Pero no es eso lo peor, no señor, ni el frio ni el calor; lo peor, de verdad, es la humedad reinante: la gradual silenciosa e insidiosa humedad. El enemigo invisible de la naturaleza y de la humanidad, que todo lo infecta, el hierro, las piedras, los huesos, hasta deshacerlos con su ubicuidad. Con un siglo por delante y otro por detrás no hay quién pueda continuar con tanta humedad.
Europa, entonces, aterida y atribulada exclamó: !Hélas, el gas!
Esa elección, no obstante, no fue la ideal porque la humedad es penetrante, insistente y persistente y no se quita con el gas; es más son iguales el gas y la humedad. El gas es traidor, sigiloso, invisible y sus efectos destructivos, además, se trasladan a la sociedad.
La Unión Europea se abrigó con lo que es su especialidad: montones de regulaciones detalladas, desmesuradas intervenciones estructurales ideales que quitan el hipo pero no la humedad.
¿Cómo tirar cuesta arriba con semejante montante y sin carburante?
Los estados miembros, por su parte, respondieron: volveremos al carbón. Varios son los que ya han suspendido los objetivos de descarbonización marcados por la Unión ante la posibilidad del cese de la importación de gas ruso y, además, han dicho que van dejar de invertir en infraestructuras de energías renovables y que para calentarse reforzaran la extracción de carbón.
Chequia tiene una dependencia del 90% de las importaciones rusas y va a cambiar su estrategia energética. En Bulgaria ya han abandonado el proyecto de una gran central eléctrica de gas que habían incluido en su plan de recuperación y mantendrán su industria de carbón hasta que instalen dos nuevos reactores nucleares. En Rumania van a aumentar la capacidad de extracción de carbón y pondrán en marcha un nuevo generador. Alemania va a crear reservas estratégicas de carbón e Italia ya ha dicho que la reapertura de las centrales eléctricas de carbón puede ser necesaria en un futuro inmediato.
Europa occidental a mediados del siglo XX descubrió una fórmula para mantener la paz consistente en crear una organización común del acero y del carbón. Decía el preámbulo del finiquitado Tratado de Paris que “la paz mundial no se puede salvaguardar mas que por esfuerzos creadores a la medida lo de los peligros que la amenazan”.
Y eso que está al principio es ahora el nuevo principio, pese a que la Unión con su asfixiante planificación central no quiera reconocer que el mundo va para adelante y también para atrás.