Opinión

Inteligente y brillante

PÁLIDA CONDENA

Miguel Ángel Gómez | Lunes 07 de marzo de 2022

“La realidad depende de tu mirada. Mirar es una actitud”, ha repetido una y otra vez Juan Manuel Uría siendo auténtico. Su lucidez le hace no dar rodeos y responder directamente. Pocos escritores a los que la inspiración les acuda a raudales a los ojos, urgente, irremediable.

En Infancia es lugar (Cypress) −la serie de aforismos que ahora saca− se encamina laboriosamente hacia el inicio, hacia el interior de uno mismo. Si existe algo como un “espacio sin tiempo” o un “espacio en el mundo sin tiempo”, entonces se llama infancia. En ese espacio hubo alguien que oía todo el denso murmullo de toda la gente al hablar. Oía el barboteo de bocinas de coche en la calle. Una moto en el fondo de la avenida. Un aeroplano dirigiéndose hacia la zona de despegue. Pasaba noches intranquilas, con amenaza de tormenta. Se sentaba a pensar. Dibujaba lo que no sabía, pero estaba ahí. Lo que miraba era mirado por capas de sí mismo tras adoptar un ángulo conveniente.

Juega Juan Manuel Uría con lo que es y lo que desea ser, conteniendo la respiración: lo que mira tiene historia de color cobre inoxidable, pero no nombre. “Lo que miro” -asegura- “se filtra a través del tamiz en el que quedan escorias y lodo”. Juan Manuel Uría sabe esperar, acercarse al brillante collar de luces, contemplarse en el espejo con cierta satisfacción siendo una multitud al mismo tiempo: “Soy todos ellos (…) Los dejo conversar. Cada uno tiene razones que el otro, unas veces, rechaza y, otras veces −las más−, ignora”. A más de un lector le recordará a Walt Whitman, aquel que tenía siempre algunas magulladuras conteniendo dentro de sí multitudes que son como un fantasma. Hay en Infancia es lugar, el esperado último libro de Juan Manuel Uría, aforismos memorables en buen estado de conservación que tienen sangre en las venas. La patria surreal es un lugar que analizar con perseverancia: “Espacio de la posibilidad donde la razón queda suspendida, donde la lógica se llena de agujeros”. El mundo recobrado de la infancia nos obsequia con unos cuantos sitios comunes que mirar con asombro (“La áspera creativa es una infancia que busca no aburrirse, que selecciona algunas piedras y unos palos para construir un hogar”). A ratos el autor parece volver sobre su frase anterior, tratar de reescribirla. Son líneas perfectamente visibles igual que aquellas de F. Scott Fitzgerald que rescato firme: “Mientras se alejaba como una nave sobre un océano laberíntico entre las imprecisas masas nocturnas de los grandes edificios, entre gritos y sonidos metálicos tan pronto silenciados como estridentes, la rodeó con el brazo, la atrajo hacia sí y le besó la boca húmeda e infantil".

Leer a Juan Manuel Uría equivale a pasear por los arrecifes barridos por el viento. Es entrar en una casa perfecta que no es demasiado clásica para adornar. El autor experto en aforismos, reunió aquí, en su volumen, textos breves y dibujos con una sensación de férrea dependencia claramente manifiesta en toda esa organización. No escribe sobre infancia, no habla de infancia. Es infancia. Permanece allí donde no hay tiempo. Las palabras salen precipitadamente. Es un escritor nada aburrido, un excelente escritor que trabaja a partir de su inteligencia. “Lo que miro se entrevera con lo que soy. Con lo que he sido. Con lo que deseo (o ya no deseo) ser”.

Los fragmentos que encontramos, nos traen cordeles invisibles que unen las edades con mucha facilidad. “En ese espacio hubo alguien. ¿Hay alguien? Si hubiera alguien díganle que me acuerdo, que sigo ahí”. Esto trae corrientes de vida invisible, pensamientos subyacentes.

Va en busca del arte auténtico, abre un armario como un niño, levanta la tapa de un baúl vacío, mira en su interior y después se detiene ante una puerta blanca. Toda la escritura de Juan Manuel Uría conduce a otro mundo de ternura, de resplandor, de pensamiento. O mejor, de lo vulnerable y de lo verdadero de la tierra (esa “pura, sin tiempo para la cual fuimos creados, y que jamás deberíamos abandonar”, dice José Luis Trullo en su proemio). No resulta extraño que encontremos aquí un punto de partida y un espacio de resistencia: “en definitiva, la infancia, la poesía y el silencio”.