La primera lección que niñas y niños debieran aprender es que no hay ciencia ética de casos concretos, sino únicamente de los principios o reglas generales. La consecuencia inmediata es que nadie puede juzgar la conducta de nadie, a no ser que haya razones suficientes para ello. Pues las hay en situaciones especiales.
En efecto, la naturaleza y la sociedad obligan a que los padres tengan que educar a sus hijos, los profesores enseñar a sus alumnos, los jueces condenar a los delincuentes probados, y hasta los guardias de tráfico multar a quienes violan las normas de tráfico.
Si se les enseñó bien la primera lección antes mencionada, los niños que llegan a padres, profesores, jueces o guardas de tráfico tendrían bien clara la idea de que sus juicios no tienen más justificación que la necesidad del mínimo de convivencia social. La función social, que les obliga a juzgar a otros en muy especiales circunstancias, se limita a la conducta externa. No pueden entrar en el interior de las conciencias. Saben bien que desconocen hasta qué punto alguien fue bueno o malo en su acción concreta. Eso sólo Dios lo sabe. Sólo Dios posee ciencia ética de los casos concretos. Por tanto, ejercerán su labor juzgadora con la reserva y limitación que aprendieron de niños. Sólo procurarán que los ciudadanos cumplan externamente las leyes. Nunca se les pasará por la cabeza ir al interior de las conciencias, intentando imponer su propia ideología.
El gran problema de los actuales “educadores en valores” es que no saben siquiera cuáles y cuántos son éstos. La degradación moral de Occidente en nuestra época es tal que a los niños se les enseña una falsa moral de casos concretos: sí al aborto, sí a la eutanasia, sí al botellón, sí a la homosexualidad, sí al cambio de sexo, sí a la reproducción asistida, sí a los niños probeta, sí a la pastilla anticonceptiva, etc. Siempre conductas concretas y nunca principios generales. Para ser breves, digamos que lo que se enseña ahora a niños y adolescentes es en esencia el “casuismo LGTBI”.
Entendamos esta expresión en sentido amplio, como simbólica o emblemática. Denotamos con ella la patente degradación de las costumbres en nuestra sociedad. La extendida y profunda pérdida de conciencia moral tiene sus raíces en el actual casuismo LGTBI.
Se suele hablar de modo pedante sobre “educación en valores”. En todas las leyes educativas de todos los países encontraremos esa banal y vacua expresión. Pues en realidad lo que enseña de hecho es el casuismo LGTBI, una falsa ética de casos concretos. Los educadores están radicalmente equivocados. La metáfora del ciego que guía a otro ciego se cumple al pié de la letra.
¿Tan difícil es educar en reglas morales teóricas? ¿Hay algún criterio seguro que nos permita identificar con certeza los verdaderos valores o principios éticos generales? Sí lo hay. Se trata de la que ha sido llamada “Regla de Oro ”. Trata a los demás como quieres que ellos se comporten contigo. O no hagas a los demás lo que no quieres que ellos te hagan a ti.
Procuremos formalizar nuestro discurso en la medida de lo posible y expresemos la Regla de Oro de la manera que sigue. Si A es verdaderamente un valor ético, entonces todos saldríamos ganando y nadie perdiendo en el supuesto de que todas las personas, todas sin ninguna excepción, cumplieran siempre A. Si uno solo sale perdiendo, entonces A no es un valor ético. Así expresada en lenguaje ordinario, la Regla de Oro se formaliza sin dificultad, aunque no vamos a hacerlo aquí.
Por ejemplo, la “lealtad” es un valor ético, porque todos ganamos y nadie pierde en el supuesto de que todos fuésemos leales, o hiciéramos siempre honor a la palabra dada.
En cambio, el aborto no puede ser un valor ético, porque en el supuesto antes mencionado la especie humana desaparecería la faz de la Tierra. Perjudica a todos, Es mucho más que el mínimo exigido. Pues bastaría que un solo ser humano fuese perjudicado para concluir que el aborto no puede ser un valor.
La Regla de Oro tendría que ser, por tanto, el eje didáctico que centrase una correcta educación en valores. Es una herramienta intelectual suficiente para identificar con certeza los valores. Y aún más para sacar a la luz la espuria moral de los casos concretos.
El error más básico en todo casuismo, y por tanto también en el propalado por el movimiento LGTBI, es que pisotea la libertad del hombre en sentido positivo. Es su radical negación. Ahí está su más perniciosa maldad.
Se hace necesario recordar aquí esta fundamental distinción. Libertad positiva es la capacidad de hacer el bien o el mal. Libertad negativa es hacer el bien o el mal de una manera o de otra, con tales o cuales medios. Libertad positiva es un todo o nada. O se tiene del todo, o no se tiene en absoluto. En cambio, la libertad negativa es el abanico más o menos abierto de posibilidades, que nos dejan las barreras que encontramos a nuestra acción.
¿Cuando son justas o injustas tales barreras? Apliquemos de nuevo la Regla de Oro. Si todos a mi alrededor, todos sin excepción, cumpliesen todos los valores éticos, yo no encontraría barrera alguna injusta a mi libertad negativa. Las que encontrase serían todas justas. Tendría toda la libertad negativa que me atribuyen los propios valores éticos, o sea, escoger medios aptos para cumplir los valores como fines.
Así pues, en el orden teórico, el mayor y fundamental error de todo casuismo estriba en que se opone frontalmente a la libertad positiva. Eso es tanto como arrebatar al ser humano su más elemental dignidad. Lo que en el fondo se nos dice es esto: “tu no eres quién para decidir lo que vas a hacer en los casos concretos de tu vida. Eso te lo decimos nosotros de antemano. Tienes que hacer esto y esto”.
En el orden práctico, lo que hace doblemente odioso el actual casuismo LGTBI es que va acompañado de la ley del más fuerte, el poder de los políticos como Macron y el dinero de los poderosos como Soros. De hecho, el presente casuismo LGTBI es al mismo tiempo un error teórico y una amenaza efectiva.
El doble mensaje que trasmite es éste. “Es mentira que Dios te hiciera libre en sentido positivo, responsable único y exclusivo del bien o del mal de tu conducta. Ya dijo Hartmann que la herencia metafísica de Dios ha pasado al hombre. Pero no a todos. Ha pasado sólo a nosotros, los que tenemos ciencia ética de los casos concretos. Y además tenemos el poder y el dinero. Tu no tienes que pensar nada, ni decidir nada. Te lo damos todo ya pensado y decidido. Sólo tienes que obedecernos como un robot. No somos tan liberales como tu Dios, que te dio supuestamente la libertad positiva, te hizo dueño de tu propia vida, y como persona fueses único en la historia universal. Todo eso es ilusión tuya. Si tu libertad positiva es un todo o nada, te la hemos quitado entera. La única libertad negativa que te queda es someterte a nuestro dictado.”
Repitamos. Lo más perverso y odioso del casuismo LGTBI es que al radical error teórico se suma en la práctica la vejatoria ley del más fuerte, la imposición de los poderosos de turno.
Esta ha sido siempre la gran paradoja de la libertad. Los que más gritan ¡libertad! ¡libertad! son en realidad los peores enemigos de ella. Quieren una libertad negativa sin libertad positiva previa. Pero eso es imposible. Si se arrebata al hombre su libertad positiva, la libertad negativa queda reducida ipso facto a someterse como esclavos al arbitrio de los poderosos. Se niega a la persona su más esencial dignidad, la de ser libre en sentido positivo, ser dueña de su propia vida, decidir por sí misma. No cabe mayor engaño contra la “libertad”, esa sagrada palabra que tanto más se prostituye cuanto más alto se la oye gritar en las calles.
En último término, el error del casuismo LGTBI se refuta con lo más elemental de la lógica. Valores y libertad positiva se coimplican ya en el primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador. La capacidad de percibir la verdad y la falsedad es inseparable de la capacidad de optar por una u otra. El espíritu humano es a la vez pensante y volente, entendimiento racional y voluntad libre en sentido positivo.
Volvamos a la educación en valores. Los débiles ganarían la batalla a los poderosos, si desde niños hubiesen sido educados en los verdaderos valores, los que están garantizados por la Regla de Oro. Desde niños sabrían que el casuismo LGTBI es la mentira de que hay ciencia ética de los casos concretos. Y además sirve de excusa a los poderosos para atropellar a los débiles. Pisotean su más íntima y excelsa dignidad como personas. Les arrebatan su libertad positiva, con lo que su libertad negativa queda automáticamente reducida a ser esclavos.
Cuando al error teórico se une el poder y el dinero, como ocurre con el actual casuismo LGTBI, la única defensa es aprender lógica y axiología. Entonces habría verdadera educación en valores. La ignorancia de ambos saberes constituye hoy día el campo abonado para que se extienda el actual casuismo LGTBI, respaldado además por la ley del más fuerte.