buscar una solución definitiva y razonable a estos problemas. Con la presencia de la Unión Europea y en particular de Polonia, Lituania, y quizás Alemania, Suecia, Francia y Rumanía, además de Estados Unidos y del Reino Unido, como miembros relevantes del sistema de seguridad en Europa, y, por supuesto, de Ucrania, Rusia y tal vez Bielorrusia. Escúchense unos a otros con apertura de ánimo y búsqueda sincera de lo mejor. Tal vez sea pertinente acordar la celebración de sendas consultas populares sobre las preferencias para su integración política en los territorios discutidos, con todas las garantías, comprometiéndose todas las partes a estar a sus resultados.
Es algo que solo cabe justificar en la excepcionalidad de lo ocurrido en el ámbito dictatorial de la Unión Soviética y su desaparición hace ya tres decenios. En nada debería servir como referencia o precedente para abrir cauces a pretensiones de redefinición de fronteras en otras partes de Europa.