Sucedió hace 34 años. La URSS se derrumbaba y en el Kremlin lo sabían. Los cambios que Yuri Andrópov (1914-1984) había introducido en el KGB lo habían convertido en un instrumento muy eficaz para conocer la verdadera situación del Estado. Desde el descontento social hasta la decreciente producción de las fábricas y los koljoses, Moscú conocía que la patria de los trabajadores se derrumbaba. A partir de 1975, la moral de los trabajadores se había ido resquebrajando a medida que empeoraban sus condiciones de vida. También tenían detallada información sobre la situación explosiva en Armenia y Azerbaiyán. Gorbachov había llegado a la Secretaría General del Partico Comunista de la Unión Soviética en 1985.
Desde el colapso de la República Democrática de Armenia (1918-1920) y su integración final en la República Socialista Federativa Soviética de Transcaucasia (1922-1936), sobre la cuestión armenia se había levantado un halo de silencio. En la URSS, el Genocidio Armenio (1915-1922) se reconocía (no en vano el gran memorial de Tsitsernakaberd se erigió entre 1966 y 1967) pero la ofensiva otomana sobre Armenia Oriental (1918) y la intervención soviética (1920) ya constituían un asunto algo más delicado. Las fronteras de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán (1920-1991) eran absurdas y de dudosa legalidad. Las reivindicaciones de independencia eran directamente tabú. La injusticia de la reordenación territorial realizada por los soviéticos podía abrir la puerta a reivindicaciones de autodeterminación para los armenios de Nagorno Karabaj.
Eso era lo que estaba sucediendo. Las noticias que llegaban a Moscú eran muy inquietantes. Los armenios de Artsaj -así se llama en armenio el territorio de Nagorno Karabaj- querían la independencia y la unión con Armenia. Los líderes azerbaiyanos no sólo se oponían a cualquier concesión a los armenios, sino que dejaban hacer a los suyos. La situación era explosiva. Las comunidades armenias de Bakú y de otras localidades eran presa fácil de los nacionalistas azerbaiyanos que se oponían a las reivindicaciones de Artsaj.
Una de esas comunidades armenias era la de Sumgait, en la costa del mar Caspio, a poco más de 30 kilómetros de Bakú. El clima era de odio antiarmenio por doquier. El 14 de febrero de 1988 uno de los miembros del Comité Central del Partido Comunista de Azerbaiyán había declarado que “cien mil azerbaiyanos están listos para asaltar Karabaj en cualquier momento y organizar una matanza”. Sumgait dista de Artsaj unos 300 kilómetros, pero eso no sirvió para salvar a los armenios de la ciudad. El 26 de febrero de 1988 ya había manifestaciones en la plaza Lenin de Sumgait en las que se corearon consignas contra los armenios y se incitó a la violencia contra ellos.
Entre el 27 y el 29 de febrero de 1988, año bisiesto, una turba de azerbaiyanos asaltó las casas y comercios de los armenios de la ciudad. En muchos lugares se lo llama el “pogrom” de Sungait rememorando los asaltos a los pueblos y barrios judíos que se perpetraban en las últimas décadas del imperio de los zares. A los armenios los lincharon allí donde los encontraron. El periodista Francisco Eguiagaray (1934-1999), veterano corresponsal de EFE y RTVE en Moscú, nos dejó una descripción estremecedora en su libro “Operación Perestroika” (Ediciones del Drac, 1989). Allí habla de la “espantosa matanza de Sumgait, en la que las fuentes oficiales reconocieron 32 muertos, pero testigos oculares aseguran que fueron muchos más”. Eguiagaray cuenta que “lo que indignó a los armenios y horrorizó a la opinión civilizada fue la bestialidad con que se cometieron los asesinatos. Fetos extraídos de los vientres de sus madres; gente quemada vida, mientras los aseris [sic] bailaban alrededor, etc. Y lo más trágico y lamentable es que esta feroz actitud no terminó en los tristes sucesos que se han reseñado. Lo demuestran los festejos populares que se organizaron también en Azerbaiyán para «celebrar» el terremoto de Armenia, acaecido a finales del mismo año”.
En efecto, los muertos se contaron por centenares. Es difícil establecer una cifra definitiva porque -recuérdese- Sumgait está en la costa de Azerbaiyán y sus autoridades lo controlaban todo: el orden público, la asistencia médica y la investigación policial. Sin embargo, fue imposible ocultar las atrocidades. Las noticias llegaron a Moscú, es decir, a los organismos centrales, a los corresponsales de prensa y a las embajadas. La masacre de una comunidad que no llega ni al 10% del vecindario no podía pasar inadvertida. Algunas semanas después, el semanario moscovita “Novedades” señalaba que la “aplastante mayoría” de los causantes de la matanza eran azerbaiyanos encuadrados en el Komsomol, las juventudes del partido comunista.
En general, el “pogrom” de Sumgait quedó impune. La condena más destacable fue la del joven azerbaiyano Tarel Ismailov, joven de veinte años acusado de haber matado con una barra metálica a Sharguin Arkisian, carpintero armenio de sesenta y dos años. Le impusieron quince años de prisión. Nadie fue condenado por la pasividad de las autoridades -una forma más de complicidad, por cierto- a la hora de proteger a los armenios. Las tropas del Ministerio del Interior enviadas fueron insuficientes. Cuando se enviaron más efectivos al día siguiente, la carnicería estaba consumada casi por completo. Tampoco se adoptaron medidas para evitar que crímenes como éstos se repitiesen. En noviembre de 1988, por ejemplo, miles de armenios tuvieron que huir de Kirovabad -la actual Ganja- donde se había desencadenado otra matanza a manos de los azerbaiyanos. Después, ya en enero de 1990, les llegó el turno a los armenios de Bakú y al resto de comunidades armenias en Azerbaiyán.
Hoy, 34 años después de la matanza de Sumgait, los armenios de Azerbaiyán han desaparecido prácticamente por completo. Se lee por ahí que quedan en torno a doscientos. Dicen que se han cambiado los nombres para que no los identifiquen. Viendo los precedentes, esto no debería sorprendernos. Los armenios de Artsaj, que sufrieron una agresión en 2020 que dinamitó el proceso de paz desarrollado en el marco del grupo de Minsk de la OSCE, aún resisten en la parte del territorio que no controla Azerbaiyán, pero sufren una violencia cotidiana y sostenida. De la comunidad armenia de Sumgait, por cierto, apenas queda un recuerdo que se evoca con mayor fuerza en aniversarios como éste.