Opinión

Con nuestra propia guerra y de espaldas al derrumbe

tribuna

Roberto Alifano | Miércoles 23 de marzo de 2022

Antoine de Saint-Exupéry, que fue víctima de ese horror, de ese espanto inadmisible que es una guerra, consideraba que es la peor forma de locura que ataca al hombre. Aunque haya un triunfador, una guerra no se gana nunca; se sabe cuándo empieza, pero nunca cuándo termina. La guerra es una enfermedad provocada por el hombre y si hay un vencedor y un vencido, siempre empobrece a los contendientes, ya sea moral o materialmente. Como el tifus, o ahora el coronavirus, la guerra es una peste que nos hunde en el horror de la condición humana más miserable.

De este lado del Océano, en unas islas remotas, no hace demasiadas décadas, los argentinos libramos una guerra absurda y despareja que nos dejó mal parados y con heridas irreparables. Fue una escaramuza o “una compadrada”, para ser telúricamente tangueros, pero ocasionó la muerte de muchísimos jóvenes; una huida hacia delante de la calaña de militares beligerantes y represores que nos regían en ese momento. La sacamos barata. Fue lejana, breve y siniestra como toda guerra, pero sus consecuencias no fueron menos nefastas. Ahora la Argentina libra otra guerra en este caso interna y sin presencia extranjera, en la que se vive perdiendo cada día. Cierto, aquí no caen misiles, no nos sobrevuelan terroríficos aviones ni helicópteros, no se ven tanques ni edificios destruidos, no se bombardean hospitales ni escuelas; tampoco nos estremecen los ululares de sirenas que anuncian sorpresivos ataques. Esta guerra interna que nos afecta es más de lo mismo; menos por cuestiones ideológicas que por arrogantes imbecilidades. Aquí, como siempre y desde hace ya bastante, es el hombre contra el hombre, en un mismo país donde se enfrentan dos bandos, en el fondo cómplices y coincidentes con un solo propósito, la conveniencia personal y la destrucción del enemigo sin medir consecuencias. De la mayoría que habita el país, si te he visto no me acuerdo, que se salven como puedan. Total son dos entes que se los usa para justificarlos a ellos en una elección. Nuestro poder político es impresentable.

A nuestro modo (y sin pretender compararla con la tragedia que padece el pueblo de Ucrania desde la invasión rusa), la guerra Argentina hace que el pueblo y por ende la Nación se hundan cada día más, aunque no nos afecte una devastación bélica. Se podría decir, incluso, que nuestra guerra interna hasta tiene fecha: empezó en marzo de 2008, al compás del conflicto de un gobierno prepotente con la gente de campo o, mejor dicho, cuando dirigentes autoritarios y paranoicos, de los dos bandos en pugna, dividieron al país, inaugurando oficialmente esta condenable y bien llamada “grieta”, una suerte de “guerrita cotidiana”, que se libra como un juego macabro sumando pobres y chicos mal alimentados. Desde ese momento, colegas, amigos y familias enteras se enfrentan en una lucha bastante bien disimulada que acelera el deterioro social y económico; donde la miseria se multiplica y los niveles de calidad de la educación se desploman, donde la Argentina de grandes riquezas naturales, se empequeñece y todo se vuelve cada vez más lamentable, hasta convertirse en este desquiciado país que somos ahora, conflictivo y endeudado, sin brújula y con rumbo incierto.

Luego de la derrota del kirchnerismo, en el 2015, hubo un fallido intento de detener la hecatombe y de conectarnos con el mundo. Esto incluía la normalización de la economía y el loable proyecto de empezar a crecer, única forma de vencer una situación que se perpetúa en más de 4.700 villas de emergencia a lo largo del país, donde proliferan las cocinas de drogas y los altísimos índices de falta de educación e indigencia, con movimientos sociales, cuasi religiosos, que exigen más subsidios para sobrevivir. Tristemente el propósito opositor no prosperó, entre otras razones, porque los responsables de la administración que democráticamente asumió el Gobierno, no sólo equivocaron el diagnóstico, sino que propiciaron más de lo mismo, negándose a blanquear y pagar el correspondiente costo político ante la ciudadanía que los votó.

La genuina magnitud de la crisis subestimó, entre otras cosas, la capacidad de daño causada por el kirchnerismo. Empezaron entonces con anuncios rimbombantes, subestimando la inflación, que ya era un cáncer avanzado y luego se quedaron quietos, esperando que la realidad, como nunca sucede y menos en estos casos, “se acomodara sola”. Cometieron, además, dos gravísimos errores. El primero, no impusieron de entrada las reformas estructurales que la Argentina necesitaba y la venía corroyendo; el segundo, se negaron a dar la “batalla cultural” necesaria para poner las cosas en claro y en marcha hacia un cambio verdadero. Digamos que se quedaron en el apronte, en una suerte de “amable relato”, sin saber explicar por qué ni para qué se debían tomar determinadas medidas; sobre todo económicas y en el enojoso plano de la corrupción, que eran las más esperadas y la razón por la que habían sido votados. Conclusión, siguió creciendo la pobreza, abundaron más planes sociales y siguió habiendo corrupción y deterioro en la calidad de vida.

Fue así como aquel gobierno no peronista de la coalición “Juntos por el cambio” quedó descolocado y debió asumir una derrota casi humillante contra su gestión. Un solo botón de muestra es suficiente para aclarar los tantos: entre la victoria del neo “Peronismo Kirchnerista” (que tiene mucho del duce Mussolini en su derecha y otro tanto del “Che” Guevara en su izquierda), con un presidente puesto a dedo con cero de liderazgo, que es apenas un modesto operador o gestor, el llamado “Frente de todos” retomó el poder sin demasiados márgenes ni grandes esfuerzos.

Ahora bien, empezamos hablando del horror de la guerra. Y es necesario reconocer que la Argentina no es Rusia ni la temeraria señora Kirchner es Putin; aunque ella y su gestor se sientan identificados y admiren a este despiadado asesino al que “ofrecieron nuestro país para ser la puerta de entrada a Latinoamérica”. Sin embargo, se los puede relacionar siempre que se salven las distancias y las dimensiones de los que gobiernan. Sobre todo porque hay algo muy evidente que los asocia: la patética condición de “psicópatas políticos”. Vladímir Vladímirovich Putin justifica la sangrienta invasión porque afirma que quiere desnazificar a Ucrania y Cristina Kirchner, quien durante sus dos gobiernos dividió, empobreció y endeudó a la Argentina, acaso más que cualquier otra administración, quiere hacernos creer que su gestión fue casi milagrosa, y que todas las desgracias del país fueron culpa de Macri, que tiene mucha culpa, indudablemente, pero no es ni Giles de Rais ni Jack El Destripador.

Después del pase de mano de la vice presidenta, que entronizó a su “pelele operador”, caído en el ridículo cotidiano, del que no se retorna, y sigue de tropezón en caída por sus desaciertos, vienen mostrando los añejos hilos de la rediviva marioneta, y con el consabido jueguito de ser oficialismo u oposición y, por extensión de la policía buena y la policía mala. Un gracioso asunto que pretende consumar un “crimen perfecto”, y dejar bien parada a la vice presidenta, que hasta pretende quedarse con el capital simbólico de ser considerada la heroica abanderada contra Estados Unidos y al mismo tiempo permitir, con su silencio, que se apruebe el acuerdo con el FMI, donde la oposición, que también es parte de la cosa, porque ellos pidieron el crédito, aprobó una ley que en su momento, cuando el crédito se consumó, enriqueció a muchos políticos, magistrados y gremialistas; sin dejar de lado a un periodismo cómplice que blanqueó estos turbios asuntos de coimas bien repartidas manejadas por un hombre de confianza de Macri (al respecto, el doctor Alejandro Olmos Gaona, un historiador argentino, dedicado al estudio de la deuda externa, los acaba de desenmascarar en un programa de televisión, en el que enfatizó en una entrevista que la coima repartida supera los 1.600 millones de dólares). ¡Vaya cifra que puede tapar cualquier boca!

Seguir manejando las multimillonarias cajas del Estado y en simultáneo despegarse de las políticas de ajuste es el objetivo de todas las facciones políticas que hoy juegan impunemente en la Argentina. No hay otro plan. Y esto se extiende obviamente a lo personal, ya que tratan de hacerles creer a la desmantelada sociedad que ellos están en favor del beneficio del pueblo. En cuanto a ella, la señora vicepresidente, siempre estará del lado de los pobres mientras disfruta de su fortuna y de sus viajes personales en aviones oficiales pagados con los impuestos de los ya esquilmados contribuyentes. Señalemos para concluir que Putin también es multimillonario, y su fortuna se cuenta en miles de millones de euros como los de la señora vice. Hay más para decir, pero no nos alcanzarían los límites de un informe periodístico.

Cristina Fernández de Kirchner, como el presidente de Rusia, también sonó con la reelección eterna, aunque quedó fuera de juego por razones que todos conocemos. No lo pudo lograr y es otro el cantar, por supuesto. Sin embargo, Putin, si no le sale el tiro por la culata y la ruleta rusa no le es adversa, podría tendría tener asegurada su permanencia hasta 2036. También es probable que el “criminal de guerra ruso” haya previsto y tenga asumidas las consecuencias de ser juzgado por un tribunal internacional, igual que, en su momento, Hitler y los jerarcas del régimen nazi. En cambio, la vicepresidenta, a pesar de la promesa de su súbdito, todavía sigue desfilando por los estrados de una justicia, tan cómplice como ineficiente, que forma parte de un stablishment vulnerable y con disimulada presencia; eso sí, in aeterno y siempre al servicio de los políticos de turno.

Sin embargo, en la Argentina, aunque no suene la sirena que prenuncie un nuevo ataque, la inflación sigue creciendo sin prisa y sin tregua para nadie; obviamente, junto con la pobreza, que se volvió “estructural”. De hecho, se espera que la inflación de marzo se acerque y hasta supere el 7 por ciento y concluya este año con un índice superior al 70 por ciento, rompiendo su propio récord y colocando a la Argentina, por encima de Venezuela, como “el campeón mundial del aumento del costo de vida”. No por casualidad todos los días miles de muchachos y muchachas se quieren ir del país. Son, en general, los mejor preparados para enfrentar el mundo, pero aquí ya casi no tienen espacio. Los impulsan la incertidumbre y la sospecha de que poco o nada queda por hacer y, como diría la poeta mejicana Sor Juana Inés de la Cruz, “el futuro -en esta esquilmada Argentina- es solamente para Dios”. Convencidos, en todo caso, de que todo lo que venga puede ser, todavía, peor. Como si, de algún modo, estuviéramos en guerra contra nosotros mismos. Y en alguna medida sí que lo estamos en manos de dirigentes irresponsables y corruptos. Agregaría sin distinción de color político ya que la complicidad abarca a los protagonistas. En fin, la Argentina es un círculo vicioso en el que desde hace rato se caza dentro del zoológico. Un frágil barquito sin salvavidas que sigue navegando sin brújula contra la corriente, y cada día más a la deriva.

Por último, ¿quién le aconsejó al Presidente que hablara de “guerra contra la inflación” cuando solo tiene balines de fogueo en su cartuchera y ni siquiera un fusil para usarlos? Su inventiva es asombrosa. Las palabras, todos sabemos, son generosas y están a disposición de cualquiera, aunque choquen con la realidad. La única trivial arma que posee es la consabida serpentina de aumentar las retenciones a las exportaciones de harina y aceite de soja para financiar un precio subsidiado del pan de los argentinos, que ya se ubica entre las nubes de internet. Y en este caso se va tornando inalcanzable para algunos sectores.

Lo único que le queda al famélico Gobierno es sacarle dinero al sector privado para subsidiar a otro sector privado quizá más voraz, pero favorable a sus corporaciones. Todos sabemos que la industria de la soja, que son los únicos dólares que le entran al país, solventará a los panaderos por la suba internacional de los precios del trigo. Al menos, el Presidente debió identificar, con nombre, apellido y culpar al único responsable de los descalabros de la economía internacional; llámese Vladímir Vladímirovich Putin, autor ya de innumerables crímenes de guerra en la desprotegida Ucrania. Responsable, además, de que estén aumentando exponencialmente las materias primas de los alimentos y la energía en todo el Planeta.

Aunque desde hace mucho -siempre fluctuando entre la mediocre corrupción y la rutina-, pocas veces en los últimos años la Argentina vivió momentos tan arduos y filosos como los actuales, vacilando entre la mediocridad y la rutina. Una crisis latente podría arrasar con la dirigencia política y someter a la sociedad a nuevos y más altos niveles de padecimiento. Estamos entre la espada y la pared, al borde de un abismo que hace temblar al más pintado.

El arreglo con el FMI hará que se concreten importantes aumentos en el precio de las tarifas de gas y electricidad para una sociedad empobrecida e indefensa. No obstante, nadie desconoce que los ajustes tarifarios caerán sobre una sociedad que perdió capacidad de consumo, que convive a duras penas con una ingobernable inflación y que viene desde hace diez años sufriendo el estancamiento de la economía o la recesión. El frágil margen de tolerancia social será puesto a prueba, una vez más. Bonita cosa se espera, aún no pasó la peste y dos guerras presionan a la desprotegida Argentina.