Opinión

El Vizconde de Lascano Tegui, un muchacho de San Telmo

TRIBUNA

Roberto Alifano | Martes 01 de marzo de 2022

Vivimos tiempos de pestes y de guerras, de absurdas ambiciones, de codicia de islas y territorios. Tiempo, también, de buscar refugio en los libros. Sin que le temblara el pulso, pudo escribir Fernando Pessoa que “La literatura es la forma más agradable de ignorar la vida”. Los libros siempre nos revelan algo, son amables amigos que están al alcance de la mano y suelen socorrernos en momentos cruciales. Para Emily Dickinson, “si uno quiere viajar lejos, no hay mejor nave que un libro.

Por absurdos prejuicios, que nunca faltan -me culpo ahora- no me permití conocer en su momento, ni leer como corresponde, la original, transgresora obra del ya célebre Vizconde Emilio de Lascano Tegui. Subestimándolo, lo consideré como un excéntrico o un diplomático que para figurar incursiona en el arte de la literatura.

Ahora, borroso, como en un sueño, entrecerrando los ojos, lo veo, o creo entreverlo, llegar a una exposición de Norah Borges del brazo de una dama y, como buen histrión y diplomático, con moñito Blake florido y dentifricada sonrisa seductora, concitar la atención de los invitados. Lo veo o entreveo, como el hombre elegante que fue, de estatura mediana tirando a alto, corpulento y, en otra situación, acaso menos seglar que modesta, atendiendo como gastrónomo o gourmet la inmensa mesa redonda del coleccionista de arte y bibliófilo Federico Vogelius, que se jactaba de tenerlo como maître de cuisine cuando reunía en su casa a los integrantes de la ilustre peña de “El Mangrullo”, donde nuestro personaje les detallaba, con voz firme, los ingredientes de las exquisiteces culinarias que concebía; aquella mítica convocatoria que concluyó en una editorial, cuya resultante fueron codiciadas y preciosas plaquette e impecables ediciones que aunaba poetas con pintores. Y también veo o entreveo, en este recuperado ensueño, al activo y eficaz bonvivant recibiendo el aplauso unánime de los satisfechos concurrentes por ser el menestral de la tan bien servida mesa. El Vizconde de Lascano Tegui fue un asombroso personaje, además de un enorme escritor. En 1996, con la colaboración de quienes fueron sus amigos, le dedicamos un número de nuestra revista Proa. Aunque falta, sin duda, recatarlo definitivamente.

Si bien es cierto, que el Vizconde de Lascano Tegui fue uno de los tantos artistas genuinos devorados por su propio personaje, no se privó de escribir una obra literaria breve pero original, que a la par de la de Oliverio Girondo, inauguró y marcó el camino de la vanguardia argentina. Tanto es así que al osar firmar su libro Blanco, en 1911, como “Rubén Darío, hijo”, logró que el áspero y exigente Leopoldo Lugones, tocado en lo más íntimo, lo tildara de abracadabrante, haciéndolo también pertenecer a la categoría de aquellos creadores que están presentes en las deliciosas anécdotas que los reviven y vivifican. “Usted me calumnia tan fervorosamente, don Leopoldo, que me hace sentir orgulloso de las miserias que yo escribo”, contaba Carlos Mastronardi, que le había dicho Lascano Tegui, con toda humildad, cuando Borges, Petit de Murat y él se lo presentaron.

Pero, junto a sus extravagancias (o como una extravagancia más), sus poemas transgresores y los títulos de sus originales libros, tales como La sombra de la Empusa, Mis queridas se murieron y De la elegancia en el dormir y, en su caso, por su controvertido título nobiliario, logró que se le otorgara un envidiado pintoresquismo que lo agiganta dándole la categoría de figura notable, a la vez que humorística.

Tal vez por esta razón bien vale la pena dedicar un espacio al origen de su título nobiliario, que no era tal sino algo sacado de la galera de su propia invención, aunque con hechos reales. Sucedió que encontrándose el entonces Emilio de Lazcanotegui (que así se escribía su apellido vazco originalmente) en un lujoso hotel de Egipto en compañía del educador y poeta Fernán Félix de Amador (el autor de El libro de las horas), se cruzaron con la despampanante mujer de un diplomático, exageradamente agasajada por personas de alto rango y portadora de abundantes títulos nobiliarios. Esta distinguida y extravagante dama, al parecer, sólo consideraba dignos de su atención a los nobles y, por esta causa, Amador, estampó con holgada y clara letra en la portada del Baedeker que llevaba el hotel como guía de viajeros, la firma: “Vizconde de Amador”. Sin demora, la dama no pudo con su curiosidad y lo llamó con ese título. Emilio, que se encontraba a su lado, fue interrogado a su vez. “¿Es acaso usted también Vizconde?”, a lo que él no dudó en responder rotundamente: “Así es mi distinguida señora, yo soy el Vizconde de Lascano Tegui”. De allí el origen del título nobiliario y de su fulgurante apellido, que el argentino empezó a utilizar precediendo a su nombre. Se dice que cuando lo explicaba, la excusa era: “Sí mi amigo Amador es Vizconde por qué no puedo serlo yo”. Un gesto gracioso que hizo perdurar alguien que con maestría -y como un agregado singular a sus tantas otras diversas dotes- manejaba además con un sentido del humor deslumbrante, casi incomparable.

La obra poética del Vizconde, aún no opacada por su excentricidad, se inicia en 1910, durante la época juvenil de sus aventureros viajes, cuando dio a la imprenta el poemario La sombra de Empusa que, junto a los títulos que vinieron después, como ya aventuramos, llamó la atención del implacable Lugones, reconociendo -eso sí- el innegable talento de su autor.

Acércate Fabiola, que los triclinios

se han de sumir al peso de la epopeya;

somos dos pretensiones y hemos de unirnos

con los ceremoniales de las grandezas.

Yo soy poeta y mis versos los llevo al circo,

por tu belleza has ganado tantas diademas...

Si quieres comprenderme: cae en mis brazos,

te he de cantar borracho de odor di fémina! (…)

Y dentro de ese volumen, el precioso soneto amatorio, que los aedos Lysandro Galtier y Norberto Silvetti Paz recitaban de memoria, embargados de emoción, con estremecedor tono romántico y entrecerrando los ojos, casi lagrimeando:

Hubo un cosquilleo tras la fina,

insinuante batista de la bata,

y preví la lascivia de una gata

en tu seno vibrátil gelatina.

Más el momento aquel sufrió una errata,

al negarle mi verba libertina

a todos tus deseos de felina

que maullaban debajo de la bata.

Tú callaste, volvimos a la sala,

y pasó levemente como un ala

el vals que sollozaban los violines;

me trataste de niño, de inexperto,

y rodó por tus faldas como un muerto

mi ramo de platónicos jazmines.

Pero no solo el Vizconde de Lascano Tegui sorprendió a los nombrados y a sus más cercanos lectores. Yo recuerdo que una noche, cenando con Borges en casa de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, ante el asombro de Bioy, que calificó los versos de artificiales, recordaron conmovedores poemas del autor de Muchacho de San Telmo, al que consideraban un par indiscutido. Concluida la evocación, quedaron flotando como una deliciosa música los dos endecasílabos finales del afamado soneto:

y rodó por tus faldas como un muerto

mi ramo de platónicos jazmines.

Silvina y Borges, para coronar la alabanza, no dudaron en calificar de clásicos los palpitantes versos.

Los inicios en la poesía de Lascano Tegui, están curiosamente asociados a la política y a los cargos públicos. Afiliado al Partido Radical en 1905, durante casi una década, empezó a ser famoso por componer sus discursos políticos en octosílabos rimados y en el tradicional estilo de El Martín Fierro, usado por José Hernández. En 1908 viajó a Europa como traductor de la Oficina Internacional de Correos y se dedicó, durante sus frecuentes licencias, a recorrer a pie Francia, Italia, España y el norte de África (fue uno de los caminantes que se preciaba de haber cumplido con el tradicional recorrido del Camino de Santiago). Había ocurrido que en 1914, desencantado de su partido político y con el estímulo de un amigo, que era capitán de ultramar, el todavía Lazcanotegui viajó a Francia como cocinero del barco mercante. Y allí decidió quedarse.

Instalado en una planche que daba a las orillas del Sena, participó de la bohemia parisina; donde tampoco le fue difícil relacionarse con Pablo Picasso, Guillaume Apollinaire y Marcel Schwob. En unos deliciosos diarios de aquellos tiempos, los evoca entrañablemente y cuenta sobre los imborrables momentos disfrutados en sus compañías, a quienes deslumbraba, por otro lado, por sus exquisiteces en el arte culinario. “Preparé unos camarones al ajillo con guarnición de peras y alcaparras que hicieron chupar los dedos a Pablito y a Guillaume”, destaca en su diario.

Pero también cabe agregar que el Vizconde también fue pintor y dibujante, y en ocasiones escultor y muralista, aunque su obra casi no se conozca en esta dirección. En Venezuela, donde se desempeñó como cónsul de tercera desde 1936 a 1938, decoró los exteriores de la Embajada Argentina con gigantescos murales que alcanzan los doscientos setenta metros cuadrados de superficie. No obstante, nos enteramos, por un catálogo sobreviviente de los años parisinos (que Vogelius preservaba en un marco), que en 1917, alentado por Modigliani, Utrillo y André Lhote, inauguró con relativo éxito en un principio su primera muestra de pinturas en el bohemio barrio de Montmartre. Poco después, trasladada a una galería de Marsella por su amigo “Piruco” de Alzaga Unzué, se vendieron allí todos los cuadros. A partir de ese momento, sus entrañables Picasso, Kisling, Valloton y Dufy nunca dejaron de invitarlo a exponer con ellos (otro catálogo, de Vogelius documentaba lo dicho).

En la capital francesa desarrolló, además, su oficio de mecánico dental y de periodista, como corresponsal de varias publicaciones argentinas en las que entrevistó a importantes personajes de la época. También se destacó como bailarín de tangos en un cabaret donde cantaba Gardel. En los inicios de los años 20’, asociado con “Macoco” de Alzaga Unzué, el incorregible playboy, hermano menor de “Piruco”, instalaron en Londres una casa de modas, que después del fracaso culminó con un gran quiosco de liquidación en el Rastro, de Madrid. Victoria Ocampo, también estuvo en esa aventura cuyo destino final era Buenos Aires.

Reunidos todos sus artículos, publicados en diversos medios, dio como resultado el volumen Mis queridas se murieron, la obra más ilustrativa de sus andanzas. Sin embargo, el Vizconde pervive sobre todo en sus libros De la elegancia mientras se duerme y Muchacho de San Telmo, donde el primero narra, como si se tratara también de un diario íntimo, la historia de la gestación de un asesinato. Hacia mediados de la década del ’40, después de haber sido funcionario de la Cancillería Argentina en Venezuela y Francia y de haber sido director de la Residencia del General San Martín en Boulogne Sur Mer, regresó a Buenos Aires para quedarse definitivamente. Muchacho de San Telmo, su último libro, editado en 1944, integra una colección de poemas en donde evoca su propia infancia e imagina su definitiva partida.

Hasta la muerte vamos tropezando con algo.
Alguien nos pone piedras en todos los caminos,
Y aunque triunfamos como el ingenioso hidalgo,
Molidos y maltrechos nos dejan los molinos…

Una buena parte del resto de la obra del Vizconde de Lascano Tegui está perdida o directamente se duda de su existencia; el original para teatro de La esposa de Don Juan, verbigracia, se destruyó al incendiarse el camarote del barco en donde viajaba. Allí dio por perdido, además, el ensayo Vía Láctea de Polillas, que algunos suponen se conservaba en una habitación clausurada de su departamento, pero que nunca se encontró. La misma suerte corrieron los manuscritos de Cuando la plata era señorita y Mujeres detrás de un novio, tampoco hallados. Ambos mencionados en su testamento hológrafo, que quedó en manos de Vogelius.

El Vizconde de Lascano Tegui nació en 1887, en Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos y se sumó a los más en la ciudad de Buenos Aires hacia 1966. Yo, que he sido un coleccionista de personajes, habiendo tenido la oportunidad, lamento en el alma no haber conversado tupido, como hubiera correspondido, con el legendario Vizconde Emilio de Lascano Tegui. No dudo, por lo que sé de él que, como escribió Borges de Chesterton, “nos hubiéramos entendido”. Quizá de maravillas.