Escribo estas notas en los días en que vivimos la inquietante alarma de que los masivos movimientos de tropas rusas pudieran ser el preludio de una invasión de Ucrania, lo que podría provocar una reacción en el campo aliado de consecuencias imprevisibles, a corto o largo plazo.
Nada nuevo en la historia del hombre, que consiste, página a página, en el relato de las continuas guerras por la conquista de tierras y el sometimiento o la aniquilación del vecino. Nada nuevo excepto que, las armas que están a su alcance han evolucionado desde el hacha de silex hasta las que pueden acabar con la vida del ser humano.
De esta historia podemos deducir que el calificativo “humano” está muy lejos de tener un sentido positivo aplicado a un animal al que le resulta imposible disciplinar un instinto agresivo y territorial que le lleva, a lo largo de su evolución, a cometer atrocidades “inhumanas” para apropiarse de puñaditos de tierra del vecino y a venerar como héroes a los que las promueven y dirigen a costa de la sangre de propios y contrarios.
Es mas, existe la sospecha, cada vez mas fundada, de que el ejemplar que llamamos “homo sapiens” ha colaborado activamente en la extinción de otros ejemplares de la especie “homo” y aun uno de ellos, el “hombre blanco”, no puede erradicar los atavismos que le impulsan a aniquilar o segregar a los que presentan alguna diferencia etnica, por pequeña que sea.
Esta actitud del hombre ejercida a lo largo de la historia no se ha suavizado. Recientemente, en el siglo pasado ha habido regímenes, el nazi y el comunista que ejercitaron una fuerza brutal para depurar la naturaleza humana con sus métodos de selección y aniquilamiento. Imaginaos que hubiera ocurrido si esos regímenes hubieran poseído los métodos o técnicas de las que se puede disponer hoy o mañana.
Esta consideración sobre lo que parece ser imposibilidad congénita de impedir tropezar en las mismas piedras, me lleva a reflexionar sobre la eventual actitud del ser humano ante las inquietantes cuestiones que, ahora, tiene ante si.
El hombre siempre ha utilizado ventajas económicas o de clase para ser superior a los demás y nada hace pensar que no siga haciendolo. El problema es que ahora los privilegiados van a tener o tienen, a su alcance, procedimientos o técnicas para erigirse en élites cuyas diferencias con los otros les pueden llegar a convertir en seres de distinta especie. Lo cual haría, como nos advierte Antonio Dieguez, que las clases sociales se convirtieran en clases biológicas.
Y no parece que el ser humano vaya a detenerse por consideraciones morales, sociales o de otra índole, ni que ordenamientos jurídicos serán capaces de impedírselo. Ya Max Moore abre, de par en par, la puerta de un inquietante futuro cuando invita: “Parece que la naturaleza perdió el interés en nuestra evolución hace unos cien mil años. O tal vez esta esperando que demos el paso nosotros mismos”.
Los pobres “bartolillos” que nos afanamos en cumplir, diariamente, las obligaciones que el azar y las estructuras sociales nos van marcando oimos, “de pasada”, asombrados, los logros científicos conseguidos y los que están en trance de conseguirse.
Grupos científicos están trabajando, en serio, en estos logros, algunos de los cuales se me alcanzan ahora: Producción de energía ilimitada, erradicación de la enfermedad, prolongación, sin límites, de la vida, viajes espaciales de colonización, sustitución progresiva del trabajo humano por máquinas, colocación de implantes o conexión de la mente con maquinas que pueden multiplicar su capacidad hasta no se sabe cuanto.
Y los que tienen tiempo de interesarse, por estos logros, se preguntan sobre lo que será capaz de hacer el ser llamado humano cuando la rivalidad por la consecución de algunos de sus rudimentarios anhelos congénitos, poder, acumulación de riquezas y prestigio social ha hecho que el relato de su existencia sea un cúmulo de atrocidades.