Opinión

El delirio del Nerón kremliniano

TRIBUNA

Boris Cimorra | Jueves 03 de marzo de 2022

En mis dos últimos artículos expuse mis razones por las que Putin no se atrevería a invadir Ucrania. Formalmente, tendría que pedir perdón al lector por haber fallado en mi pronóstico, pero, al mismo tiempo, quiero recordar que hice una “pequeña” advertencia, sólo “si a Putin se le va la olla” atacará Ucrania. Todos mis argumentos estaban basados en que un líder de un gran país debe moverse en sus actuaciones y decisiones por la fuerza de la razón, que ayuda a su intelecto a analizar debidamente los datos, las informaciones, los sucesos y los acontecimientos, para tomar unas decisiones correctas en provecho de su país y del pueblo que le había elegido para gobernarlo. Lo mismo pensaba yo sobre la capacidad “racional” del presidente de Rusia, Vladimir Putin. Sin embargo, no resultó así. Y hoy tenemos una guerra sangrienta en el centro de Europa que está horrorizando a todo el mundo civilizado.

Muchos de mis amigos y conocidos, estupefactos, me preguntan: ¿Qué se puede esperar de Putin? ¿Se parará, conformándose con ocupar la zona de Donbás o irá más allá, hasta la frontera occidental de Ucrania, amenazando ya a los países vecinos de Ucrania – los miembros de la OTAN – de emplear la fuerza militar para obligarles a cumplir el ultimátum que él les había presentado dos veces, antes de la intervención en Ucrania, pero que fue rechazado tajantemente por la Alianza Atlántica?

Si no he podido prever “correctamente” las actuaciones del presidente ruso, pensando que él es una persona “racional”, con qué acierto puedo hacerlo ahora, tratándose de un ser “irracional”, que se mueve por caprichos y manías, o sea, convertido en un completo enfermo mental, a quien verdaderamente “se le ha ido la olla”. No obstante, intentaré trazar posibles líneas sobre sus próximas actuaciones, teniendo en cuenta las informaciones de que dispongo en el momento de escribir este artículo.

En primer lugar, la prueba de que Putin no estaba preparando una guerra de envergadura, concentrando unos 150.000 efectivos en la frontera con Ucrania, parece ser cierta, ya que sus tropas durante los primeros y más decisivos días de la guerra no han logrado grandes éxitos en su avance hacia la capital ucraniana, Kiev; además, el ejército ruso ha sufrido numerosas bajas entre sus soldados y destrozos en el material bélico. A lo largo de los primeros cinco días del enfrentamiento armado, Rusia está sufriendo las pérdidas en sus efectivos que equivalen a las que estaba teniendo durante un año en la “famosa” guerra en Afganistán que duro diez años. En estos cinco días cruciales, las tropas rusas no han conseguido tomar ninguna ciudad importante en el territorio ucraniano. Sin tomar las ciudades, donde vive la mayoría de la población del país, es imposible ganar la guerra y establecer un nuevo régimen sumiso al Kremlin.

El contingente de 150.000 efectivos no es suficiente para ganar una guerra “de verdad” a un país con más de 40 millones de habitantes y cuyas fuerzas armadas superan dos o tres veces el contingente mencionado. Esto decían todos los expertos, más o menos serios, a los que he escuchado. Así que el despliegue de este pequeño ejército en las fronteras con Ucrania servía a Putin para chantajear a los países occidentales, especialmente a los participantes en el proceso negociador de Minsk: EE.UU., Alemania y Francia, para que ellos, bajo el miedo a una guerra en Europa, obligaran a Ucrania a cumplir los Acuerdos de Minsk, que convertían a Ucrania en un “protectorado” de Rusia. Y voy a explicar el porqué.

Los “Acuerdos de Minsk”, el 1 y el 2, estipulan que los territorios de las así llamadas “Repúblicas Independientes de Donbás y Lugansk” deberían tener sus propios representantes en el parlamento ucraniano (la “Rada”), elegidos por sufragio universal organizado en estos territorios por la propia autoproclamada administración “independentista”. Las actuales “milicias territoriales”, cerca de 40 mil efectivos, tendrían que ser integradas en el ejército regular y la policía ucraniana, que proporcionaría al Kremlin el control y la influencia tanto en el parlamento nacional, como en las fuerzas armadas y del orden público. Los diputados de las regiones independentistas tendrían un “veto” en el parlamento ucraniano a cualquiera iniciativa que les pareciera inadecuada para sus intereses y las de Moscú.

De esa manera Donbás se convertía en un auténtico “Caballo de Troya” de Rusia en una Ucrania soberana. Este control permitiría al Kremlin obstaculizar cualquier intento del Gobierno ucraniano de acercarse a la Unión Europea y a la posible entrada de Ucrania en la OTAN. O sea, Ucrania, cumpliendo tal como lo pretendía la parte rusa los “Acuerdos de Minsk”, dejaba de ser un país soberano, convirtiéndose en un protectorado de la Rusia de Putin. Cuando digo “tal como pretendía la parte rusa”, quiero aclarar lo siguiente: no es que Ucrania se negase a cumplir totalmente los Acuerdos de Minsk, sino que también exigía a que Rusia los cumpliese íntegramente y no sólo en los puntos que la favorecían claramente.

Por ejemplo, el punto sobre la concesión del estatus autonómico especial a la región de Donbás. El Gobierno ucraniano estaba dispuesto a reconocerlo, pero no antes del restablecimiento de su control administrativo sobre este territorio, perdido a causa de la agresión militar de las milicias “pro-rusas”, que habían ocupado un tercio del territorio administrativo de Donbáss, en 2014. Bajo la ocupación de un invasor, no se podían organizar las elecciones libres y sin falsificaciones al parlamento nacional. Rusia estaba en contra e insistía en que los comicios debían haberse celebrado antes de la retirada de las milicias “pro-rusas”. Unas discrepancias de este tipo existían en otros puntos de los Acuerdos de Minsk.

Con toda la razón del mundo, el nuevo presidente de Ucrania, Vladimir Zelenskiy, elegido hace más de dos años, desde el primer momento se había negado a cumplir estos acuerdos “trampa”, intentando renegociarlos, pero el Kremlin estaba insistiendo en su cumplimiento a rajatabla. Todas las presiones directas de Rusia para que las autoridades ucranianas cumplieran dichos acuerdos nunca tuvieron un resultado positivo. Esta resistencia ucraniana ponía cada vez más nervioso al Putin “estratega militar” y, por eso, intentó, reitero, presionar a los países occidentales, cofirmantes de los Acuerdos de Minsk. Una vez rechazado por Ucrania el ultimátum del Kremlin, la OTAN ante una amenaza real del ataque de las tropas rusas a Ucrania, empezó a proporcionar una importante ayuda militara Ucrania para que pudiera defenderse de una supuesta, y ahora real, invasión rusa. Entonces, Putin, ofendido y humillado, decidió pasar al Plan B, al haber fracasado el “A”: atacar a Ucrania, con las tropas ya desplegadas, y en un “blitzkreag”, en dos días – como le prometían a Putin sus generales – tomar la capital ucraniana, derrocar el gobierno actual y poner una administración totalmente dependiente de Moscú.

Pero el “blitzkreag”, como hemos visto, ha fracasado, gracias a una feroz resistencia del ejército regular ucraniano y de sus fuerzas voluntarias de la “”defensa civil”, así como por una muy baja preparación “militar” de las tropas rusas para una guerra relámpago. A mi juicio, este fracaso inicial no va a frenar la ofensiva militar y los generales rusos, aumentando su contingente y empleando el armamento más mortífero que existe, como unas “bombas de calor” que, con las altas temperaturas que producen su explosión, queman todo lo vivo y no vivo a su alrededor, convirtiendo el territorio donde caigan en un desierto.

Con este tipo de armamento de “destrucción masiva”, el Nerón kremleniano intentará, si el mundo libre no se lo impide, ganar la guerra y establecer en Ucrania un protectorado moscovita. Y si el “bloque occidental” intenta frenarlo, por todos los medios a su alcance, principalmente, con sanciones y con el rearme de las fuerzas armadas ucranianas, el pirómano del Kremlin, estará dispuesto a emplear las armas nucleares, poniendo en peligro no sólo las vidas de la población de los países occidentales, sino de su propio país, dado que la respuesta nuclear de los Estados Unidos y la OTAN sería devastadora para el pueblo ruso, como el fuego que provocó el emperador romano Nerón, un Putin de la época, en su delirio enfermizo.

En pocos días, Putin ha repetido varias veces la amenaza nuclear contra Occidente, si la situación en Ucrania le resulta insoportable, así que, como podemos verlo, el Comandante en Jefe va totalmente en serio. Por tanto, los dirigentes de los países occidentales no deben tomar tales declaraciones como un “farol” de turno. Putin hoy en día es una amenaza real a la Paz mundial.

Si alguno de los estrategas occidentales piensa que, para no provocar la guerra nuclear, lo “razonable” sería dejarle al presidente ruso que se salga con la suya en Ucrania, comete un grave y fatal error, porque Putin no se detendrá en Ucrania. El próximo objetivo será Moldova y luego los países bálticos, todas las ex repúblicas soviéticas que antes formaban parte de la URSS. En su idea maniaca de entrar en la Historia como el reformador de una nueva Rusia Imperial, en las fronteras del Imperio Zarista del final del siglo XVIII – lo que él mismo “informalmente” había expresado en varias ocasiones – es capaz de todo, hasta de quemar su propio país.

Por lo tanto, el mundo libre debe comprender que hoy en día la guerra en Ucrania no es sólo una guerra del pueblo ucraniano por su independencia contra un invasor imperialista, sino es una guerra por la libertad de toda la civilización occidental. Hoy en día Ucrania es la frontera entre la libertad y la esclavitud, a que nos quiere someter el nuevo Zar ruso (después de que ella fue abolida en Rusia en 1861), o los actuales Emperadores del Globalismo.

Es menester no dar ni un paso atrás en las sanciones contra Putin. Ni un compromiso con el agresor ruso a cambio de “vender” a Ucrania. Y por último: la derrota de Putin será, al mismo tiempo, la liberalización del pueblo ruso, amordazado y sometido a una dictadura repugnante, la última (queda solo una más, la Bielorrusia de Lukashenko, un aliado de Putin en la guerra con Ucrania) en el continente europeo.

No asociemos a Putin con todo el pueblo ruso. La mayoría de los rusos están en contra de la guerra con sus “hermanos” ucranianos, pero, de momento, no pueden manifestarse abiertamente, dado que la represión de la policía de Putin es brutal. Por tanto, ayudando a Ucrania a no caer en las garras del dictador ruso, ayudaremos también al pueblo de Rusia librarse de su tirano enloquecido.