Opinión

Persona y personalidad

TRIBUNA

José María Méndez | Domingo 20 de marzo de 2022

Mis tres artículos anteriores en El Imparcial, -“No hay ciencia ética de los casos concretos” (3 febrero 2022), “No hay ideas platónicas negativas” (22 febrero) y “Educación en Valores” (12 marzo)- intentaban desenmascarar los falsos valores que hoy día se despachan como si fueran verdaderos. La argumentación desembocaba en el rechazo del casuismo, la más radical negación de la libertad positiva. Y más en concreto del actual “casuismo LGTBI”.

n este artículo se examina la misma fundamental cuestión con un enfoque más constructivo. La “libertad positiva” es el correlato lógico de los valores. Pero lo que se vende hoy día por libertad es la mera ausencia de barreras. Por todas partes se oye el grito entusiasta “¡libertad!, libertad¡”. Pero los que tanto gritan tienen en su mente una idea muy pobre de lo que en el fondo significa tan sublime palabra. Invocan siempre lo que desde Hartmann y Berlin se conoce como “libertad negativa”.

En efecto, piensan en las barreras -justas o injustas, da igual ahora- que se ponen a mi acción. Que no haya obstáculos o impedimentos a lo que deseo. Que me dejen hacer lo quiera. Que yo pueda actuar sin que nadie ni nada me lo impida. Este es el supuesto valor supremo por el que claman: mi voluntad, mi arbitrio, mi capricho. O hablando en general, la voluntad humana a secas.

Según esta mentalidad, ahí estaría la justificación de las solemnes y grandiosas Declaraciones de los Derechos Humanos, la famosa de la Revolución Francesa y la más reciente de 1948. Las etiquetamos como DDHH. No hay deberes previos a esos derechos humanos. El punto absoluto del que intelectualmente se parte es la existencia indiscutida e indiscutible de esa libertad negativa en bruto o sin barreras.

No es más que lo que entendemos por “libertinaje”, o en castizo “mi real gana”. Pero esa supuesta libertad negativa en bruto, o sin valores previos, no se sostiene. Nunca puede ser vista como un “deber ser” que aún no ha llegado a ser.

Pues ya es de hecho. Mis deseos, mis caprichos, mis ocurrencias están ahí. No son pensables como un valor o deber-ser que aún no es. Ya son.

A pesar de la artificiosa grandiosidad que atribuimos a esas DDHH, la mentalidad de los que redactan tales documentos está muy por debajo de las verdaderas dimensiones del concepto de libertad humana en sentido positivo. No se capta su verdadera dignidad y excelencia. No tiene sentido una libertad negativa, o abanico abierto de posibilidades a mi acción, si previamente yo no soy pensado como un poder, una energía o capacidad de hacer. Con razón decía Hartmann que la libertad positiva es un “plus” de determinación y la libertad negativa un “minus” de determinación. También cabría describir la libertad positiva como un “lleno” y la libertad negativa como un “vacío”.

Para darse cuenta de que es impensable la libertad negativa sin la libertad positiva previa, basta acudir al primero de los operadores lógicos, el afirmador- negador, el que abre la puerta del pensamiento y el lenguaje. El primer valor que tiene delante nuestro espíritu, libre en sentido positivo, es el Valor de la Verdad.

Delante del ente que posee el afirmador-negador se abre el vacío a llenar entre el “sí” o el “no”. Ser libre en sentido positivo es ser responsable exclusivo de nuestra elección entre lo verdadero y lo falso en primer lugar, y luego entre el bien y el mal.

Si se trata del mal, designamos esa responsabilidad con la palabra “culpa”. También Hartmann fue certero cuando consideraba sinónimas las expresiones “libertad negativa“ y “libertad de elección”, No cabe un espacio abierto a la elección, si no hay antes un poder capaz de elegir.

No creamos nosotros ese vacío entre verdad y falsedad. Topamos sin más con ese vacío, que llenamos justo con nuestra elección. Si alguien habla, y los demás entienden lo que dice, todos estamos aceptando que el afirmador-negador no es un producto de nuestra “real gana” ni de la evolución darwiniana. Más bien el hecho del lenguaje destruye en su misma base las pomposas DDHH. Anulamos su presunta fuerza dialéctica por el hecho de leer esos documentos. Quienes los leen, y aún más quienes los redactan, debieran caer en la cuenta de que entendemos su contenido gracias a que todos nos hemos arrodillado ante la majestad sublime del afirmadornegador, el primero de los operadores lógicos.

En rigor, esto bastaría para comprender que todos admitimos -sin ser conscientes de ello, por supuesto- que existe Dios en cuanto Verdad suprema, sin la cual ni el pensamiento ni el lenguaje existirían. Y aún menos existirían las grandielocuentes DDHH. Propiamente hablando, no hay ateos en el mundo. Sólo hay ignorantes de que el afirmador-negador es la puerta de entrada al lenguaje y al pensamiento mismo.Los operadores lógicos son el supremo regalo que Dios hace al hombre. Al tiempo que le otorga la libertad positiva le abre los ojos para apreciar el vacío que media entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal. Nos constituye en personas.

En cambio, la libertad negativa es sólo la consecuencia obvia de lo anterior.

Ahora se trata de cumplir o violar los valores con nuestra conducta concreta, de esta manera o aquella, con tales o cuales acciones. Los valores son los fines, cuyo conocimiento es inseparable de la libertad positiva. En cambio, la libertad negativa está en la elección de los medios para alcanzar tales valore-fines. Dios sólo nos impone los fines. Los medios los deja a nuestra elección. Somos “personas” porque poseemos la libertad positiva. Desarrollamos nuestra “personalidad”, en la medida en que somos fieles a los valores-fines. Los medios son de suyo indiferentes. Podemos
emplearlos igualmente para hacer el bien que para hacer el mal.

Siempre nos quedamos cortos al evaluar la dignidad y grandeza de ser libres en sentido positivo, dueños de nuestro destino eterno. Quizá la mejor manera de corregir esta deficiencia sea ascender al plano superior de lo religioso, referirnos, aunque sea muy de paso, al tema de la predestinación.

San Agustín empleó el primero esta palabra. Concebía la predestinación de modo enteramente compatible con la libertad positiva. Dios nos hace libres en sentido positivo con la intención de que vayamos al cielo por nuestro propio esfuerzo. No podría hacernos mayor favor. Dios sabe por supuesto lo que va o ocurrir. No todos irán al cielo. Algunos se condenarán, también por su propia y exclusiva decisión Pero en todo caso San Agustín era bien consciente de que ese conocimiento previo en modo alguno interfiere con la libertad positiva del hombre.

Recuerdo una excursión a Gredos. Había ascendido hasta una cima. En el trayecto había topado con un engañoso desvío. Parecía ir a la cima de modo cómodo. Pero era un sendero lateral para escaladores, Terminaba en una enorme pared vertical. Tuve que volver al áspero camino que traía hasta el empalme.

Ya en la cima pude observar a otro excursionista que llegaba al mismo engañoso desvío. Cayó en mi mismo error. Hizo todo lo que yo desde arriba sabía de sobra que iba a ocurrir. Regresó al empalme y retomó el único camino que llevaba a la cumbre. Me acordé de la clarividencia de San Agustín ¿Influyó en algo mi conocimiento previo sobre la voluntad de aquel montañero? Ni siquiera sabía que yo le observaba desde arriba.

Por desgracia, Lutero tomó al pié de la letra la palabra “predestinación”. “Pecca forte et crede fortius”. Si Dios ha decidido que vayas al cielo, tus muchos pecados no serán obstáculo. Tu no eres libre en sentido positivo y dueño de tu destino eterno. Dios es tan arbitrario, que te permite pecar y disfrutar los placeres sin correr riesgo alguno. Ni siquiera eres responsable de un crimen. Dios te lo perdona de antemano, pues eres uno de los elegidos. Si lo pensamos un momento, no se puede proferir insulto mayor contra la dignidad del hombre. Ser despojado de su libertad positiva.

Calvino incidió todavía más en este absurdo. Llegó hasta la predestinación al infierno. Dios creó a Judas Iscariote con la finalidad precisa de que se condenase. No tuvo en cuenta que la exclamación de Jesús “más le valiera no haber nacido” implica todo lo contrario. Justo porque se condenó por su propia y exclusiva decisión, tiene sentido la frase. Pero, según Calvino, Dios sería el verdadero culpable. Creó a Judas para enviarle al infierno.

Nada mejor que este ejemplo para captar la suprema excelencia de ser persona. Siempre estimamos muy por debajo lo que en realidad significa ser libres en sentido positivo. Muy difícilmente llegamos a apreciar en lo que merece ser dueños de nuestro destino eterno. Por eso, la peor traición al cristianismo, al menos en el orden intelectual, fue la que cometieron Lutero, Calvino y compañía. Sin embargo, “a sensu contrario” nos dieron una oportunidad para comprender mejor el nada fácil concepto de libertad positiva.