Irremediablemente me tengo que acordar de mi excelente compañera y amiga Alejandra Ruiz Hermosilla cuando en el debate que provocaba en la redacción de El Imparcial una noticia sorprendente siempre decía: “¿Pero por qué tiene que ser un loco? La maldad existe”.
Alguien comentaba una noticia y las opiniones brotaban entre los compañeros. Si un padre se suicida con su hija de dos años en brazos solo para hacer daño a la madre al morir ambos lo lógico, o lo habitual, es pensar que está loco, que cómo puede hacer eso a su propia hija. Pero es así, pasa. Sucede con mucha frecuencia y no necesariamente tiene que ser un brote psicótico o una enajenación mental o una demencia. La psicopatía del individuo puede ser mucho más fácil de describir: maldad.
Quizá no estén de acuerdo con mi opinión de no experto en Psicología, pero por lo que hace y dice, Putin no es un loco que no sabe lo que hace y no piensa lo que dice, es una persona a la que, simplemente, no le importa infligir el mayor dolor que se puede hacer a otras personas por el mero hecho de cumplir un sueño, que, efectivamente, puede ser de grandeza. Pero no de grandeza solo personal. Cuenta con un objetivo, con un fin, tiene un plan y lo está ejecutando.
A Putin no le importa decir a la cara al presidente francés Enmanuel Macron que no entra en sus planes invadir Ucrania y dar la orden pocas horas después y provocar la muerte de miles de inocentes y hambre y ruina para millones de ucranianos. Su cinismo, cinismo moral si quieren llamarlo así, tiene un objetivo claro: conseguir lo que quiere. Miente y no siente la más mínima empatía por nadie porque forma parte de su manera de gobernar y ganar. ¡Qué buenos réditos políticos da tantas veces la mentira!
En este punto, la solución es muy complicada. Porque, lo que para una mayoría abrumadora de personas en este Planeta es una masacre injustificable y no cabe otro razonamiento, de ahí que pensemos que es una locura, se trata de un daño colateral calculable y ya calculado para Putin y sus seguidores, que son millones también. Si afecta a su imagen personal, al país o a sus relaciones diplomáticas con otros países, no se le ve muy preocupado con ello.
Sí lo estamos, sin embargo, y mucho, sus vecinos, los que vivimos en su área de influencia, bien militar o económica o de suministro de hidrocarburos. Los mismos que, quizá, también tenemos que valorar, hasta qué punto se ha permitido a Rusia llegar hasta aquí. No sería descabellado empezar a trazar una estrategia y pensar hasta dónde le va Occidente a permitir a Putin hacer lo que quiera, todo el tiempo que quiera y con quien él quiera.
Rusia ha traspasado muchas líneas rojas y la UE y la OTAN se lo ha permitido. Ya ha invadido otros países, ejerce una influencia abusiva, por no decir directamente imperial sobre una buena parte de exrepúblicas soviéticas, ha envenenado a opositores, incluso en territorio extranjero, y se ha mirado para otro lado. ¿Por qué? ¿Para no molestar a la bestia? ¿Por que tiene armas nucleares? ¿Por que desembocaría en una tercera guerra mundial? ¿Por eso no se ponen límites a Rusia?
Hay miles de libros y canciones y películas que tratan sobre eso de vivir bajo el yugo del fuerte, sin libertad, al albur y capricho del que se sabe poderoso y utiliza ese poder para la injusticia, para la maldad, que no necesariamente locura. Y me acuerdo de mi amiga Alejandra porque creo que tiene razón cuando dice que hay malos que no queremos reconocer y los llamamos locos. Y me acuerdo de esa fantástica canción de Gordon Matthew Thomas Sumner, por todos conocido como Sting, titulada Russians, y en la que muestra un deseo que parece muy significativo ahora que hablamos de bombas nucleares y de la posibilidad de usarlas, cuando dice: “Espero que los rusos amen a sus hijos también”.