Alicia Huerta | Miércoles 24 de septiembre de 2008
A Miguel Ángel Revilla, presidente de Cantabria, nunca se le ha conocido por su discreción. Suele provocar anécdotas, más o menos ocurrentes, que sirven para llenar unos minutos de los informativos y la pasada semana su frase textual: “Yo mojé por primera vez a los 18 años…y pagando” incluso le hizo ganarse acusaciones de apología de la prostitución por parte de algunos sectores políticos. Pero lo cierto es que, según las estadísticas, uno de cada cuatro hombres es cliente de la prostitución.
En todo caso, y en vísperas de que entren en vigor las nuevas normas promovidas por el Ministerio de Igualdad que pretenden brindar ayuda económica y jurídica a las prostitutas que colaboren con la policía, esta es una ocasión más para volver a poner sobre la mesa de debate un tema, el de la regulación del oficio más antiguo del mundo, sobre el que nadie se pone de acuerdo. En ciudades grandes como Madrid, al final, lo que más preocupa a los ciudadanos es no tener que convivir con la prostitución en su propia calle.
Desde algunos barrios de la capital, e incluso desde lugares más apartados como la Casa de Campo, las prostitutas han tenido que ir emigrando a polígonos industriales y a carreteras. En la Casa de Campo, por ejemplo, no hubo más remedio que recurrir a su cierre al tráfico para que los clientes no lo tuvieran tan fácil y conseguir de esta forma que volviera a ser normal ir al Zoo o al Parque de Atracciones un sábado por la mañana, sin tener que contestar las preguntas de los críos, que siempre lo quieren saber todo, y pedían incansables a papá y a mamá que les dijeran quiénes eran esas señoras que con tan poca ropa hacían señas a los coches para que se parasen.
Pero en Madrid existen lugares que llevan tantas décadas ocupados por la prostitución que todas las iniciativas, legales o ilegales, para erradicarla han acabado por fracasar. En calles como la de la Ballesta o de la Montera, los vecinos, cansados de soportar todo lo que el tráfico sexual conlleva, tuvieron la idea de grabar desde sus balcones a las prostitutas y a sus chulos, los trapicheos de drogas que a veces las acompañan y las broncas y malos rollos con los que no tienen más remedio que convivir. Colgaron los vídeos en Youtube y hubo reacciones para todos los gustos.
Por fin, intervino el Ayuntamiento en estas dos clásicas y antiguas calles colocando cámaras para disuadir a los clientes. Además, una iniciativa empresarial llamada TriBall se propuso revitalizar la zona y se hizo con nueve de los diez prostíbulos que funcionaban en la calle de Ballesta para convertirlos en modernos espacios de arte y diseño. Todo sin resultado. Las mujeres, los proxenetas y los clientes siguen allí. En la vecina calle de la Montera tampoco se ha conseguido nada. Por cierto, que cuenta la tradición que su nombre se lo debe a la mujer de un montero mayor de Felipe III, cuya hermosura era célebre en la Corte. Además, peligrosa. Por lo visto, cuando salía a misa, a su paso no faltaban las estocadas entre los galanes que se disputaban una mirada suya. Y por la noche, la Policía trabajaba sin descanso para recoger los muertos que caían atravesados por la espada de un rival bajo la ventana de la hermosa montera. Como decía la famosa comedia de Narciso Serra: “que es mucha calle, señor, la calle de la Montera”.
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