En el otoño de 1944 cuando el devenir de la guerra en el frente del Este había cambiado favorablemente para la URSS, Stalin pronunció su tradicional discurso de conmemoración de la revolución bolchevique. El periódico del frente, Sovietski Voin (El combatiente soviético), recogió las palabras pronunciadas por el líder comunista. La fotografía de Stalin aparecía bajo grandes caracteres, pero por un descuido tanto del corrector como del editor, estaba ausente la letra “l” en la expresión “glavno-komanduyus-chiy”, de forma que en lugar de “Comandante Supremo”, el diario describía al líder soviético como “Cagador en Jefe”. La NKVD arrestó al editor y lo destinó a un batallón de castigo.
Asimismo, en tiempos del dictador, el Departamento de Cultura de la URSS organizó un concurso para premiar el mejor proyecto de un monumento a Tchaikovsky. El primer premio fue concedido a un escultor que había presentado una composición muy original: Representaba a Stalin escuchando con expresiva atención las melodías del genial compositor ruso. Los organizadores valoraron el realismo de los personajes que aparecían en la obra, a pesar de que nunca fueron coetáneos.
El 16 de abril de 1945, ante las colinas de Seelow, en el río Oder, el mariscal Zhukov pidió a sus soldados del Ejército Rojo que el día que tomasen Berlín debían plantar una bandera roja en el Reichstag, marcando así el final de la guerra. En la tarde del 30 de abril, cuando ya Hitler se había suicidado en el búnker, un grupo de asalto de cinco soldados penetra en el interior del destrozado edificio que albergó el Parlamento alemán con la intención de acceder a su tejado. A pesar del fragor interior de la batalla, se adentran por los pasillos y suben, cuando no trepan por las escaleras. Por fin, uno de ellos derriba una puerta que les da paso al exterior. Allí arriba, se fijan en una estatua que culmina el Reichstag, la diosa Germania, para ellos, la de la Victoria, porque es la de mayor elevación para su objetivo. Uno de los soldados, pidiendo a los demás que sujeten sus pies, se encarama sobre la figura e introduce el mástil por un hueco de la corona que porta la cabeza, asegurándolo férreamente. Luego, extiende la bandera. De toda la escena es testigo, inmortalizándola, el fotógrafo Yevgeny Jaldei, natural de Stalino, en la región del Donbass, en Ucrania, invadida hoy por la Rusia de Putin.
Durante cincuenta años, la propaganda soviética divulgó que el hombre que alzó la bandera en el Reichstag fue el georgiano Melitón Kantaria, un soldado elegido premeditadamente con la finalidad de complacer a Stalin, que era también originario de Georgia. Sin embargo, y como cuenta el historiador Michael Jones en su libro El trasfondo humano de la guerra, el soldado que realmente alzó la enseña roja fue Alexei Kovalev, nacido en Kiev, Ucrania, y al que el mariscal Zhukow regaló su mapa personal de Berlín, como agradecimiento por la hazaña. Los censores soviéticos advirtieron a Kovalev que guardara silencio.