Opinión

La apropiación política y poética del campo

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 21 de marzo de 2022

Hoy celebramos el Día Mundial de la Poesía, lo cual, viniendo de una actualidad monstruosa y cambiante, suena a ciencia ficción, con las gentes perdidas, las miradas dispersas y las intenciones inconcretas y oscurecidas, a caballo entre una protesta de tractoristas y unos niños ucranianos que se nos rompen a pedazos. Viniendo de donde venimos, insisto, celebrar este día puede ser tan obligado como cínico: a los asesinados con misiles no se les resucita con versos. Si acaso se honra sus exequias con cantos cuando no se ha podido –ni querido– hacer otra cosa.

Por aquí, la actualidad se ha cuajado este fin de semana en la Castellana entre el polvo rojo de África y las nuevas migas con la dinastía alauita: el campo se ha vuelto a echar a la calle, con sus reclamaciones redondas y germinales, sus milagros de luz y de vida, y los labradores de más aire han sido entrevistos por la plebe de la urbe, al paso de la pancarta y la protesta. Algunos tonto-listos de la política han querido patrimonializar las protestas de los agricultores, los pescadores y los transportistas, que están habituados a tratar con piaras inmensas y a cosechar doblado el espinazo con el calor seco de España y a madrugar con el áspero invierno del páramo y la meseta.

Llegarse hasta el pueblo cercano o lejano los fines de semana es un regreso al origen. La Unión Europea emitió un reciente informe en el que anunciaba políticas varias para “llenar” la mal llamada España vaciada y sí deshabitada, abandonada y desangelada a su suerte. De manera que el reglamento del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (Feder), coordinado por el Consejo Europeo, el Parlamento y la Comisión, ha establecido hasta el año 2027 un ambicioso programa hasta de análisis por provincias, municipio y agrupaciones de municipios, y en el que ha reservado para España 20.000 millones de euros que todavía no se han ejecutado en muchas de nuestras regiones, donde los candidatísimos echan el pie a tierra, ordeñan la vaca ataviados con un chaquetón de montería y calzados con botas de guardabosques. Eso podría decirse que es poesía burlesca y satírica del siglo XXI, ya que andamos de celebraciones. Porque volver a las provincias, la casa de los abuelos, es hacerlo a una dimensión natural, que es lo que nos distancia definitivamente de lo auténtico, lo que hemos perdido por no quererlo y por perpetuar esa quiebra entre nosotros y el labrantío. La secularización del agro es el bordillo de una acera y el pisotón de un despistado que mira un escaparate o el teléfono, la alergia a los montes y a los bosques y el chute de dióxido de carbono que nos traspasa cada mañana.

El poeta es aquel que compone obras poéticas o está dotado de las facultades necesarias para componerlas, reza la definición enciclopédica. Pero no todo el que escribe (supuesta) poesía es poeta, porque los románticos decían aquello de que todo vate que se precie ha de gozar de fuerza de invención, fogoso arrebato, sorprendente originalidad y osadía, exquisita sensibilidad, elevación o gracia, riqueza y novedad de expresión y encanto indefinible; o sea, un conjunto de cualidades. Poetizar es darle carácter poético a las cosas y el Ministerio de Educación prepara, poéticamente, un nuevo currículo español de lengua y literatura que dará márgenes a los profes para que no “torturen” más a los alumnos con la lectura íntegra del Cantar de mío Cid, el Libro de buen amor, La Celestina, El Quijote y La Dama boba; si acaso, que se lean fragmentitos y a ser posible en voz alta y en plan comunal, por los desmayos y traumas del alumnado.

Según el informe Jóvenes y lectura 2022 de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, la chavalería desconecta con los clásicos porque atribuyen a los libros que les mandan en el instituto complejidad del vocabulario y descripciones prolijas: que lo suyo son las redes sociales y los videojuegos. La literatura, la poesía toda, es también y cada día más la distancia definitiva que se abre entre un montón de imbéciles y los que leemos con veneración a los que han sido más grandes que nosotros, de los anónimos poetas de las jarchas a Luis Cernuda. Y con eso vale.