El Consejo de la Unión Europea ha acogido una reunión informal (con lo cual los resultados no se le pueden atribuir) en Versalles (el colmo de la formalidad), de los jefes de estado sobre la guerra en Ucrania, dado que esa institución dispone de una gran flexibilidad para desarrollar su actividad, aunque luego no la extienda a lo demás.
Al terminar la reunión informal han emitido una declaración (que no es un acto jurídico que se pueda recurrir) donde dan respuesta, es un decir, porque la competencia le corresponde a un informe de la Comisión, aún sin emitir, a la petición formal de Ucrania de habilitar un procedimiento especial para su ingreso, algo que supondría un cambio fundamental en el funcionamiento de la Unión, como si dijéramos volver a los principios, donde le han dicho que no, que ha de seguir el curso normal de ingreso en la organización. De manera tal que, a los estados europeos reunidos flexiblemente en el seno del Consejo, les ha parecido insuficiente la guerra en Ucrania para poner a la altura de las circunstancias el proceso de ampliación.
Mientras tanto, el devenir militar de la guerra parece apuntar a que cuando el proceso de ingreso formal en la Unión vaya a terminar, no quedará de Ucrania ni rastro de cómo era al empezar. Eso si, han dicho los estados miembros reunidos de manera informal en el Consejo, que van a seguir estrechando vínculos y profundizando en la asociación de Ucrania y la Unión ¿qué Ucrania y qué Unión? y se han quedado igual de anchos al salir que como lo estaban antes, al entrar.
El marco informal institucional no ha resultado, pues, eficaz para que la Unión Europea diera un paso hacia adelante sino al contrario, le ha servido para parapetarse en lo que casi se ha constituido ya en tradición al hacer una ampliación: juntar a varios candidatos con una perspectiva geopolítica, aunque eso no venga en el Tratado por ningún lado, de forma que, al final, han metido a otros dos estados (Moldavia y Georgia) en el mismo saco.
No obstante, geopolíticamente esperando, ya están otros candidatos: los estados balcánicos (Albania, República de Macedonia del Norte, Montenegro, Serbia, Bosnia y Herzegovina y Kosovo) y Turquía, que lleva en capilla veintitrés años. Y si repasásemos los anteriores procesos de ampliación nos ratificaríamos todavía más en esa visión, que no obstante resultaría, en conclusión, con escasa trascendencia geopolítica posterior.
Charles Michel, por su parte, que no era el anfitrión de la reunión informal pero si el presidente formal del Consejo de la Unión, en un comunicado suyo ha observado que aquella era una cumbre estratégica y que van a analizar todas sus consecuencias geopolíticas.
Contra lo que hubiera sido lo normal, en consonancia con la finalidad de mantener la paz del artículo 3 del Tratado, los jefes de estado no han decidido cortar por lo sano y ayudar a un hermano porque estaban atados de pies y manos, sino que han dicho que van, progresivamente, a reducir el suministro de petróleo y gas ruso a sus estados. Es decir, que han aceptado que la geopolítica energética haya desvirtuado la geopolítica de la ampliación que ellos mismos han adoptado. Los criterios de ingreso en la Unión, según el artículo 49 del Tratado, son dos: el respeto a los valores de la organización y la ubicación geográfica en Europa en total.
Mucho ha pasado desde la idea inicial que animó su creación y convendría recordar, en la presente coyuntura su finalidad de paz y los mecanismos que se establecieron en la Comunidad Europa del Acero y del Carbón, tal y como fueron expuestos en la Declaración Schuman:
“La puesta en común de las producciones de carbón y de acero garantizará inmediatamente la creación de bases comunes de desarrollo económico… cambiará el destino de regiones, que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas…La solidaridad de producción que así se cree pondrá de manifiesto que cualquier guerra no sólo resulta impensable, sino materialmente imposible…”