La semana pasada ya sentimos en Europa la mordida salvaje de la factura, el repunte de la cotización del petróleo y el gas en los mercados financieros. La economía española podría sufrir un frenazo en la lenta recuperación de la pandemia, con sus párvulas medidas y ese rastro de despojos que son los pequeños comercios de provincias, como esqueletos abiertos en medio de la calle. Como una plaga, como una costra, lo que le hace Rusia a Ucrania no tiene perdón, aunque Putin lo justifique muy claramente con su oposición al avance de la OTAN en los territorios de sus fronteras europeas, con la tozudez de un diálogo de sordos.
Putin y Biden ya habían discutido hace unos pocos meses sobre el desarme nuclear, la desmilitarización atlantista y el no intervencionismo de los Estados Unidos en las antiguas repúblicas soviéticas. Para Putin, desmantelado el Pacto de Varosvia, la OTAN no tiene sentido y a esta invasión podría seguirle la de Moldavia o la de Georgia, a cuyas presidentas Macron acaba de prometer que defenderá su integridad y soberanía (esperemos que un poco mejor que en el caso de Ucrania). Aquí la gente está como que no le va a salpicar y a verlas venir, que se dice. Hay discusión sobre si en el Kremlin son de derechas o de izquierdas, para echarle el muerto al otro, sin caer en la cuenta la derechona y la progresía de que Putin y el totalitarismo son la misma cosa. Y de estos los hubo de uno u otro signo.
En Putin se expresa el aire adusto y gigantesco del Este y los resabios y vastedades del soviet y lo que yace en el fondo es una demostración de poder al mundo, extenuado por la COVID-19. Mientras, los ucranianos resisten con bravura en la herida del tiempo que es cada amanecer, con el despertar de las sirenas, los muertos y las familias refugiadas en el metro de Kiev, donde hace dos días nació Mia, la primera bebé alumbrada en tiempo de guerra en el país. Esta tragedia coincide paradójicamente con el blindaje económico de nuestras empresas del Ibex 35, que han declarado que no temen esta guerra: han hecho acopio de efectivo en abundancia porque con el coronavirus cerraron el año pasado con unos saldos de miles de millones de euros, las arcas llenas de liquidez y un vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, reforzando la creencia de que el impacto de lo que ocurra en Ucrania aquí y en la UE va a ser “limitado”.
Pero al ciudadano medio y al pequeño comercio, que son otro cantar, la congoja de las subidas de la energía no se la quita nadie, porque el miedo, la incertidumbre, el pesimismo, el crepitar de los morteros que llegan con ecos atronadores desde el Este, hacen que se pudra la esperanza y que, de nuevo, los grandes ganen aún más en esta nueva guerra. Demasiado acostumbrados estamos. Como siempre.