Los que leímos en nuestra ya lejana juventud La Guardia Blanca, de Bulgákov, nos parece ahora que asistimos a una invasión de Kiev que ya conocíamos, que ya habíamos vivido en la imaginación, como un “déjà vu”. Kiev, la madre de todas las ciudades rusas, estuvo siempre interiorizada en el corazón de Bulgákov, como si el propio Kiev se confundiese con su corazón. Entonces Kiev fue tomado finalmente por los bolcheviques rusos a consecuencia de la debilidad que produjo la guerra civil interna de los pequeños rusos, divididos entre los dignos defensores de zar Nicolás II y una sociedad amable y civilizada ( la noble Guardia blanca ) y los partidarios del siniestro Petliura y sus temibles “anarquistas conservadores”, brutalmente antisemitas. Los héroes de Bulgákov son juguetes en manos de fuerzas incontroladas, a quienes arrolla esa ventisca que nos aparece ya en el mismo nuncupatorio de la novela, epígrafe extraído de la Hija del capitán, de Pushkin. Y Pushkin fue el primer ruso según Dostoyévski al expresar por primera vez en el arte de la literatura el espíritu de Rusia. La Guardia Blanca es una novela de frustraciones y dulces estéticas devoradas por la historia, siempre despiadada. Sólo el honor de soldados y el deber espiritual ante la patria detiene a los oficiales del ejército de Kiev a no escapar con los alemanes del general von Bussow de la ciudad, a pesar de la absoluta inmoralidad y cobardía que reina en sus dirigentes políticos corruptos, como en el caso del hetman y el general de caballería Belorúkov. En vez de unirse ante el invasor rojo, zaristas y anarquistas reaccionarios ( la sombra de Petliura, el primer fascista europeo ) se matan en una guerra civil de pequeños rusos, enmarcada en la otra guerra civil de todos los rusos.
En Odessa los ucranianos recibían mercenarios griegos y dos divisiones de senegaleses como ayuda. Odessa fue fundada por el almirante de Catalina la Grande José de Ribas, de origen español. Para los griegos era un lugar muy familiar ya que hacía 2.600 años que habían fundado allí colonias como Olbia y Ophiusa, por donde sacaban el trigo ucraniano a través de Byzantium y Calchedón. Desde Jenofonte los griegos han sido siempre magníficos condotieros. También una legión polaca colaboraba con los zaristas contra las hordas de Petliura.
La palabra que designa al gato en pequeño ruso significa ballena en gran ruso, falsos amigos que llenan de equívocos a ambas categorías de rusos que los hacen suspicaces. Kiev era entonces un reino de opereta en el que los trajes pomposos de los oficiales monárquicos no correspondían con un eficaz uso de las armas. Quos Deus vult perdere, dementat!
Los artilleros se defendían del cerco con morteros y los cañonazos retumbaban como envueltos entre algodones. Fue entonces cuando por vez primera nació la bandera bicolor – una franja azul claro y otra amarilla -. Cada vez más cerca los cañones de Petliura alzaban su vozarrón de bronce y se oía el tableteo de las ametralladoras. El general Kartúzov formaba milicias de voluntarios para defender la madre de las ciudades rusas, la flor del Dniéper, aquel río Boristhenes del que hablasen, entre otros grandes poetas romanos, Propercio y Ovidio. En torno a Kiev, aquí y allá, reventaban los proyectiles con estruendo…Y, sin embargo, en la ciudad, a pesar de los estampidos de la artillería, los cafés estaban abiertos y llenos, las tiendas permanecían vendiendo, y hasta el tranvía circulaba con el traqueteo de costumbre. De la belleza de la zarina Alejandra Fiódorovna se seguía hablando en las peluquerías de señoras. La inconsciencia de un pueblo feliz, amante de la cultura y la vida refinada y amable, iba a ser fatamente la gran aliada del fascismo que se venía encima. Los rusos del norte habían tomado las carreteras. El coronel Nai-Turs, mártir de la libertad, fue el héroe del momento, aunque Kiev fuese tomado finalmente por los hombres de Petliura.
El horror, la verdadera toma, llegó cuando dejaron de oírse los cañonazos y los estampidos de las explosiones de los obuses, y toda Kiev se llenó de disparos que venían del cielo, por los tejados y las paredes. Los soldados ucranianos leales al zar empezaron a despojarse de las hombreras, las cartucheras, los cinturones y los fusiles, arrojándolo todo a la nieve, para no ser objetivo de los hombres de Petliura.
La Ucrania independiente con Petliura fue un borrador de lo que sería la Alemania nazi, con sus programados genocidios de judíos. Kiev llega a la independencia desde el genocidio. La cuna de la Ucrania independiente es un anteproyecto de nazismo, y Petliura fue asesinado en París por un judío justiciero, que fue absuelto en el tribunal francés que lo juzgó por haber eliminado a un verdadero genocida. Este origen turbio y bárbaro de la independencia ucraniana en el diciembre de 1918 no debe empañar sempiternamente el futuro de la nación ucraniana, pero sí sirve como advertencia histórica de que la independencia es un instrumento para la libertad y felicidad de los pueblos, de todas las personas, y no una posibilidad para experimentar un régimen que desarrolle una sociedad fundada en los prejuicios más malsanos y morbosos de los dirigentes. Por el contrario, Ucrania debe buscar un proyecto nacional que entrañe una identidad nacional inseparable de la libertad y la democracia, con sus corolarios de Derechos Humanos de primera generación.
Percibimos entre las líneas de la novela la melancolía de Bulgákov por aquella sociedad monárquica, liberal, refinada y burguesa, la única que sabe entender que el alma humana es mucho más compleja que lo que dan a entender los totalitarismos de uno y otro signo, obsesionados por la idea de la bondad propia y de la maldad ajena.