Opinión

El Zar más manso de Rusia

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 04 de marzo de 2022

En 1876 se publicó en Kiev un libro de largo título, El imperio moscovita en tiempos de Aléksieyi Mijaílovich y del patriarca Nikón, según los apuntes del archidiácono Pável Aleppskii, en el que Iván Obolenskii demostró que el zar más manso de Rusia fue este Aléksieyi Mijaílovich ( 1645-1676 ). Para este zar la guerra, lejos de ser el eterno instinto animal de las naciones insensatas, podía entrañar también la salvación de la civilización eslavo-ortodoxa y una paz justa frente a la Europa luterana, que hoy habla tanto de humanitarismo y filantropía en medio de los corros de los agiotistas de la Bolsa. El heroísmo bélico de quien se sacrifica por cuanto considera sagrado también puede esconder una belleza moral y redentora. A pesar de la servidumbre mental que sufre la mayor parte de la Prensa occidental, el nuevo Zar puede haberse alzado por los millones de prorrusos que viven en Ucrania, la pequeña Rusia, y también por la propia salvación de Rusia, su patria. En alguno de sus discursos a su pueblo ha recordado a Alejando I, quien decía ante la masa colosal de un pueblo que se resistía a ser mendigo de Europa, que se dejaría crecer las barbas y se iría con su pueblo a los bosques antes de soltar la espada y someterse a la voluntad de Napoleón. Soy de la opinión que Rusia es absolutamente necesaria para la real independencia de Europa y el modelo de vida occidental, con los fundamentos morales y culturales del cristianismo, pero también de Grecia y Roma. Si Europa no acepta a Rusia como socio, pronto Europa probablemente empezará a exhalar algo así como el hedor que despide un cadáver corrupto.

La actual guerra entre Ucrania y la Federación Rusa está fundamentalmente provocada por sesenta años de independencia ucraniana comunista durante el Imperio Soviético. Antes de la Revolución Rusa, Ucrania, enmarcada en el gran Imperio Ruso, no tenía carácter de Estado. Sólo la Revolución Rusa y la Alemania invasora de la Iª Guerra Mundial cortaron los vínculos de Ucrania con Petrogrado, la antigua capital del inmenso Imperio de los zares. La URSS sólo se formó a finales de 1922 en base a la unión voluntaria de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y la República de Transcaucasia. Las demás Repúblicas se incorporaron a la URSS más tarde, y aunque se elaboró una Constitución Soviética, todas las Repúblicas “hermanas” tenían su propia Constitución, su Sóviet Supremo, su Gobierno y su Consejo de Ministros. Las Repúblicas Soviéticas eran independientes de facto, con legislaciones diferentes e idiomas distintos, y sólo las mantenía unidas la pestífera ideología del comunismo, algo así como en la Edad Media la Res Christiana se mantenía unida por la religión. Desprestigiada la ideología comunista y con ella liquidado el PCUS, todas las repúblicas que integraban la URSS subrayaron aún más su independencia, desligadas del vínculo ideológico que las unía. En resumen, fue el separatismo comy unista de la Revolución del 17 la razón más lejana de esta guerra terrible en suelo ucraniano. Y si comparamos la ideología comunista con el cristianismo ortodoxo tenemos que decir que el cristianismo ortodoxo mantuvo mucho mejor unidas las muchas partes del Imperio de los zares que el comunismo. Por eso no entendemos a este Papa jesuita que en esta guerra apoya paladinamente a los enemigos del cristianismo. Empieza ya a ser un rasgo característico en él.

Joan Lichtenberg escribió en un elegante latín en 1528 Prognosticationes, o Libro de Profecías. En este libro se dice que el Águila oriental volará hacia el Sur, recobrando lo perdido ( “volabit ad meridiem recobrando amissa” ). Y que en amor de caridad inflamará Dios al Águila oriental que vuela a las grandes empresas refulgiendo con dos alas en los montes de la cristiandad ( “Et amore charitatis inflammabit Deus aquilam orientalem volando ad ardua alis duabus fulgens in montibus christianitatis” ). Yo no sé si el ensueño profético de Joan Lichtenberg se cumplirá, pero está claro que no nos interesa a los occidentales desoír esta vez a Casandra.

Aunque poco puede un humilde estudioso contra la omnisciencia de la Prensa y sus verdades inconcusas, es un hecho histórico, sin embargo, que toda mejora de la situación de los pueblos eslavos es siempre para Europa un evidente menoscabo. Hasta los Papas y su catolicismo romano ( Pío IX ) han ayudado apasionadamente a los turcos contra los pueblos eslavos. La falta de entendimiento con Rusia hace que Europa se encuentre en el aislamiento, y lo mismo le pasa a Rusia con respecto al resto de Europa. Ahora bien, nunca fue Rusia tan indispensable por mil motivos a Europa como ahora, ni Europa tan indispensable para Rusia. La diferencia está en que probablemente la vieja Europa esté más atada a las “fatales cuestiones” que la propia Rusia. Sea como sea, el mutuo aislamiento de Rusia y Europa occidental, contribuye a sabiendas, culpablemente, a la total ruina del Viejo Continente. Y la cosa se complica cuando Putin, desde el punto de vista del consumo interno, necesita imperiosamente ganar esta guerra. No haber ido ahora a la guerra hubiera significado dejar escapar para siempre Ucrania al lado oscuro. Esperemos que ésta pronto acabe con las conversaciones de Gómel y su guadaña no siga segando las vidas de tantos eslavos inocentes hermanos. En realidad, Rusia ha ido a la guerra en un afán por mantener el orden de cosas, que ni perjudica a Rusia, y tampoco, bien mirado, ha perjudicado a Ucrania. Otra cosa es la rusofobia del gobierno, de la que más de media Ucrania no participa. Desgraciadamente la lucha entre los dos gobiernos era inevitable y muy difícil de conjurarla con las pasiones artificiales que el gobierno ucraniano había levantado, y que también habían sido alentadas por algunos países europeos. La responsabilidad de los muertos es palmariamente coral.